La importancia de ser un “autor”, la importancia de llamarse Alfred Hitchcock

François Truffaut decía que existen, en una primera instancia, dos tipos de directores: los que tienen en cuenta al público cuando planean y realizan sus películas, y los que prescinden de él. Para los primeros, el cine no es otra cosa que un arte del espectáculo; al tiempo que, para los segundos, es nada más que una aventura individual. El maestro francés, con tino, también aseguraba que no es cuestión de preferir a unos u otros: simplemente se trata de un hecho. Para Hitchcock, como para Jean Renoir, y además para casi todos los cineastas estadounidenses, una película no es perfecta si no logra el éxito, es decir, si no atrae al público en el que se ha estado pensando desde el momento mismo en que se ha elegido el argumento hasta que se ha terminado su realización. Pues bien, yo siempre he pensado en Hitchcock como el paradigma de cineasta que se posiciona en un saludable término medio entre el creador narcisista y completamente desinteresado de las apetencias masivas, y el autómata que se limita a entender el cine en función de meros intereses económicos. Si bien en nuestros días son éstos últimos los directores que abundan en la fauna del devaluado séptimo arte made in Hollywood, en su época Hitchcock demostró como nadie que la creación artística despojada de mutiladoras ataduras es conciliable con el reconocimiento popular. Porque la pose de outsiders que adoptan muchos nombres aplaudidos por cierta crítica pero rechazados por el gran público, es simplemente eso, una pose: desde el prosaico repertorio de los hermanos Lumière hasta su posterior conversión en el espectáculo popular por excelencia, el cine ha estado incontrovertiblemente ligado al espectador: son dos ideas que van de la mano, pues nadie que se aventure a exhibir públicamente su propia película puede anhelar que ésta sea apreciada tan sólo por un selecto grupúsculo; sin embargo, cuando los espectadores le dan la espalda a tal o cual director, el acostumbrado sofisma que sobreviene, operando a modo de justificación, es el de contraponer cine popular contra cine de excelencia, en lo que constituye una separación tan tajante como ridícula, que Hitchcock, entre otros, se encargó de destrozar hace ya varias décadas.

Es conocido el asombro que sintieron no pocos críticos e intelectuales estadounidenses y de algunos enclaves europeos, ante la reivindicación del cine de Hitchcock –acostumbrado a ser vapuleado sin piedad– efectuada por los exquisitos miembros de Cahiers du Cinéma; es decir, exactamente los mismos que se babeaban o experimentaban orgasmos observando las películas de Bergman, Fellini o Renoir, por citar sólo algunos. Resulta bastante evidente que este mayoritario sector de la crítica denigraba todo film dirigido por Sir Alfred solamente a causa del éxito que los mismos cosechaban, aunque, crasa incoherencia, al mismo tiempo le prodigaban alabanzas a otros directores de Hollywood que quizá lograban semejantes niveles de popularidad con sus emprendimientos, pero que, como bien apunta Truffaut, no eran sino simples ejecutantes que pasaban como si nada de magnánimas producciones épicas a westerns psicológicos, obedeciendo con docilidad los caprichos de las modas comerciales, de los grandes estudios. Tales personajes nunca introdujeron sus propias concepciones sobre el amor, sobre el arte, sobre Dios, sobre la existencia, etc.; en otras palabras, se limitaron a ocupar, con mayor o menor fortuna, el rol de meros técnicos, pero la impronta personal, el vínculo entre las obsesiones temáticas, la creación de un estilo propio que sea rápidamente identificable por el espectador, son elementos ausentes en las filmografías de estos especialistas del show business, pese a que muchas de sus películas son tal vez mejores que algunas del mismo Hitchcock; mas la diferencia radica en que en la obra del inglés podemos apreciar un modo de encarar la dirección que transporta consigo una idea-base del mundo y, por extensión, del cine, una idea-base que, con necesaria radicalidad, colisiona con los lugares comunes arraigados en la “industria”. Un visionario, pero sobre todo, un incondicional amante del cine, como Truffaut, ya lo expresaba hace décadas: El hecho de que domine todos los elementos de un filme e imponga en todos los estadios de la realización ideas que le son personales, hace que Alfred Hitchcock posea realmente un estilo y que todo el mundo admita que es uno de los tres o cuatro directores, actualmente en ejercicio, con el que se puede identificar contemplando durante algunos minutos cualquiera de sus filmes.

