Terrenal San Agustín

Es probable que estas consideraciones hayan sido formuladas por otras voces, en otros ámbitos, en otros tiempos. Como decía Borges, la discusión de su novedad me interesa menos que la de su posible verdad.

San Agustín de Hipona ha acumulado homogéneas caracterizaciones desde épocas remotas: el más docto de entre los Padres de la Iglesia, eminente teólogo, filósofo de fuste, máximo exponente de la Patrística, consolidador del cristianismo en Occidente. Nadie que haya leído su monumental apología cristiana La ciudad de Dios, introduciéndose de lleno en la interpretación de la historia que plasma en dichas páginas, ni nadie que sin haber examinado la aludida obra, sin embargo conozca los rasgos esenciales de su pensamiento, se atrevería a poner en duda tales afirmaciones. La magnitud del legado que su figura nos traspasó trasciende con creces el ámbito de la religión. Sin embargo, al analizar su vida y su obra, suele omitirse –sin premeditación ni mala intención, en la mayoría de los casos– una faceta que quizás, ante la descomunal grandeza de sus pensamientos, se juzga digna de menor valía: su contribución a la literatura que le sobrevendría.

No obstante lo hasta aquí mencionado, Borges afirmó, al referirse a Chesterton, que todo escritor que profesa un determinado credo es juzgado por él, es aclamado o reprobado por él. En el caso de una persona que ha sido elevada al divino altar reservado primitivamente a los Doce Apóstoles, por una institución cuyas jerarquías, al presente, reciben innumerables cuestionamientos –algunos, producto de la reflexión; otros, derivados del prejuicio o la exacerbación–, la declaración del escritor argentino cobra todavía mayor entidad, pues si es dable adjetivar la obra de un artista centrándose con exclusividad en el credo que éste profesa, cuánto menos objetividad regirá en esos mismos a la hora de calificar el legado artístico o intelectual de un ser humano canonizado por un Papa que no conocemos, pero que seguro habrá sido un ignominioso y depravado inquisidor.

Sin lugar a dudas, las Confesiones pueden considerarse como el primer libro autobiográfico que jamás se haya escrito. San Agustín se basó, para componerlas, en la estructura narrativa propia de los mayúsculos cantos poéticos en alabanza de Dios, es decir, los antiquísimos Salmos bíblicos. Ergo, la idea de narrar en primera persona, acontecimientos reales e inherentes a la vida íntima del escritor, idea que fue empleada hasta el cansancio en los tiempos sucesivos, e incluso en nuestros días, no salió de otra individualidad que de la del nacido en la localidad de Tagaste, actualmente enclavada dentro del territorio argelino. Ahí radica pues el carácter netamente innovador de su principal obra.

El cristianismo fuertemente platonizado en derredor al pensamiento agustiniano, como es sabido, no fue sino la consecuencia de un largo proceso de aprendizaje acaecido en el inestable marco de la decadencia del Imperio Romano. San Agustín, durante su juventud, período de incesantes y frenéticas búsquedas de todo tipo, abrazó diversas corrientes filosóficas (En esa época, lo único que me agradaba en aquella exhortación a la filosofía era que me excitaba con sus palabras y me encendía y me inflamaba a desear, buscar, alcanzar, retener y abrazar fuertemente la sabiduría misma, cualquiera que ella fuese), como el maniqueísmo y el escepticismo, a la cuales fue abandonando a partir de la atenta lectura del filósofo alejandrino Plotino (y el neoplatonismo) y, especialmente, desde que entró en contacto en Milán con el obispo Ambrosio, a la postre también declarado Padre de la Iglesia Católica.

