Discos que influyeron en mi formación musical (XIII)

Transformer – Lou Reed (1972) Descubrí a la Velvet Underground después de haber escuchado en reiteradas ocasiones algunos singles de Lou Reed; cuestión que, analizada en retrospectiva, hoy en día me resulta, cuando menos, extraña. A la sazón, no llegaron a mis entusiastas oídos adolescentes precisamente las tortuosas composiciones que el neoyorquino extrajo desde el fondo mismo de la tristeza en esa olvidada obra maestra llamada Berlin, pues esas canciones le escapaban casi deliberadamente a la comercialidad. Por el contrario, merced a dos temas de su disco más exitoso fue que desembarqué en el fascinante universo de quien considero, sin permitirme vacilación alguna, y más allá de sus irregularidades, uno de los compositores claves que ha dado el rock en su pródiga historia.

En 1972, David Bowie no sólo se limitó a concebir The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, sino que, como lo hizo también con Iggy Pop, reorientó la carrera de su admirado Reed –caído en desgracia luego de abandonar su grupo emblemático–, produciéndole precisamente Transformer, álbum que enderezó el curso de una trayectoria que parecía condenada al fracaso comercial sempiterno. Para ello, Bowie consideró conveniente la introducción de una serie de cambios estilísticos acentuados (el glam rock transitaba entonces su época de oro), y como era de esperar, los hechos posteriores le dieron la razón. Sin embargo, Lou incluyó en el grueso de las composiciones su acostumbrada temática relativa a los personajes más extraños y marginales de las sórdidas esquinas de una ciudad que no siempre brilla, manteniendo de ese modo parte de su sello distintivo.

Si bien la ampulosa teatralidad ínsita en la estética glam no congeniaba en lo más mínimo con su perfil, Lou Reed lograba puntos de contacto con esta vertiente del rock, gracias a cierta ambigüedad sexual presente en algunas de sus letras. Asimismo, cabe destacar la colaboración de Mick Ronson, hombre de confianza de Bowie y genial guitarrista de The Spiders from Mars, quien pese a los problemas de comunicación que tuvo durante las grabaciones con el oriundo de New York, logró establecer con él un diálogo soberbio en el plano estrictamente musical.

La canción inicial, “Vicious”, es una pequeña joya que, en algún punto, retrotrae a la crudeza propia de la Velvet Undergroud, especialmente debido a los punteos distorsionados que Ronson introduce con reiteración, al tiempo que Lou canta sobre una pareja de sadomasoquistas: Vicious, you hit me with a flower. You do it every hour. Oh baby, you’re so vicious. Vicious, you want me to hit you with a stick. But all I’ve got is a guitar pick.

Siempre he pensado que “Perfect Day” es una de las mejores baladas de la historia, equiparable con ciertas canciones de Lennon o McCartney. No adquirió verdadera popularidad sino hasta entrada la década del noventa, sobre todo al ser versionada por Duran Duran, y al aparecer en la banda sonora de la célebre película de Danny Boyle interpretada por Ewan McGregor. La letra ha sido objeto de mil y una interpretaciones, quizá a causa de su costado críptico: debajo de la faz romántica y el día perfecto, se esconde un dejo melancólico, gris y dramático. Los toques de piano, los arreglos de cuerda y la conmovedora interpretación vocal hacen el resto. En el pegadizo rocker “Hangin’ Round” se destacan los estridentes acordes y la buena vibración que la canción transmite en general.

“Walk on the Wild Side”, constituyó uno de los mayores éxitos comerciales de toda la carrera de Lou Reed. La pieza, de ritmo repetitivo y llena de coros, es un retrato del séquito de extravagantes personajes del underground neoyorquino que acompañaban a Andy Warhol en La Factoría. El sorpresivo, inesperado solo de saxo, sobre el final, fue una idea de Bowie. De “Make Up” me gustan particularmente el acompañamiento de tuba (a cargo de Herbie Flowers) y la performance vocal relajada y cool.

Así llegamos hasta “Satellite of Love”, tema que había sido grabado originariamente por la Velvet Undergound en un período de sesiones, aunque a la postre no fue incluido en ningún disco oficial. Es otra balada perfecta, dotada de una melodía exquisita, en la que se puede distinguir por momentos la voz de David Bowie, y que concluye con un crescendo vocal orgásmico (muchos han comparado ese final con el de “Drive-In Saturday”, del propio Bowie). “New York Telephone Conversation” es un simpático y breve añadido, cuya melodía recuerda a un jingle publicitario, mientras que “I’m So Free” representa, con esos curiosos coros, el costado acabadamente glam del álbum. Para la despedida queda “Goodnight Ladies”, en la que una gran combinación instrumental, con tuba y saxo incluidos, remite sin escalas a los viejos cabarets alemanes.

