El ’68 mexicano

El año 1968 es sinónimo del “Mayo francés”, y durante el transcurso de este 2008 en el que se conmemora el cuadragésimo aniversario de aquellos acontecimientos que se iniciaron en la universidad de Nanterre, una vez más he comprobado que, para el imaginario colectivo de las nuevas generaciones, fuera de La Sorbona no sucedió (casi) nada. Sin duda, París constituyó el epicentro de una efervescencia revolucionaria que devino mundial; fue precisamente ése carácter representativo, que a la postre se transformó también en mítico, atesorando todas las estelas de una revuelta dotada de hermosura, lo que en alguna medida condujo a asociar tan paradigmático año con las mencionadas casas de estudios, con el Barrio Latino, con Jean-Paul Sartre, Daniel Cohn-Bendit y Charles De Gaulle, dejando en el olvido, a menudo, la evidencia de que las movidas juveniles de 1968 trascendieron con creces al territorio galo (de hecho, ni siquiera comenzaron allí).

En definitiva, los puntos alrededor del mapamundi en donde se incubaron caras diversas de una revolución cultural que acabó por eclosionar en 1968 –y cuyo mayor legado, con toda probabilidad, sean los penetrantes estremecimientos que provocó en la familia, los medios de comunicación y los sistemas educativos, pilares modernos de la cultura–, como mencioné ut supra, fueron vastos y desiguales (desde Polonia a Jamaica, por ejemplo). Sin embargo, por su dramático desenlace, brevemente hoy quiero recordar el caso mexicano.

Lo que se conoce como “la matanza de Tlatelolco” fue un acto de terrorismo de Estado perpetrado por grupos militares y paramilitares el 2 de octubre de 1968, en la ciudad de México, contra un movimiento estudiantil que llevaba a cabo una protesta radical pero de connotaciones pacíficas. Cuarenta años después, todavía no se ha podido precisar la cantidad de personas asesinadas, lo que pone de manifiesto la brutal magnitud de una represión que se convirtió en masacre.

Me pareció muy interesante la mirada retrospectiva que efectúa el historiador Enrique Krauze (gran colaborador de Octavio Paz), que por entonces era estudiante universitario y participó activamente de la protesta, pues le adjudica a los hechos una importancia decisiva en el proceso de democratización que posterior y paulatinamente se produjo en su país: Había, en verdad, algo intrínsicamente democrático en aquel gran acto de negación, aquel gigantesco NO, que coreaban las masas estudiantiles contra el gobierno autocrático (…) En un país supuestamente “revolucionario”, acostumbrado a la obediencia y el silencio, la discusión pública de los problemas era en sí misma una novedad extraordinaria. Ese impulso de libertad prendió: gracias al 68, hay en México más libertad de expresión, de movimiento, de protesta. Y gracias al 68, las mujeres –que eran un contingente numeroso en el movimiento– ingresaron con fuerza en la vida pública, lo cual fue un logro histórico en un país con las tradiciones machistas de México.

Al mismo tiempo, y aquí viene la parte que juzgo más relevante, lejos de la evocación de tintes nostálgicos, es capaz de realizar una autocrítica que bien podría adquirir una dimensión global: Pero es preciso distinguir: la rebelión por la libertad es una cosa, la construcción de la democracia es otra. El movimiento de 1968 fue festivo, irracional, emotivo, imaginativo, maniqueo, generoso, romántico, expansivo, contestatario, destructivo, irreverente. No conocía los argumentos complejos, los claroscuros de la vida real. Todo lo contrario: rechazaba por completo el orden establecido. Quería el todo o nada. No tuvo noción de sus propios límites, no imaginó un proyecto constructivo de transición política para sí mismo y para México, tenía aversión a la prudencia, la tolerancia, la autocrítica, la negociación, la racionalidad. Nunca se propuso, por ejemplo, la creación de un partido político que sin duda hubiera podido nacer entonces. Queda claro que inspirarse en los ídolos de la Sierra Maestra, o deliberar sobre la Revolución, de ningún modo justifica la represión que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz –gran colaborador de la CIA– desató contra las corrientes estudiantiles.

En este último sentido, 1968 fue, incuestionablemente, un gran, un enorme  fracaso político. De hecho, en términos geopolíticos, ni siquiera puede compararse con la trascendencia de 1989: luego de la oleada del ’68 el capitalismo siguió vigente en Occidente, con reformas, mientras que las revoluciones del ’89 sepultaron definitivamente al comunismo en Europa, y pusieron fin a la lucha ideológica sobre la cual giró la política mundial durante medio siglo. Pero más allá del narcisismo infantil de bandera roja que fue moneda común en el ’68, también es innegable que, desde el punto de vista social y cultural, tal como afirma Cohn-Bendit, la ebullición revolucionaria fue el catalizador de una profunda modificación sobre concepciones antediluvianas que, bajo el enjuiciador prisma de nuestros días, no puede dejar de ser calificada como positiva.

Esta entrada fue publicada en General, Política. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a El ’68 mexicano

  1. thermidor dijo:

    Los 60 fueron una revolución contra la autoridad, y pese a la importancia que se le quiere restar al mayo francés y otros acontecimientos de finales de esa década, creo que han cimentado los pilares de una línea de pensamiento que, aún residualmente, ha podido entrar a escena e intervenir.

  2. Fran dijo:

    Según algunas corrientes de pensamiento, la subversión como mera oposición al poder sólo refuerza la estructura del mismo. En ese sentido, quizá el efecto más importante del 68 podría ser el haber delimitado/definido la estructura de tal modo que luego era más fácil de supervisar de forma crítica.

    Eso sí, me parece triste encontrar todavía hoy gente del 68 encasillada en cierta forma de negatividad y negándose a plantearse ningún programa constructivo.

  3. Deja te busco mis notas sobre esto… ¿Ha leído La presidencia imperial de Krause? Hay un ensayo interesante de Gabriel Zaid sobre el tema, prometo poner el comentario en la próxima semana.

  4. avellanal dijo:

    Iker: a cuarenta años, muchos de los que participaron de los acontecimientos han adoptado una postura reflexiva, madura y ciertamente constructiva (como afirma Fran, otros no): tal es el caso del historiador mexicano que cito, o del propio Cohn-Bendit. No creo que tener una mirada en esa línea suponga restarle trascendencia al movimiento, ni mucho menos un síntoma de claudicación, sino simplemente asumir los propios errores. Y es muy loable que así sea, cuando no se trata de una práctica precisamente común en nuestros días

    Fran: no acoto ni una coma a lo que has expresado: completamente de acuerdo.

    Petrus Angelorum: justamente hace pocos días he leído por vez primera un par de artículos de Krause, mas no una obra completa de su autoría. Espero el comentario al respecto, que la cuestión me ha interesado bastante.

    Saludos.

  5. Roberto Bolaño relata como nadie lo de la UNAM

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s