Juzgo admirable la característica primordial que se extrae de la primera parte de las Confesiones, puesto que al rememorar, en un extraordinario ejercicio autocrítico, carente de justificaciones, ciertos episodios perteneciente a los años más turbios de su vida (Yo quise cometer un robo y lo cometí sin que a ello me impulsara necesidad alguna, sino únicamente por carencia y hastío de justicia y por exceso de iniquidad. Porque robé lo que tenía en abundancia y de mejor calidad; ni quería disfrutar del objeto que buscaba con el robo, sino del robo mismo y del pecado), San Agustín desmitifica su propia existencia, reconociéndose mil y una vez pecador, con absoluta sinceridad, y sin otro propósito que el de revelar cómo modificó su perspectiva moral, cómo obró la transformación en su espíritu, a través de la desvinculación del conocimiento sensible –contingencia y apariencia del ser–, y un posterior vuelco hacia su propio interior: la inteligibilidad misma de las cosas, nos dice San Agustín, aquello que hay de necesario e invariable en ellas, el hombre debe hallarlo en su interioridad, en su alma. En los razonamientos agustinianos se advierte una persistente evolución desde lo exterior a lo interior, y desde dicha intuición intelectual hasta lo superior, hasta Dios.

Pero regresando al plano estrictamente artístico de sus Confesiones, que pueden ser perfectamente apreciadas por lectores no creyentes, es menester señalar el refinado estilo narrativo que éstas detentan, dotadas de un cuidado lenguaje poético, amén de la solidez de las argumentaciones que contienen, respaldadas por el conocimiento en carne propia de las ideas refutadas. Pocos tratados de índole filosófica o religiosa, y mucho menos aún en aquellos primeros años de la era cristiana, presentan la particularidad de poseer semejante envergadura literaria.

La colosal figura de San Agustín de Hipona lejos de presentársenos como la de un inmaculado y celestial ser excelso ante el que los demás debiéramos ocultar nuestras cabezas, empequeñecidos, se nos revela como la de un hombre común y silvestre, que transitó múltiples caminos, sediento de conocimiento y verdad, anhelando lo que anhela toda alma, que es la felicidad. Esa inquietud, habitualmente tan difícil de sosegar, la inquietud propia de un peregrino errante, la halló finalmente en Dios: Fecisti nos, Domine, ad Te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in Te (Nos creaste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en Ti).

(“San Agustín en su gabinete”, Sandro Botticelli).

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5 respuestas a Terrenal San Agustín

  1. kleefeld dijo:

    La Historia está plagada de grandes personajes, y San Agustín fue, sin duda, uno de ellos. Desconozco en gran parte su figura y su obra, y te agradezco que le hayas dedicado una entrada: es un gran aliciente para empezar a investigar sobre él.

  2. Edu dijo:

    Interesante reivindicación. Aunque es raro viniendo de un aristotelico tomista como vos.

    Las Confesiones completas son bastante difíciles de encontrar en las librerías de por acá.

  3. Vampiresa dijo:

    AAAHHHHHHHHHHHHHHHHHGGGGGGGGG!!!!

    La ciudad de Dios, lo siento mi estimado Sr. Avellanal, pero esa obra, esa obra me tuvo marcada por muchos momentos en mi adolescencia, en este punto de mi vida debo deciros que no la soporto, ja! Pero he leído la entrada completa, se me ha hecho muy pero muy interesante y vaya que no sabía que vos eras un aristotélico como moi :D jajajaja

    Por cierto, si recibes los premios los tienes que poner en una de las entradas… las indicaciones están en letra carmesí.

    Un abrazo!!!

  4. avellanal dijo:

    Aclaración: ni aristotélico ni platónico, ni tomista ni agustiniano al cien por ciento. He recibido una educación de corte aristotélica-tomista, es cierto, pero nada más que eso. :)

  5. Al dijo:

    Como siempre, excelente tu narrativa, me gustó sobre manera este post.

    Agustin de Hipona, es en definitiva un personaje de sumo interés, un gran filosofo, al que suele, como bien mencionas, hacer a un lado por su credo.

    Las aportaciones de este gran hombre, más allá de su calidad de Santo, son de interés universal, son parte de la cultura y el pensamiento de occidente, y craso error sería despreciarlas por su contenido religioso. Es menester aprender de todos los gigantes que nos sostienen, independientemente de sus credos o afiliaciones, la sabiduria puede encontrarse si se busca sin prejuicios, en muchos lugares.

    Gracias por compartir este pequeño fragmento que nos lo recuerda.

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