La reunión de grandes músicos bajo el aura protectora de un Bowie que atravesaba un período de inconmensurable lucidez, no sólo redundó en la reinvención de un outsider que se animaba a cantar sobre asuntos poco decorosos, sino que, al mismo tiempo, posibilitó la confección de un brillante y ecléctico repertorio sonoro. Es una lástima que esta adaptada versión glam de Lou no se haya extendido más allá de éste trabajo. Con todo, no deben quedar dudas respecto a que pocos discos contribuyeron tanto a fomentar el rótulo de poeta maldito e icono sombrío del rock que el transcurrir del tiempo se ha encargado de conferirle.

Psychocandy – The Jesus and Mary Chain (1985) Para quienes eran adolescentes cuando yo estaba naciendo, la circunstancia de que el sonido abrasivo de los hermanos Reid llegara a sus oídos en el momento en que sus hormonas recién comenzaban a convulsionarse, (imagino) equivalió a una certera patada en los genitales, supuso colocar al mundo patas para arriba, trastocando definitivamente el statu quo musical establecido. Más aún teniendo en cuenta el estado de situación en que se encontraba inmerso el rock y el pop británico a principios y mediados de la década del ochenta: hacía falta la aparición de una banda que recogiera el audaz legado neoyorquino de John Cale y Lou Reed, para transformarlo en una nueva expresión musical que contrastara con el éxito imperante de Dire Straits o Duran Duran. Y no existió en Gran Bretaña ningún dúo más adecuado para llevar a cabo semejante empresa, que un par de hermanos escoceses, desprovistos de formación y conocimiento teórico profundo en materia musical, pero dotados sí de un indómito entusiasmo por fabricar verdaderas catarsis sonoras de inconformismo, impudor e insubordinación juvenil, en pleno “reinado” neoliberal del tándem Reagan-Thatcher.

Sin embargo, uno de los elementos verdaderamente innovadores que debe reconocérsele a The Jesus and Mary Chain, más allá de sus legendarias y desenfrenadas actuaciones en vivo, consistió en que no sólo tomaron la privativa vanguardia aportada por la Velvet Underground o The Stooges, sino que incorporaron a esas decisivas influencias otros patrones musicales, menos “sucios”, de mayor sentido melódico y corte claramente pop, como los Beach Boys, T-Rex, o los también exquisitos girl groups de los sesenta (léase: The Ronettes, The Supremes, The Shangri-Las).

Su disco debut, luego del triunfante single “Upside Down”, terminaría por convertirse en un elepé fundamental, de los más importantes que el rock nos ha dado en la década del ochenta, porque del mismo modo que The Velvet Underground & Nico y White Light/White Heat, o los más contemporáneos Sister y Daydream Nation de Sonic Youth, su escucha se traduce en una verdadera e inusitada experiencia sónica.

“Just Like Honey” siempre ha sido mi canción preferida del álbum: por esa introducción de batería casi calcada de “Be My Baby” de The Ronettes, que remite directamente a Phil Spector y su wall of sound; por la suave y dulcísima melodía que nos trae a la mente imágenes gratas; y finalmente, por el exquisito acople vocal mixto, lindante con lo lisérgico, que repite diecisiete veces (sin cansar en lo más mínimo, sino todo lo contrario) el título del tema.

Pero la calma dura tan sólo tres minutos, porque con “The Living End” enseguida hace su aparición, por medio de la distorsión de las guitarras, la visceralidad en estado puro, expresada también en la duplicación del verso: I get ahead on my motorbike, I get ahead on my motorbike. I feel so quick in my leather boots, I feel so quick in my leather boots. My mood is black when my jacket’s on, my mood is black when my jacket’s on. And I’m in love with myself, and I’m in love with myself. El desequilibrio guitarrero se prolonga con los anárquicos ruidos que prodiga William Reid en “Taste in the Floor”, para después regular con “The Hardest Walk”, en el que se destaca la demarcación rítmica del gran baterista Bobby Gillespie.

