“Into the Wild”, de Sean Penn

En su siempre incipiente y alternada labor tras las cámaras, Sean Penn había dirigido una retahíla de películas menores, fácilmente extirpables de la memoria, entre las que, sin embargo, destaco su debut: The Indian Runner (contaba con un heterogéneo pero gran reparto: Viggo Mortensen, Dennis Hopper, Patricia Arquette, Charles Bronson y Benicio Del Toro). Pero ninguna de ellas será tan recordada como Into the Wild, pues no fue sino en ésta última donde logró plasmar, al menos en parte, cierta manera propia de ver e interpretar el mundo. Siempre terminará siendo más interesante y enriquecedor, para un hombre ligado al arte, dar a conocer sus posiciones sociopolíticas por vía del medio artístico, y no tan sólo a través del camino de la militancia activa, manifestándose en contra de la invasión a Irak, o concertando encuentros con Hugo Chávez en Venezuela. El arte es un ejercicio de la parcialidad, no está disociado de las cosmovisiones, de las manifestaciones ideológicas, y como aseveró Borges, quienes abogan por un arte que no propague doctrinas, suelen referirse a doctrinas contrarias a las suyas.

La historia de Christopher McCandless, más allá de de la simpatía o animadversión que su conducta pueda despertar, es una historia con claros tintes cinematográficos, una historia que merecía ser contada por medio del celuloide. Y en ese sentido, considero que Penn explotó magníficamente las instancias decisivas acaecidas en la vida de un desorientado muchacho que, errante, buscaba su “lugar en el mundo”, y en cambio, terminó por encontrarse con la muerte (detalle primordial en las biografías a la hora de la construcción de mitologías), convirtiéndolo en una suerte de adalid de una confusa filosofía que mezcla parte de la teoría de Rousseau acerca del estado de naturaleza con deformadas concepciones lindantes al budismo. Personalmente, lejos estoy de creer que exista siquiera un atisbo de heroicidad en la decisión de desaparecer de un día para el otro sin dejar rastros ni avisos, cuando detrás queda una familia preocupada, por más reproches que a ésta se le puedan efectuar. Por el contrario, juzgo que se trata de un acto irresponsable y profundamente egoísta, de un plan de evasión hacia ninguna parte. Al promediar la película, inmediatamente me surgió la comparación con el primer viaje que realizó Ernesto Guevara por Sudamérica –y que tan bien retratara Walter Salles en Diarios de motocicleta–: los contrastes son notorios, quedan a la vista; la posibilidad de autorrealización nos plantea alternativas más constructivas que donar todos nuestros ahorros y desentendernos de los problemas del mundo.

No obstante, la idea de abandonar la existencia a la naturaleza, para desconectarse de la sumatoria de circunstancias –generalmente– invariables, monótonas, que conforman nuestra gris cotidianeidad, históricamente ha sido seductora, pero también es cierto que no deja de ser una utopía para la mayoría de las personas del siglo XXI. Si bien el contacto directo con la naturaleza, el regreso a las primitivas fuentes –un punto que pocos han logrado describir con la maestría de Jack London en algunos de sus relatos– supone un irrenunciable convite para la reflexión, tampoco se trata de la única senda apta para encontrarse con uno mismo, huir del barullo mediático, combatir el capitalismo, cambiar el modo de vida o alcanzar la paz interior, y mucho menos si solamente redunda en un mero ejercicio onanista.

Regresando a la película en sí, el gran mérito del director está en la penetrante implicación que logra crear con el curso de la odisea del protagonista, exhibiendo sin aditamentos la naturaleza, de un modo entre majestuoso y salvaje. El mayor goce estético del film se produce en aquellos momentos donde la cámara sigue los pasos del ya rebautizado Alexander Supertramp en medio del exuberante entorno natural, cuando las voces cesan y el poderío visual de cada fotograma acaba por quedarse con la última palabra.

Pero resulta imposible soslayar las actuaciones, pues en ellas descansa parte importante de la solidez de la cinta. Es preciso reconocer que Penn tuvo un considerable acierto al elegir a Emile Hirsch, un actor que de ningún modo puede caratularse como “estrella rutilante” en el mundo de Hollywood actual. Su composición de Christopher McCandless resulta más que convincente y muy rica en diversos registros; a lo largo del largometraje brinda momentos verdaderamente sobrecogedores o entrañables, como los diálogos y silencios  con el anciano (también excepcionalmente) interpretado por Hal Holbrook., previos a la despedida. Aunque con participaciones muy breves, también corresponde destacar los secundarios de Catherine Keener, William Hurt y Marcia Gay Harden, redondeando un reaparto de lo más compacto.

