Sobre “El diablo en el cuerpo”, de Raymond Radiguet

Tiempo atrás, Javier Memba escribió un especial para “El País”, en el que reseñaba vicisitudes vitales de ciertos hombres de letras que, a su juicio, merecían calificarse como “malditos, heterodoxos y alucinados”. La lista contemplaba algunas obviedades; es decir, nombres imposibles de disociar con la idea de “escritor maldito”, como los de Baudelaire, Poe, Artaud, Bukowski, Lovecraft y el marqués de Sade; pero asimismo, y exceptuando omisiones tan considerables como la de William Blake, incluía autores que, sin ser ignotos, sin duda no gozan del prestigio de los citados anteriormente. Entre éstos últimos se encuentra Raymond Radiguet, un sempiterno joven francés, que sólo alcanzó, en su fugaz e intenso paso por la vida, a escribir un puñado de poemas, una pieza teatral y dos novelas: El diablo en el cuerpo y El baile del conde de Orgel. Admirador de Stendhal, Rimbaud y Proust, llevó una vida bohemia y despreocupada (casi un emblema de rebeldía juvenil), y entabló una gran amistad nada menos que con Jean Cocteau, forjando a su vez una suerte de extraña fascinación recíproca, que recuerda –especialmente, a causa de la diferencia de edad– a la que mantuvieron Rimbaud y Verlaine.

Vedada la posibilidad de trascendencia más allá de la frágil barrera de la veintena de años, Radiguet trascendió gracias a su sucinta obra, dentro de la cual es menester destacar El diablo en el cuerpo, por su peso literario específico y por su carácter innovador. Cuando yo la leí orillaba los dieciocho años; me sentí conmovido e identificado, pues se trata de una celebración sin más de la conducta adolescente: la curiosidad, la rebeldía, la liberación de tutelajes asfixiantes, el despertar y la iniciación sexual, el adulterio, la madurez impuesta a la fuerza.

La historia de un chico apenas salido de la pubertad que se enamora de la mujer de un soldado ausente, todo ello enmarcado en el dramático panorama de la Primera Guerra Mundial, inverosímilmente podría escandalizar hoy en día. Sin embargo, en el período de entreguerras durante el cual salió a la luz, provocó bastante bullicio, sobre todo considerando que Francia era un país especialmente sensibilizado a causa de las millones de vidas que había perdido en la cruel gesta iniciada en 1914. Entonces irrumpe, lleno de irreverencia, un joven escasamente mayor que el protagonista, construyendo una ficción que se revela contra la “cordura adulta”, caricaturizando al heroico soldado que se encuentra reducido al triste papel de cornudo, y más grave aún –como afirma otro escritor que aparece en la lista de Memba, Maurice Sachs, en su autobiografía Au Temps du Boeuf sur le Toit–, mandando a la mierda a la guerra, la misma guerra de la que Francia había salido victoriosa: era casi axiomático entrever que tales características espantarían a los burgueses todavía aferrados a obsoletos valores reverenciales, en medio de una Europa que se estaba transformando política y socialmente.

Pese a constituir un sólido alegato antibelicista, la novela podría prescindir de esta situación histórica sin mayores inconvenientes: se trata de un mero marco decorativo, que solamente le transmite una mayor dosis de intensidad; por lo que, en definitiva, constituye un grosero equívoco equiparar ésta historia de Radiguet con obras tales como Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, o mucho más todavía con Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, por sólo mencionar dos reconocidos libros concebidos durante aquellos años veinte del siglo pasado, puesto que mientras éstos se pronuncian deliberadamente contra la brutalidad de la guerra, poniendo énfasis en la transmisión de un mensaje pacifista, al mismo tiempo que resaltan el carácter épico de la entrega desinteresada del poilu, el enfant terrible compone una concisa pero inequívoca radiografía en negativo del soldado, destratándolo, relegándolo. En ese sentido, encuentro más analogías con El gran Meaulnes, dado que ambas son novelas de iniciación, que exploran contemplativamente el universo de la adolescencia, aunque con puntos de vista a todas luces desemejantes; asimismo, otro denominador común que liga a El diablo en el cuerpo con la obra de Alain Fournier, es que las dos historias han sido caratuladas como “ficción verídica”, pues hay indicios firmes para sostener que lo narrado en una y otra está inspirado en sucesos reales por los que debieron transitar sus autores.