Escojo al azar una película como Strangers on a Train, que supuso en 1951 uno de los mayores éxitos del inglés desde su desembarco en Hollywood. En ella encontramos uno de los motivos que predominan en su cinematografía: el hombre inocente al que, por error, acusan de cometer un asesinato (The 39 Steps sirve como antecedente). Toda aquella persona que se haya tomado la molestia de leer la novela firmada por Patricia Highsmith, podrá certificar que la misma sólo sirve de inspiración o simple punto de partida para Hitchcock, por medio del guión que adaptara Raymond Chandler; de hecho, acaba por invertir completamente los papeles de los dos protagonistas con respecto a la obra original, otorgándole mayor entidad y presencia al personaje que encarna el costado más oscuro y retorcido del ser humano, caracterizado por Robert Walker.

A lo largo de su vertiginoso metraje, Strangers on a Train es una película pródiga en escenas memorables, enmarcadas siempre bajo el obsesivo control hitchcockiano del aspecto visual: hasta el más mínimo detalle cuidado al máximo. El espléndido montaje inicial se revela como una palmaria muestra de ello: se nos muestran dos pares de zapatos caminando desde diferentes sentidos hacia el mismo tren, dos pares de zapatos que, a la postre, sirven para descubrir rasgos de la personalidad de sus portadores; sólo cuando ambos se encuentran por casualidad, la cámara asciende permitiéndonos conocer los rostros de Guy Haimes y Bruno Anthony. Otra escena, aunque menor, colmada de habilidad narrativa, es aquella en la que el espectador puede divisar a un cínico Robert Walker mezclado en una masa humana en medio de una grada de un estadio de tenis, porque mientras todo el público gira compulsivamente sus cabezas tras la cambiante dirección de la pelotita de izquierda a derecha y viceversa, el enfático Bruno Anthony no le quita la mirada a su antagonista que se encuentra disputando el partido. Cito nuevamente a Truffaut: En el cine, tal y como lo practica Hitchcock, se trata de concentrar la atención del público sobre la pantalla hasta el punto de impedir a los espectadores árabes pelar sus cacahuates, a los italianos encender sus cigarrillos, a los franceses manosear a sus vecinas, a los suecos hacer el amor entre dos filas de butacas, etc.

También hay otros elementos dignos de analizar en el film: uno de ellos es el hueco que generalmente Hitchcock reserva para incluir una cuota de humor, no obstante la intensa preservación de las situaciones dramáticas que se desencadenan: por ejemplo, previamente al crimen sobre el que girará todo el guión, no deja de resultar atractivo observar a un villano dando vueltas dentro de un parque de diversiones, y quemándole el globo a un desconsolado niño que antes había tenido el atrevimiento de simular dispararle con un arma de juguete; y por otro lado, el tácito código de gráciles gestos y cruce de miradas entre los personajes de Robert Walker y Farley Granger, que han dado pie para presumir una subtrama de atracción homosexual (en absoluto descabellada), que el director diestramente sólo habría dejado en estado embrionario para sortear la censura.

Podría mencionar el exquisito papel de freak que, con mucho oficio, compone Patricia Hitchcock; podría resaltar el plano del estrangulamiento apreciado mediante el reflejo de los cristales de los anteojos de la víctima; podría hablar sobre todas las duplicidades –tan habituales también en su filmografía– que Hitchcock utiliza para delinear los conceptos del bien y del mal, pero prefiero no extenderme más, porque cuando se está ante cineastas que han logrado crear un lenguaje propio, un lenguaje visual que antes no existía, cuando se está frente a uno de los más notables inventores de formas de toda la historia del cine, entran ganas de decir un montón de cosas, pero al final de cuentas sólo queda la certidumbre de que todo lo expresado será equivalente a casi nada en comparación a la delectación experimentada cada vez que uno se adentra en los carriles de Strangers on a Train, que uno se adentra en el universo hitchcockiano.

Strangers on a Train (EE.UU.,1951)
Director: Alfred Hitchcock.
Intérpretes: Farley Granger, Robert Walker, Ruth Roman, Leo G. Carroll, Patricia Hitchcock, Marion Lorne.
Calificación: 8,25.