Entre los elementos achacables, la sobreabundancia de constantes flashbacks quizá genere cierta confusión temporal en el tratamiento de la película, pero lo que decididamente me pareció un recurso innecesario, rayano con lo insoportable, es la voz en off.

Finalmente, el otro plus que contribuirá a que Into the Wild sea recordada por mucho tiempo, es la exquisita banda sonora completamente folk que compuso Eddie Vedder. Canciones hondas, llenas de lirismo y calidez, como “Guaranteed” o “Society”, cantadas sin dramatismo pero con sensibilidad, son el inmejorable instrumento para expresar la búsqueda interior del protagonista.

Into the Wild (EE.UU., 2007)
Director: Sean Penn.
Intérpretes: Emile Hirsch,
Hal Holbrook, Catherine Keener, Vince Vaughn, Kristen Stewart, William Hurt, Marcia Gay Harden.
Calificación: 6,75.

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13 respuestas a “Into the Wild”, de Sean Penn

  1. avellanal dijo:

    Pongo aquí el enlace al comentario de la película que hiciera en su blog, allá lejos y hace tiempo, Pads: http://mundomuyzarro.blogspot.com/2008/01/into-wild.html

  2. iarsang dijo:

    Desde luego la banda sonora de Eddie Vedder es una maravilla, aunque alguien como yo es poco objetivo al decir esto, claro, Pearl Jam es una de mis bandas de cabecera de siempre.

    La película me gustó, sí, sobre todo en esos tramos donde el paisaje adquiere tanta carga lírica, subrayada por la música. Pero coincido en los fallos que destacas, tanto los de la película en sí como los que se refieren a la historia y la personalidad del protagonista. Sobre todo porque el guión en ningún momento nos ofrece ninguna alternativa a su visión del mundo, no se duda, no se piensa. Todo es como lo ve Christopher. Y, aunque ciertas formas de su manera de pensar también a mí me resultan atractivas, hace que parezca que estamos ante una hagiografía más que una película. Y creo que ello es de lo que más se resiente.

    Por cierto, qué maravilla de actriz es Catherine Keener. Desprende tal simpatía y calidez, y es tan guapa… (aunque debo decir que la actriz joven también es de una belleza extraordinaria).

  3. pads dijo:

    bueno, creo que coincidimos bastante, aunque tu análisis es mucho más profundo que el mío, jeje, que envidia (sana) me da leer tu blog

  4. avellanal dijo:

    Tienes toda la razón, Iar: Catherine Keener es una excelente actriz. Ya me había gustado mucho su actuación en la película sobre Truman Capote y en otra que aparecía con Daniel Day-Lewis.

    Y mi análisis no es más profundo que el tuyo, Pads. Sólo me explayé un pelín más, pero como dices, básicamente tenemos la misma opinión.

  5. LuxMa dijo:

    La película nunca la ví, pero el disco de la banda sonora se la regalé a mi hermano en su cumpleaños pasado (fanático de Eddie Vedder) y me pareció muy muy padre. Un día de estos me animo a ver la película. :) Saludos.

  6. knut dijo:

    A mi me pareció una película decepcionante.

    Pero no porque sea mala. Me parece muy respetable como muestra del arte de Penn. Un tipo que me parece un actor atroz pero que en general despierta altas simpatias para mi como persona.

    ¿Cuál es el problema?

    Su gigantesca y desmedida artificiosidad. Algo que en según que momentos puede resultar interesante, pero que cuando trata el tema de esta peli muestra en realidad una incapacidad infinita para el acercamiento al tema del que es objeto la peli.

    La naturaleza se atisva como espectáculo visual anodadante, oh, es de una enorme belleza visual. Pero la naturaleza es otra cosa, y esto se queda por completo fuera de la “panorámica”

    Si ves Derzu Uzala encuentras lo natural más allá de aritficios, aquí no obstante hay pose, manufactura, irrealidad, colores desmedidos.

    Además el prota realmente es un idiota, alguien incapaz de vivir socialmente, tan aislado que se ve como una mota intrusa dentro de lo natural, sólo toca consistencia desde lo artificioso, desde la mueca, pero dentro de lo natural es ajeno.

    No hay más que belleza visual unida en paralelo a una historia de un nihilismo atroz. Un suicido gilipollas y poco más.

    Una suerte de reflejo deformado de un sintoismo mal entendido, una desincronización completa y absoluta de cualquier tipo de armonía, que no olvidemos implica siempre la conjugación de elementos múltiples imposibles en un viaje al solipsismo montado en postales.

    P. transporta a su faceta de director todos su defectos como actor, el manierismo excesivo y la contención entendida como puro nervio: cuando se está quieto en realidad está tenso, en precario equilibro entre fuerzas brutalmente opuestas.

    Ojalá el ego se le suavize con el tiempo, hay mucho de buen director en él: sólo le falta olvidarse justamente de que es su obra, de que él es el Director.

