Buenos Aires en el aliento

Estoy estrechamente ligado a Buenos Aires desde los inaugurales días de mi vida. Tengo recuerdos difusos, ráfagas entrecortadas y sin enlace posible, de la estancia infantil porteña. Sin embargo, todas las remembranzas relacionadas con la metrópoli, aun las menos gratas, guardan un extrañísimo sabor agradable en mi persona.

No voy a ser novedoso, ya lo escribía Horacio Ferrer: las tardecitas (y las mañanas, y las noches) de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?

Para los que nacimos y vivimos en los territorios ignotos del país (comúnmente mal denominados “el interior”), y en especial, los que nos encontramos geográficamente cercanos a ella, Buenos Aires ha sido el paradigma de nuestros sueños, el lugar que desde pequeños anhelamos descubrir. En lo personal, mis intereses incipientes giraban por asistir al estadio de River, ése que todos los domingos miraba por televisión, visitar el zoológico, o ir a la montaña rusa del extinto Ital Park. Con el correr de los años, y el refinamiento del paladar, reconocí las bondades de la variada oferta gastronómica porteña y abandoné el núbil arrebato de fascinación por el abominable fast food de McDonald’s. Finalmente, la “ciudad más europea de América” logró cautivarme por completo, como el canto de las sirenas, cuando tuve la sensación física de reconocer la belleza: leer a Borges, a Bioy Casares, a Manucho Mujica Láinez; escuchar a Gardel, a Goyeneche, a Piazzolla. Y luego, también está el conocimiento de la compleja historia argentina que se condensa magnéticamente en su capital. Ahí entendí por fin una frase que había escuchado incontables veces: Dios sólo atiende en Buenos Aires.



Pero retomando la cuestión de la literatura y el tango, el flamante encuentro que mantuve con la “Reina del Plata” estuvo, de alguna manera, vinculado con los máximos representantes argentinos en cada una de estas disciplinas artísticas: Jorge Luis Borges y Carlos Gardel. Llegar al solar natal del maestro de las letras fue una experiencia, cuando menos, paradójica: primero, porque en ese añejo edificio ahora funciona, ¡caprichos de la fatalidad!, una asociación feminista cristiana; y luego, dado que me embarqué en estos recorridos porteños con dos personas a las que acababa de ver por inicial vez en mi existencia, pero que me eran más familiares, más conocidas, que gran parte de los compañeros diarios de clases.

Seguidamente, enfilamos para el departamento de la calle Maipú, donde Borges viviera tantos años y, entre otras proezas, fuera el sitio de su reconciliación con Ernesto Sabato (reconciliación que fue motivo de un ácido pero ocurrente comentario por parte del masculino de mis compañeros de ruta). Pasamos por la antigua sede de la Facultad de Filosofía y Letras (que ahora sólo es la Rectoría): construcción que fue testigo presencial de las clases borgenas –¡y qué sana envidia me dan los estudiantes que asistieron a esa suma de lecciones extraviadas!–.

Casi por casualidad ingresamos al centro cultural que lleva su nombre, aunque había una muestra de Frida Kahlo que en nada se condecía con el tour. Subte de por medio, ascendimos en la coqueta zona de Palermo, donde bordeamos el zoológico (el mismo que Borges recorría de grande, y yo de chico), y hasta hubo tiempo para tomar una instantánea a la jirafa que descubrimos desde detrás de las rejas. Claro, el día no dura una eternidad y terminó “pasándonos factura” por tantas distracciones, interrupciones y pausas: el renombrado Jardín Japonés nos cerró la puerta en nuestras desconsoladas caras, y quedamos provisoriamente sin conocer (al menos los dos masculinos, que la fémina ya había estado dentro realizando actos vandálicos en otras ocasiones) el último punto elegido del circuito JLB. Sobrevino, no obstante, el nada intrascendente consuelo –para el que unía, en una curiosa fusión, a Neo y Eliot Ness –, de un delicioso pancho preparado con mínimas condiciones de higiene y materia prima de dudoso origen, pero eso sí, con rebosante amor.