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12 respuestas a La importancia de ser un “autor”, la importancia de llamarse Alfred Hitchcock

  1. avellanal dijo:

    (Actualizo luego de una semana en la que estuve de viaje, y actualizo con un texto que escribí hace algo más de siete días, después de tener la encantadora experiencia de ver nuevamente la película en cuestión en un cine antiguo. No pude actualizar entonces, porque el viaje se prolongó de manera inesperada. Si hay algún error en el escrito, ya lo corregiré más tarde, que ahora estoy un tanto agotado, y también apurado… aunque no sé bien para qué. Lo cierto es que últimamente vivo apurado, y eso conlleva que me olvide de completar frases, como he advertido que ocurrió en la entrada sobre el poema adjudicado a Borges; olvido que, por otro lado, ya he remediado).

  2. pads dijo:

    me encanta el sr. Hitchcock, aunque he de confesar que apenas he visto unas pocas películas suyas… si existe la calificación “personal” para un director, Hitchcock ha de ser entonces un director muy personal. Cuando ves una película suya, sabes inmediatamente que es suya

  3. kleefeld dijo:

    La verdad es que no sé muy bien qué escribir. Como supondrá el señor avellanal, no estoy de acuerdo ni siquiera con una sola frase del texto. Hitchcock hacía productos de enorme calidad, pero productos, porque estaban dirigidos al Público. ¿Qué más da si era más o menos personal? Siguen siendo productos. Sigue buscando el éxito. Sigue poniéndose al servicio del público, y, horror de horrores, lo hace conscientemente. El éxito no es malo, claro que no. Lo malo es buscar el éxito, y medir la calidad de la película por el éxito obtenido. Es una aberración, madre mía xDD

  4. Creo que Hitchcock ha enfocado su filmografia en relatar una historia de la manera mas impactante sin caer en escenas vulgares o que esten de mas. Por ejemplo, las escenas que comentas en las que solo se ven los zapatos, o la conocida escena del asesinato en la ducha de psicosis, son escenas que marcan al espectador, se fijan en tu retina y las revives posteriormente.

    No creo que buscara tanto el exito (que como todo narcisista lo buscaria) sino el transmitir una sensacion, una angustia, el miedo.

    Hace poco volvi a ver los Pajaros y, aun tras el tiempo transcurrido, sigue siendo escalofriante. Sabiendo que muchos de los pajaros eran de carton en algunas escenas.

    No obstante, creo que cada artista busca un objetivo con su obra: ciertos directos plasmar sus miedos, otros transmitir una idea, otros simplemente contar una historia y luego estan los que buscan ir mas alla (o bien hacer sentir, o hacer pensar o tomar partido por algo, o bien recrear una belleza a traves de imagenes).

    Todos ellos son interesantes a priori, no crees?
    Por cierto, viste alguna peli de Kim ki Duk?

  5. Germán Ricoy dijo:

    A mí me parece que Hitchcock se sitúa en una delicada frontera entre arte y comercio, y entiendo que Clau ha intentado bucear en ese territorio, estrecho pero profundo. Aunque, claro, es un jardín que está sembrado de ortigas.

    Es cierto que Hitchcock tenía un estilo, pero también lo tiene -por ejemplo- Joe Dante, el director de Los Gremlins, lo cual, en caso de probar algo, demostraría que el hecho de tener estilo no te convierte en un buen artista. Porque a veces olvidamos que también hay artistas malos. Que pueden hacer buenas películas, o escribir novelas que vendan millones de ejemplares e incluso se dejen leer de forma agradable y que, sin embargo, sus obras son por completo prescindibles.

    Pero es que creadores de obras imprescindibles hay muy pocos. Uno de ellos es el tiempo, por ejemplo.

    Y quiero aprovechar para manifestar mi enfado con el señor Kleefeld por no haber puesto las mayúsculas correspondientes a palabras como éxito y calidad. Eso sí, la mayúscula en la palabra público le ha quedado muy lorquiana y le felicito por ello.

  6. Ignacio dijo:

    Con mis pocos conocimientos sobre cine creo que por lo menos en Hollywood hay un antes y un después de Hitchcock, como que marcó un punto de inflexión y su formas de hacer películas influyeron de gran manera en muchos otros directores que le siguieron. Y sobre el éxito creo que todo el mundo aspira a tener algo de éxito, y si de entrada se sabe que X tema será de interés del público tampoco está mal que se centre en ello. La película que comentas no la vi, pero espero que no pase mucho hasta que pueda hacerlo.

  7. Albert dijo:

    Nada que añadir a lo que han dicho Kleefeld y Germán.
    Hitchcock era superficial, y por ende, sus productos también lo son. Eso no quiere decir, por otra parte, que sean malos productos: seguramente son excelentes, pero son sólo eso.
    Ale, ya lo he dicho XD.

