Imposibilidades argentinas

En la larguísima lista de actitudes y formas de ser que caracterizan al argentino promedio, lamentablemente, figura desde hace un buen tiempo a esta parte, la creencia de que cada uno de los males que nos aquejan como país son atribuibles a terceros foráneos que se han confabulado en siniestra cofradía con el objetivo de conspirar contra los intereses nacionales. Por el contrario, a la hora de juzgarse a sí mismo, el argentino mantiene una inquebrantable visión positiva e inmaculada, como si estuviera cubierto por un halo mágico que lo exceptúa de toda clase de miserias.

Esa incapacidad de aceptarse tal como es, con ruindades y excelencias, al igual que los habitantes de todos los pueblos del mundo, conduce a la práctica crónica del maniqueísmo en la vida cotidiana. Al argentino le fascina trazar líneas tajantes e inflexibles que separan, cual agua del aceite, héroes y villanos, santos e ignominiosos, sin posibilidad alguna de teñir con un matiz de objetividad los juicios de valores formulados.

Por caso, Carlos Saúl Menem fue el presidente argentino que mayor cantidad de días ocupó el legendario sillón de Rivadavia, incluso más que Juan Domingo Perón. Sin embargo, en la actualidad, cuando Menem es demonizado hasta el hartazgo, parecería ser que fue depositado unilateralmente en la presidencia de la nación por incorpóreas fuerzas lóbregas que hasta allí lo condujeron, puesto que, a pesar de haber sido elegido por millones de argentinos en dos ocasiones seguidas, hoy uno se encuentra con la sorprendente revelación de que nadie lo votó. Otro tanto sucede con De la Rúa. E improbablemente, dentro de una década, no acontezca lo mismo con el matrimonio Kirchner. La fábula varía según el rol de semidiós o anticristo que se le asigne en nuestros días al personaje de turno.

El conflicto desatado con el campo, que insólitamente se acerca a los noventa días de duración, sirve para ilustrar, una vez más, esta incapacidad permanente que nos aqueja como país: el diálogo entre el Gobierno y el sector agropecuario está roto desde hace más de una semana. Joaquín Morales Solá afirma al respecto: Esa falta de ejercicio de lo que debería ser una gimnasia cotidiana de la política, el hecho mismo de conversar, es más inexplicable todavía cuando un duro enfrentamiento está paralizando la economía y exasperando dramáticamente a la sociedad.

A falta de diálogo y prudencia, lo que la sociedad ha estado contemplando, atónita, a lo largo de estos aciagos tres meses, es un sinnúmero de monólogos; monólogos que lejos de apelar a la sensatez y sustentarse en la mesura, sólo han servido para crispar aún más los ánimos y aumentar el descontento de los ciudadanos del interior del país, que se sienten saqueados, pero peor todavía, humillados. La lógica kirchnerista no ve en el campo al sector productivo de mayor peso en la constitución del producto bruto interno nacional, sino a un fragmento indócil de la población que ha osado rebelarse como nadie antes frente al poder hegemónico que construyeron durante los últimos cinco años; ergo, el sector agropecuario en su conjunto es considerado a través del distorsionado cristal de los Kirchner como el enemigo a batir: con el enemigo no se dialoga, se pelea. Y en el medio, la sociedad, rehén de una lucha en la que irresponsablemente prevalece una infantil pugna de egos y no los intereses generales de la nación.

La enfermiza obstinación presidencial de buscar enemigos hasta debajo de las piedras, que ya tuvo entre sus protagonistas a las Fuerzas Armadas, a la Iglesia Católica, a los medios de comunicación (no sumisos), ahora se centra en el campo. La constante de que todo aquel que no sea adicto a las políticas K., es un “enemigo de la Patria”, resulta patética. La confrontación y la persecución se han vuelto moneda corriente, al igual que la nula posibilidad de disentir, de pensar distinto, sin que la pareja oficial se encolerice, estallando en brotes histéricos, que conducen a las desequilibradas declaraciones que pronuncian en ciertos actos públicos.

Intuyo que esta imposibilidad de asumir las culpas y errores propios, la concurrente dificultad en resaltar los logros y méritos ajenos, junto al endémico maniqueísmo paralizador del pensamiento y el impedimento de dialogar con los que exteriorizan otras ideas, traducen el acabado sentimiento de frustración que flota en la sociedad argentina, no solamente ahora, sino desde hace más de medio siglo. Frustración consigo misma, como sociedad que ha descendido, que ha fracasado una y otra vez, y que continúa desaprovechando oportunidades inmejorables.

Mientras los argentinos no aceptemos el pasado realizando un mea culpa, exorcizando la memoria traumática y absorbiendo la memoria fecunda, para mirar hacia delante, seguiremos naufragando en esta profunda adolescencia social que impide emplear las indudables excelencias atesoradas en pos de la construcción de una alternativa superadora que mude en un futuro sólido y mejor.

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4 respuestas a Imposibilidades argentinas

  1. Ignacio dijo:

    Al análisis lo creo acertado, es como que siempre todo fuera un Boca-River en la Argentina, disyuntivas acá disyuntivas allá, disyuntivas por todos lados, sumado a la incapacidad de dar el brazo a torcer. Justamente hace unos días escuché a alguien en un programa de televisión que decía que lo más grave no es haber tomado las medidas del 11 de marzo sino la terquedad de no admitir que se trató de un error garrafal para que no sea visto como una derrota política.

    Creo que me extendí demasiado, y tus conclusiones eran más generales de todos modos.

    Saludos.

  2. poemasreunidosgeyper dijo:

    Desde fuera, desde mi modesta opinión, creo que has hecho un análisis muy acertado de la situación. Lo que se necesita es gente con la misma capacidad de autocrítica, con la cabeza tan bien amueblada como la tuya… Me extendería pero no conseguiría explicar lo que pienso ni la mitad de bien de lo que ya lo has hecho tú. Un saludo

  3. Facu dijo:

    Y bueno… este país es medio surrealista e inentendible, que le vamos a hacer. No habría que sorprenderse demasiado, porque así han sido las cosas desde hace mucho tiempo aunque tampoco hay que englobar toda la historia.

  4. pads dijo:

    en España el pesimismo nos acompaña desde hace siglos. Sabemos que, en nuestro país, si algo puede salir mal, es más que posible que salga mal, o por lo menos, no demasiado bien. Eso no es culpa de nadie, o al menos, de nadie más que nosotros y nuestra manera de ver las cosas. Sin embargo, sí que se ve mucho eso de o con nosotros o contra España. Lamentablemente, no es el gobierno quien lo dice, si no la oposición, o los medios de comunicación que sustentan la oposición

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