Para otra invernal y soleada tarde decidimos marchar hacia el mítico barrio del Abasto. Del subte emergimos directamente dentro de lo que hasta hace poco tiempo eran las ruinas de un pretérito mercado, y que ahora se transformó, por obra y gracia del neoliberalismo salvaje quizá, en un aparatoso shopping. Curiosa primera impresión de la zona por donde andaba el prototipo tanguero por antonomasia: si el tópico del tango es, en esencia, nostalgia por lo perdido, intuyo que muchos porteños con más de medio centenar de años en el bolsillo, sentirán añoranza por lo barrial, por lo orillero, por lo aldeano, por la Buenos Aires que lentamente se metamorfosea, y ya no es.

Es significativo señalar que por esas callezuelas perdidas vivió también uno de los tipos que revolucionó para siempre el rock argentino: Luca Prodan, un encantador romano que se crió en Escocia, junto al príncipe Carlos, a quien le pegó un par de trompadas, recorriendo luego medio continente europeo en procura de que la Interpol no diera con él, para finalmente recalar en la Argentina, y morir aquí de cirrosis. Lindo chico, ¿no? No vacilo un instante en calificar a la banda que él formó (Sumo) como la más superlativa e innovadora que ha existido en el panorama local, introduciendo elementos del pop y del reggae, y letras tan poéticas como cáusticas, que dieron inicio al incipiente movimiento underground en el país.

Dejamos atrás las escaleras mecánicas, las luces de neón y las cadenas estadounidenses de comida rápida, para acercarnos a la restaurada casa del icono cultural. Entre discusiones sobre su lugar de nacimiento y una excesivamente amable e insistente recibidora (que acabó por ser nuestra cómplice), nos adentramos en la casa de Carlos Gardel. Por los altoparlantes sonaba, de fondo, la legendaria garganta entonando alguna glosa de varones desengañados, mientras nosotros podíamos observar su boletín de calificaciones escolares, entre otras múltiples reliquias. Como en el caso de Borges (y de tan pocos más), su nombre se transformó en adjetivo, y su voz en una metáfora omnipresente. Tal vez los sangrientos hierros retuertos de Medellín contribuyeron a erigir la mitología, es cierto, pero su carácter fundacional en la faceta interpretativa del tango es innegable, y precisamente por allí deben buscarse sus méritos mayúsculos. En definitiva, ¡qué importa dónde nació! Lo primordial es que nació, y que cantó como nadie.

Inmiscuidos entre lo borgeano, lo gardeliano y lo porteño, nos volvimos. Teníamos noche de pizza en avenida Corrientes. Cada uno, luego, partiría rumbo a latitudes cruzadas, pero Buenos Aires sigue allí, tan misteriosa, asfixiante, paradigmática y encantadora como siempre. Volver es la sempiterna consigna.

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15 respuestas a Buenos Aires en el aliento

  1. avellanal dijo:

    Texto “recuperado” del blog anterior. Tiene algo menos de un año y medio de antigüedad, pero quería ponerlo aquí también.

  2. poemasreunidosgeyper dijo:

    Hay una pizzería en Corrientes, bajando de mano derecha, que era mi pizzería de los jueves. He olvidado su nombre pero siempre voy a recordarla

  3. poemasreunidosgeyper dijo:

    Puedes enlazar el blog que más te guste. Uno va con un día de retraso respecto al otro. Un saludo y gracias por pasarte por allá.

  4. JRRR dijo:

    Baires debe ser una de los mejores ciudades que he conocido, hermosa y humana, con gente orgullosa de su ciudad y que la disfruta y la goza.

    Se entiende esa fama de pretenciosos de los porteños, pocos pueden presumir de una ciudad así, aunque yo no llegué a ver(*) esa pedanteria tan famosa (un amigo argentino acá en Caracas me dijo “es que los hijos de puta ya nos fuimos del país” ;-) ).

    Pues si, me encantó y juro que volveré.

    (*)Quizá ese taxista que me aseguró que las mejoras en futbol venezolano se debían a no recuerdo que director técnico argentino que tuvo la selección ;)

  5. Athor dijo:

    Me gustó, me gustó, Clau. :D

    Bs.As. tiene esa dimensión fantástica que yo encontré en pocas ciudades, especialmente en invierno, ahí se disfruta el doble. La Bs.As. invernal es maravillosa.

    A ver cuando podemos tomar juntos un cafecito en alguna veredita soleada de Palermo.

    Besotes.

  6. avellanal dijo:

    Las mejores pizzerías de Buenos Aires, en efecto, está sobre avenida Corrientes. Además, las hay para todos los gustos.