  8. avellanal dijo:

    Evidentemente, lo que irrita a Kleefeld y a Albert es que Hitchcock: a) trabajara en Hollywood; b) considerara al cine -con una gran carga irónica a cuesta- como un montón de butacas que hay que saber llenar. Que tuviera esa concepción, desde luego, poco romántica, a mí no me impide disfrutar de sus películas más aún que las de otros artistas supuestamente inmaculados. Al menos él, tenía la sinceridad de expresarlo sin complejos.

    Con respecto a su superficialidad, no estoy del todo de acuerdo, pero suponiendo que así era: ¿qué más da? Hitchcock, es claro, no está junto a Chaplin, Griffith, Ford, Hawks, Lang, Renoir o Welles, en el panteón de los grandes autores, precisamente por su abordaje de hondos problemas existenciales, sino por su contribución formal, elevada por encima de la eficiencia artesanal que es regla en Hollywood.

    Lo que afirma Germán acerca de que poseer un estilo propio no conlleva necesariamente una valoración positiva o negativa de dicho estilo, es a todas luces, una gran verdad. En todo caso, resumiendo y siguiendo la teoría del autor de los críticos de Cahiers du Cinéma, la diferencia radica en que un encuadre de Hitchcock es más valioso para la historia del cine que toda la filmografía de Joe Dante, pues en cada película de éste podemos toparnos con constantes vestigios de su irrelevancia y nula aportación artística, mientras que en un plano de “Vértigo” comprobamos que estamos frente a un “acontecimiento estético”, y vemos cómo se creó una mitología, hasta allí, inexistente.

    Saludos, chiquilines.

  9. Germán Ricoy dijo:

    Seguro que Joe Dante también ve al cine como un montón de butacas que llenar y me apostaría algo a que también lo expresa sin complejos.

    Tú dices que la diferencia entre uno y otro está en los vestigios de irrelevancia de los planos de Joe frente al “acontecimiento estético” que suponen los fotogramas de Alfred y me imagino que eso corresponde con el concepto que has expresado de la “idea-base” del mundo. Ahora bien ¿Podrías aclarar en qué consiste esa “idea-base” del mundo, que hace que Hitchcock sea tan, digamos, mitológicamente superior al autor de Gremlins? ¿Se trata tan solo de que su sintaxis formal “parece” más seria? ¿Es acaso el hecho de que recordemos las películas de Hitchcock como si fueran en blanco y negro (incluso las rodadas en technicolor) una forma de transmitir su “idea-base” del mundo? ¿Acaso los guiños metalingüísticos que podemos apreciar en casi todas las películas de Joe Dante no suponen un poderoso rasgo de estilo que plantea una deconstrucción de la mirada en linea con el pensamiento de Baudrillard o Lyotard, con el añadido irónico de la metarreferencialidad auto-consciente?

    Como puedes ver, el ejemplo Dante (que parece el título del próximo super ventas planetario) no era inocente en absoluto.

    Saludos, jovenzuelo.

  10. avellanal dijo:

    Ay, Germán, y yo, ingenuo, pensé que la elección de Joe Dante era puramente accidental.

    Voy a dejar sentado que he visto unas cuantas películas de este director cuando era púber, y sinceramente, me entretuvieron bastante; no obstante, lo que apuntas de los guiños metalingüísticos, es obvio, se me pasó por alto en aquel entonces (buena excusa, por otro lado, para rememorar maratones juveniles de cine). Pero más allá de eso, tengo bastante presente que, por ejemplo, “Piraña” no es más que un deslucido intento de aprovechar el boom de “Tiburón”. En realidad, quiero decir, respondiendo de alguna manera a tu pregunta, que Hitchcock tiene el mérito (y la ventaja) de haber sido un pionero. Así como Paul McCartney decía que cierto disco de los Beach Boys sirve para “educar oídos”, cinematográficamente hablando, Hitch ha educado, para bien y para mal, a varias generaciones de hombres de cine, y cómo no, también la mirada de generaciones de espectadores. Como dije en el escrito, el británico conjugó como nadie dos premias que, en aquel momento, parecían irreconciliables: exquisitez cinematográfica al servicio del espectáculo, desentendiéndose completamente de las reglas de artesanía que la gran maquinaria hollywoodense fomenta y premia (nótese, como dato anecdótico, que nunca recibió un Oscar al mejor director). En ese sentido, no existe mejor ejemplo que “Psicosis”: se trata de su película más exitosa de todos los tiempos, película que a su vez contiene “la escena más famosa de la historia del cine”: ¿qué es dicha escena si no el más vívido ejercicio de anti-comercialidad jamás realizado hasta 1960? Con este ejemplo también quiero graficar que no siempre corrió detrás de las necesidades del público ni concibió sus filmes en función de la taquilla, sino que, por el contrario, proyectó lo que se entendía por cine hacia horizontes más fértiles e impensados, creó un público más exigente. Reducir a Hitchcock a sinónimo de “lo comercial” es tan descabellado como considerarlo el “maestro del suspenso” y nada más: se trata de lecturas superficiales y no integrales.

