Ariel Ortega, el último ídolo de River

Hace cuatro años que River no lograba títulos, ni locales ni internacionales: una enormidad para el club más ganador de la historia del fútbol argentino. Repasando el camino recorrido que desembocó en la obtención del Clausura 2008, más allá de la alegría, asoma la certeza de que el entrenador Simeone, imbuido de concepciones europeizantes del juego, impuso sellos distintivos que se corresponden con la historia de River –como la irrenunciable y permanente apetencia ofensiva–, y otros que a todas luces resultaron revolucionarios. En este último sentido, el funcionamiento del equipo se ha distinguido por la dependencia táctica, que estuvo en todo momento por encima de las características de los jugadores. Con perseverancia, Simeone probó variantes, cambió sistemas, buscó un equipo titular. Sin embargo, la tarea más ardua consistió en lograr un estilo de juego distintivo, un estilo que al cabo de un campeonato entero, de hecho River no consiguió: la identidad futbolística quedó en un estado embrionario.

Pese a la mencionada subordinación táctica que impuso el entrenador, a ese criterio racionalista que sostiene que la mera aplicación de intrincados esquemas son el fundamento mismo del juego, el fútbol sigue siendo la dinámica de lo impensado y su causa eficiente, el jugador. Fueron precisamente los jugadores desequilibrantes –Buonanotte y Ortega– los que, por medio de sus condiciones técnicas conformaron una sociedad futbolística que sí hizo honor a la escuela histórica de la institución, y que a la postre permitió revertir resultados que el cientificismo no conseguía solucionar.

Por su condición de intocable deidad para la hinchada de River, y por su contribución determinante para la consecución de este campeonato, quiero destacar entre esta hornada de futbolistas, a Ariel Ortega.

Desde que había iniciado su tercera etapa en el club, no había conseguido ningún título, y tampoco lo necesitaba; después de la derrota con Boca, y la vergonzosa eliminación de la Copa Libertadores a manos de San Lorenzo, cuando el equipo –sin él en la cancha– fue recibido con alimentos para gallinas, en medio de un clima autodestructivo y de tensión insoportable, parecía que todos –dirigentes, cuerpo técnico y jugadores– debían rendir cuentas, menos Ortega. Venía de sufrir una recaída en su adicción con el alcohol que lo relegó por una serie de encuentros al banco de suplentes, y su no inclusión entre los once iniciales coincidió con los peores tramos futbolísticos del equipo, cuando ni el más optimista de los riverplatenses avizoraba una vuelta olímpica al final de la temporada: desde las tribunas el grito de guerra retumbó una y otra vez: Orteeega, Orteeega, del mismo modo que todo el país coreaba el apellido de Maradona a fines de 1993, cuando la selección argentina quedaba a un paso de no clasificar al Mundial de EE.UU.

Ortega ingresó en el segundo tiempo de un partido que podría haber terminado con la renuncia del presidente de la institución, y el equipo cambió silbidos por aplausos. No en vano todos los integrantes del plante han coincidido en señalar esa etapa complementaria como el punto de inflexión hacia la conquista del título. A pesar de no ser el mismo jugador de hace diez años, cuando sus amagues, gambetas y quiebres de cintura enloquecían a cuanto defensor se le pusiera delante, Ariel Ortega es un crack, y como tal, conserva destellos de su inagotable magia. Es cierto que ha perdido velocidad y que ya no desequilibra tanto en el mano a mano, pero ha ganado en rapidez mental, y da la impresión de jugar un segundo adelantado a todos. Además, ha logrado asumir con inteligencia el rol de capitán y referente que su trayectoria y su edad terminaron por legarle: hoy por hoy privilegia las necesidades colectivas por sobre el lucimiento individual, y eso se puede apreciar claramente en las exquisitas y decisivas asistencias que le sirvió a su interlocutor Buonanotte, para que el chiquilín –de sólo 1,60 y 20 años– definiera con sapiencia dentro del área.

Desde el retiro de Enzo Francescoli hasta nuestros días, si bien han surgido de las divisiones inferiores de River un sinnúmero de grandes jugadores que actualmente triunfan en Europa, y que probablemente volverán al club tarde o temprano, no ha habido un ídolo de las dimensiones de Ariel Ortega: no sé cuántos de ellos podrán ser ensalzados hasta el paroxismo por 60.000 personas cada domingo. Lo que indudablemente caracteriza al idilio con Ortega, además de su cuna riverplatense y del genuino amor que profesa por la camiseta, es que en el Monumental siempre se ha instalado como símbolos a los futbolistas de exquisito proceder técnico, a los de buen pie, a los que juegan más de lo que corren, y Ortega honra como pocos dicha escuela futbolística, es el último representante de una forma de entender el fútbol que hoy palidece. Ojalá podamos disfrutarlo durante muchos años más.

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3 respuestas a Ariel Ortega, el último ídolo de River

  1. Facu dijo:

    Ya me imaginaba que no ibas a poder evitar hacer alguna referencia sobre el tema :D

    Coincido con el análisis sobre el funcionamiento de River que hiciste. Quiero destacar que has sido muy objetivo a pesar de ser una ‘gallina’ empedernida.

    Ortega es uno de esos jugadores que hoy en día no se ven más, y que con 34 años ha demostrado que sigue siendo un distinto. Una lástima que haya tenido tantos problemas extrafutbolisticos a lo largo de su carrera.

    ¡¡¡Felicitaciones!!!

  2. Germán dijo:

    Concuerdo, bastante “objetivo” en tu analisis.

    Lástima, mientras estoy escribiendo, que otra vez el gran Ortega desapareció de la práctica otra vez? Deseo con todo el corazón que siga por unos años más, pero………………

    Es cierto que Aguilar ya tiene vendido a medio equipo? Digo, para cubrir la “Kaja”. Una chicanita, che ;)

    Felicidades de un cuervo, por el campeonato, gallina.

  3. avellanal dijo:

    Me alegro que destaquen objetividad donde no hay más que subjetividad aderezada, disimulada. ;)

    Y sí, hoy no concurrió al entrenamiento, pero ya avisó que esta mañana va a ir. Emulando a Maradona y a otros “ídolos” autóctonos, Ortega parecería poseer la capacidad de reponerse una y otra vez de sus tropiezos.

    Sobre Aguilar, y para conservar los modales guardados en este blog, prefiero no hacer comentarios.

    Gracias por las felicitaciones.

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