    A la naturaleza no se puede entrar directamente desde la panorámico, lo orgiastico en términos estéticos va en dirección desde lo pequeño a lo grande. Lo natural no es escenario sino todo, y eso sólo he sido capaz de verlo en Kurosawa, la Trilogia de Apu y ya está.

    Lo que no entiendo es cómo a Iarsang le encanta el macroanuncio aquel de la segunda guerra mundial con un cristo harto de LSD y la naturaleza entendidad como un conjunto de neones selváticos. La delgada linea roja está bien y esta es pasable. Menuda contradicción!

  7. Lila dijo:

    Ante todo, te pido excusas por no participar del tema que planteas en esta entrada de tu blog. En días pasados tuve la oportunidad de descubirlo, y en las entradas anteriores ví lo que publicaste sobre Hebe Bonafini y las Farc. Leí también una grotesca respuesta que te escribió un compatriota y siento verguenza.
    Sin embargo, aunque tarde, quería comentarte… aprovechar tu espacio abusivamente, para expresarte algo respecto al tema.
    En lo personal, la actitud de Hebe con las Farc me llena de tristeza… porque el apoyo de figuras como ella, son la leña que continúa haciendo arder el dolor de esta guerra en Colombia. He leído mucho respecto al tema de la dictadura en tu país, y por eso sé quien es y lo que representa Hebe Bonafini… me parece una mujer muy fuerte y, entiendo y respeto el dolor que vivió … la lucha de las madres y las abuelas de la Plaza de Mayo me parece una hermosa labor, pero creo que ella no sabe quienes son en realidad las Farc.
    En general en el exterior, aunque afortunadamente cada vez es menos, se tiene una imagen distorsionada de las Farc: se les imagina como la guerilla romántica, conformada por jóvenes llenos de ideales… y probablemente, en un principio, hace 40 años, fué así. Pero hoy en día las Farc son un grupo de asesinos que se dedica a robar, a reclutar niños, a obligar a abortar a las mujeres que están en sus filas, a sembrar minas que mutilan a inocentes campesinos, a traficar y a secuestrar…. entonces no entiendo como ella puede apoyar algo así… ella no sabe cuanto pejudica a Colombia con su abierta simpatía por las Farc.
    Me pregunto si ella ha venido a Colombia, porque formarse una imagen a distancia y emitir ese tipo de comentarios es muy fácil, es fácil ver los toros desde la barrera.
    Ella habla de rehenes, y la gran mayoría de colombianos odiamos ese termino tan elegante para denominar a quienes permanecen atados con cadenas a los árboles… ellos son secuestrados por quienes se pide dinero, fichas con las que las Farc juegan. Y los integrantes de las Farc que están en las cárceles no son rehenes son presos, pero no políticos, no son perseguidos por sus ideas, son criminales que llevan asesinatos, bombardeos, secuestros y muchos crímenes a cuestas.
    En resumen, estoy de acuerdo con contigo.
    Gracias por leerme.
    Lila

  8. Recontra dijo:

    Enorme banda de sonido…

  9. tucho dijo:

    Tengo una amiga que siempre me jode con que mire esta película, pero me olvido de comprarla. La banda sonora me encanta, a pesar de no ser un gran escucha de PJ.

    Asi que soy mítico? Jajaja, cómo me hiciste reir.

  10. thermidor dijo:

    La banda sonora, con Vedder de por medio, no podía ser mala.

    La película es pasable. Tanta road movie, tanto viaje iniciático…al final se parecen unas a otras como dos gotas de agua. Es aburrida y no dice nada nuevo. A ratos parece una película indie, en el mal sentido de la palabra.

  11. iarsang dijo:

    Vaya, ya está Knut zahiriéndome jejeje

    “La delgada línea roja” es otra cosa para mí, además siempre me ha gustado la grandilocuencia y lo epatante, qué le vamos a hacer. Desde luego la considero mucho mejor en cuanto a acabado formal e historia que Into the wild.

  12. avellanal dijo:

    Creo que hay un consenso acerca de la extraordinaria calidad artística de la banda sonora compuesta por Eddie Vedder, lo cual me alegra muchísimo.

    Knut: confieso no haberme iniciado todavía en la filmografía de Kurosawa. En realidad, sólo he visto una de sus últimas películas (titulada en EE.UU. “Rhapsody in August”), pero procuraré ver muy pronto “Dersu Uzala”, y quizá luego hasta realice algún comentario por aquí. Gracias por la recomendación. Y, de paso, tengo que revisar “La delgada línea roja” también. ;)

    Tucho: no sé si vos, pero tu blog sí que es mítico. Por cierto, espero que estén disponibles ciertos enlaces, que tengo que realizar de nuevo algunas descargas.

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