    Otra muestra, quizá menos conocida, pero no por eso menos impresionante: en “La soga”, una “película teatral” (luego hay que tolerar a algunos que consideran a Von Trier un innovador) de 1948, prescindió íntegramente de una herramienta cardinal del cine como el montaje, para regalarnos, con una cámara, un único plano secuencia, un escenario, y un puñado de actores, un profundo drama combinado con suspenso, en el que hasta se permite reflexionar sobre el superhombre de Nietzsche.

    Por otro lado, no creo que el blanco y negro, en este caso (con toda probabilidad sí en otros) adquiera semejante significancia en la conciencia colectiva. Sí estoy convencido de que la trascendencia de Hitchcock fue de veras tan grande, que terminó por crear una “imagen hitchcockiana”, una imagen en la que muchas veces la arquitectura –espacios exteriores e interiores– simbolizan de tal modo la psiquis humana, que terminan por poseer aún mayor importancia que los personajes mismos (estimo que ahí radica la clave de comentarios como el que formuló pads aquí mismo: “Cuando ves una película suya, sabes inmediatamente que es suya”).

    Sólo he enumerado ínfimas cualidades con las que Hitchcock “forjó escuela”, chocó contra “lo establecido”. Podría referirme al tratamiento que le concedió a las bandas sonoras como elemento primordial de la puesta en escena o a decenas de innovaciones más, pero estoy con un sueño atroz, y esta respuesta ya es lo suficientemente poco clara y embarullada como para reincidir en la turbiedad ya consignada. Ahora, si me preguntaran cuál es el nexo común entre toda la filmografía de Hitchcock, conjeturo que dicho denominador es el tema del Mal: su origen, su significado, sus derivaciones, sus consecuencias, etc. No pocos se han formulado la siguiente pregunta: ¿por qué atacan los pájaros en “Los pájaros”?

    A ver si un día de estos escribo, con más tranquilidad y tiempo, sobre alguna otra película suya. De momento, volveré a todos los temas, el tema, de este blog: Jorge Luis Borges.

    Au revoir!

  11. Germán Ricoy dijo:

    Estamos en tu casa y no voy a cometer la descortesía de encarnizarme en la discusión. En realidad estoy de acuerdo con mucho de lo que dices aunque, como podrás imaginar, con muchísimos matices que harían, creo yo, la discusión apasionante si pudiera llevarse a cabo compartiendo un mate o una botella de buen Ribera del Duero. A la espera de ese momento, lo dejaremos aquí, no sin recordar que el hecho de que a Borges no le dieran el Nobel no dice nada acerca de la calidad del maestro y sí, acaso, de la cortedad de miras de la Academia. Aunque recuerdo que hace años se decía, parafraseando a Borges, que si no le daban el Nobel era porque creían que ya se lo habían dado.

    Eso sí: cuidado con las invocaciones a Nietzsche. Se te puede llenar el blog de espíritus malignos. :-D

  12. avellanal dijo:

    De ningún modo quise dar por concluido el intercambio que, en definitiva, es la causa de la existencia del blog. Solamente pretendía poner un punto final a un comentario demasiado extenso de por sí, avisar que efectuaba una nueva actualización, e irme a la cama.

    Con respecto a lo que dices, yo prefiero toda la vida una botella de Ribera del Duero; sólo soy “bebedor social” de mate, y así y todo, lo evito cada vez que puedo. El mate está subestimado en este país. :-D

    En cuanto a Borges y el Nobel, alguna tontería escribí en su momento: https://vagabundeoresplandeciente.wordpress.com/2007/09/02/la-academia-sueca-deberia-sentirse-avergonzada/

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