La prosa es ceñida pero amena (resuenan ecos de Stendhal), desprovista de florituras incandescentes. La primera persona está admirablemente empleada, ya que se percibe una clara diferenciación entre la voz del narrador y el anecdotario evocador del protagonista. Vislumbro que el innegable talento de Radiguet tal vez no se aprecie tanto en cada oración, en cada párrafo; el talento de Radiguet, por el contrario, se desprende estrepitosamente de la redondez del conjunto de una novela que aborda sin piedad los recodos más escabrosos del despertar adolescente. Con su fulgurante y efímera vida, el joven francés atestiguó, por si quedaban dudas, que sabía sobre qué escribía.

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4 respuestas a Sobre “El diablo en el cuerpo”, de Raymond Radiguet

  1. Germán Ricoy dijo:

    Hace muchos años que leí las dos novelas de Radiguet pero aún recuerdo que me parecieron muy inferiores a su fama. En mi opinión, el hecho de haber sido el protegido de Cocteau hizo que su fama proyectara una alargada sombra, bajo la luz solar de su maestro, que ha llegado, inmerecida, hasta nuestros dias.

    No dudo de que, como muy bien señalas, en su momento esta obra causara un cierto impacto en las mentes adocenadas de la burguesía francesa, a la que Cocteau tenía bien tomada la medida, como también pudo suceder con El baile, de Irene Némirovsky, otra pequeña (e inofensiva) explosión literaria cuyos ecos siguen resonando en nuestra mortecina actualidad.

    La palabra Bildungsroman define a este tipo de obras, todo un subgénero de novelas adolescentes escritas a caballo del XIX y el XX (pienso en Demian, por ejemplo; pienso en Joyce, tal vez en Proust e incluso en Flaubert y en los Niños terribles de Cocteau, todos detrás de Goethe) cuyo predicamento se ha extendido hasta nuestros dias como las ondas en un estanque.

    Pero nosotros estamos (deberíamos estar) en otra orilla.

  2. Ignacio dijo:

    Hace un par de años en una noche haciendo zapping encontré una película que si no me equivoco era francesa que se llamaba así y que lógicamente era una adaptación de esta novela que comentás. Recuerdo que me gustó bastante. ¿La viste?

    En el canal Europa-Europa pasan joyas de ese tipo. Es muy recomendable.

  3. avellanal dijo:

    Germán: yo he leído más bien poco de Cocteau, pero es muy interesante lo que mencionas, pues las pompas fúnebres de toda Francia se las llevó él, mas Radiaguet murió rodeado de poca “gloria”. Una verdadera lástima que haya muerto tan joven; me hubiese gustado apreciar cómo se iba consolidando (o hacia dónde derivaría) su obra con el transcurso de los años.

    La palabra que mencionas no la descubrí sino hasta cuando leí “El diablo en el cuerpo”. Luego, “Retrato del artista adolescente” de Joyce, alguna obra de Rainer Maria Rilke, o el libro de Alain Fournier que mencioné en el texto, también se me presentaron como exponentes de este interesantísimo sub-género. Tendré que seguir en contacto con este tipo de obras, pese a que debería estar en la otra orilla. :D

    Ignacio: en efecto, conocía la existencia de una adaptación cinematográfica, mas no he tenido ocasión de verla. Y sí, se trata de un canal la mar de útil para los cinéfilos de por aquí, pues tiene una programación -además de inusual- muy heterogénea. Las primeras películas de Truffaut las vi todas por ahí.

  4. untenable dijo:

    untenable says : I absolutely agree with this !

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