    Juan: deberías comenzar a desconfiar de tu amigo argentino. xD Con respecto a la famosa supuesta pedantería típica, como en casi todos lados, hay imbéciles presumidos y otros que no. No creo que sea la característica que mejor describa al porteño promedio, aunque en este caso tengo que coincidir con el taxista que te dijo eso: el director técnico se llamaba Pastoriza, y también considero que hizo un excelente trabajo en el fútbol venezolano.

    Athor: completamente de acuerdo en lo referente a la magia invernal de Baires. Cuando vengas, espero que no sólo un café nos tomemos: no te olvidés de los helados, che.

  7. JRRR dijo:

    y las empanadas en Sanjuanino

  8. pads dijo:

    Ah! casi da envidia ver cómo sabes disfrutar de la ciudad… No sé si es cuestión de la vida en Madrid, pero creo que no veo con los mismos ojos las calles que veo a diario que las enigmáticas calles de otra ciudad a miles de kilómetros de distancia

  9. Germán dijo:

    Menos mal que hiciste la aclaración de que el artículo es del blog anterior. Si hubieras venido para acá y no me llamabas…………….. ¬¬

    No concuerdo con que las mejores pizzerías se encuentran en la Av. Corrientes. Hay de las mejores también, en cada barrio de la ciudad. No hay que quedarse con “los “Inmortales” o ” Güerrín” solamente. Cuando vuelvas te hago un tour pizzero. ;)

    Athor, recordá que te hice la promesa de llevarte a comer helados a San Isidro (soy Daishi) :)

    En cuanto al “carácter” del porteño, hay de todo, lo que sí puedo decir de nosotros es que estamos a mil por hora y siempre “apurados” Lo peor de todo es que muchas veces es al “pepe”. Escribo solamente esto, en razón de que debería abrir un blog sobre el tema, y no tengo tiempo jejeje.

    Saludos a los amigos de la provincias (tampoco me gusta el término “interior”) y del exterior. Los espero en mi ciudad.

    Un porteño

  10. avellanal dijo:

    La verdad que cuando viajo a Buenos Aires, no voy tan ansioso de comer empanadas como sí de pizzas, porque estimo que las empanadas, en líneas generales, son mejores en las provincias que en la Capital. Es probable que si uno comienza a recorrer, con mayor tiempo, se encuentre con pizzerías excelente en los distintos barrios, pero avenida Corrientes tiene un carácter más bien simbólico, creo. Si no me equivoco vos me habías nombrado una en Parque Patricios, Germán (o quizá fue Ale, no recuerdo bien).

  11. Legna dijo:

    Poco que decir, al margen de lo que tu bien sabes.

    Solo aspiro, que en mi eterna promesa a Argentina, y Buenos Aires obviamente forma parte de ella, estés tu.

    Ya te dije hace tiempo que te habías convertido en una de las razones para cumplir uno de mis mas profundos deseos como lo es hacer el viaje a Argentina.

    Nos leemos.

  12. avellanal dijo:

    Es un placer leer esas palabras.

    Aquí estaré, Legna. ;)

  13. thermidor dijo:

    A mi es una ciudad que me ha cautivado sin siquiera pisarla de tantos y tantos paseos por sus calles a través de mis lecturas.

    Feminismo crisriano. Un imposible.

  14. Guido dijo:

    Me has dejado con sonrisa en el rostro y los ojos aguados.

    Otro invierno que se me escapa Buenos Aires.

    Sin duda esos días fueron increíbles y forman parte integral de mi experiencia, Claudio.

    JRRR: Yo vi un único caso de Ego Argentino Estereotípico. Y fue justo tal y cual lo presentan. Afortunadamente fue uno solo, entre decenas de personas que conocí y la compañía de mucha gente agradable (y comentarios ingeniosos) hicieron dicho suceso una mera nota al margen.

    Para los curiosos, el comentario que hizo el híbrido de Neo con Elliot Ness fue:
    “Espero que Borges aún no haya estado ciego cuando se reconciliaron, porque si no, pobre Sabato”, en referencia a la aversión por los invidentes que evidencian algunas de sus obras.

    Abrazos, Claudio y gracias por recordarme lo feliz que se pude llegar a ser.

  15. avellanal dijo:

    Como le he dicho a Legna, siempre estaremos al pie del cañón para cuando puedas volver a Buenos Aires, Guido. ;)

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