La faceta netamente melódica (que enlazo con “Sunday Morning” de la Velvet, y que se hace presente, por ejemplo, también en la brevísima “Taste of Cindy”) reaparece tanto en “Cut Dead” (en ella, Jim regala una de sus interpretaciones vocales más apacibles y logradas, con los adorables “hey-hey-hey” concluyentes), como en esa espiral de compulsivo lirismo llamada “Some Candy Talking” (tres minutos y pico de excesiva delicadeza y dulzura pop, engarzados en una letra que puede servir de parámetro para apreciar el talento compositivo de los hermanos: I’m going down to the place tonight. The damp and hungry place tonight. Should all the stars shine in the sky. They couldn’t outshine your sparkling eyes. But it’s so hard to be the one. To touch and tease and to do it all for fun).

De este modo llegamos al hit “Never understand”, cuyo sonido envolvente, su torbellino de feedback, y sus curiosos aullidos, lo transforman en uno de los máximos epítomes de la nueva generación que en los ochenta, afortunadamente, se apoderó de la herencia del rock alternativo y (en su momento) contracultural. Por último, eximiéndome de subrayar una auténtica maravilla como “You Trip Me Up”, quiero hacer hincapié en la afiladísima guitarra que nos devuelve “My Little Underground”.

En resumen, Psychocandy es simplemente eso: caos y violencia sónica amalgamada en extraña orgía con las más dulces odas veraniegas y californianas de Brian Wilson. Pasarlo por alto significaría soslayar uno de los álbumes claves para comprender el rock que sobrevino desde 1985 hasta nuestros días.

Sweetheart of the RodeoThe Byrds (1968) Para dimensionar la trascendencia histórica de una banda como The Byrds sólo basta repasar algunos nombres de músicos que la integraron: sirven de muestra, Roger McGuinn, David Crosby, Gene Clark, Chris Hillman y Gram Parsons. Estimo que junto a los Beach Boys conformaron el dúo de grupos estadounidenses más importantes de la gran década del rock (que, a mi entender, transcurre desde 1965 hasta 1975), una suerte de respuesta americana a la british invasion. The Byrds escribieron un capítulo clave en la evolución de la música popular de su país, pues fueron capaces de amalgamar dichos influjos ingleses (principalmente los Beatles) con el tradicional legado folk y country. En los Estados Unidos ninguna otra agrupación consiguió resultados tan memorables en el perfeccionamiento de tan eclécticas formas musicales. Conjuntamente, la excelencia y magnitud de sus trabajos fue entonces tan acentuada que se tejió una fructífera reciprocidad, especialmente con los Fab Four y Bob Dylan, en materia de influencias.

Pese a la notoria popularidad que ya ostentaba, el grupo había quedado diezmado en 1968, principalmente a causa del alejamiento de David Crosby (y sus armonías vocales a cuestas). El arribo de Gram Parsons alteró drásticamente los planes que Roger McGuinn tenía en mente. Como ha sido constante a lo largo de su trayectoria, Parsons se hizo cargo de tomar las riendas musicales, acaparando influencias, y de algún modo, tornando monopólico en el seno de la banda su inconmovible apego por la música country. El acabado resultado de tan crucial giro en el estilo de los Byrds fue su sexto álbum, primero que éste servidor tuvo ocasión de escuchar de la agrupación norteamericana, y a la postre, fundacional aportación al enlace entre el country de ayer y el naciente pero ya consolidado rock.

Desde que en 1965 “Mr. Tambourine Man” se convirtiera en el afamado primer sencillo del grupo, McGuinn siempre encontró necesario regresar a las composiciones de Bob Dylan, y ni siquiera el predominio artístico de Parsons fue obstáculo para incluir en el disco dos versiones del colosal Zimmerman: “You Ain’t Going Nowhere”, preciosa canción envuelta en flujos de steel guitars (McGuin cambió accidentalmente un fragmento de la letra original, dando inicio a una serie de posteriores chanzas amigables con Bob); y la también exquisita “Nothing Was Delivered”, donde sobresalen los arreglos vocales, especialmente al tiempo del estribillo: Nothing is better, nothing is best. Take care of your health and plenty of rest.

El eximio bajista Chris Hillman (que se iría luego con Parsons para fundar The Flying Burrito Brothers), interpreta “I Am a Pilgrim”, una tradicional canción del bluegrass, acompañado por los apacibles sonidos proporcionados por banjos y mandolinas, instrumentos típicos de ese estilo musical nacido en el estado de Kentucky. En la misma línea, más adelante, canta “Blue Canadian Rockies”, donde se destaca la percusión de Kevin Kelly. Gram Parsons introduce otro cover: “The Christian Life”, bonita pieza escrita por The Louvin Brothers, que conjuga en la versión de los Byrds unas curiosas inversiones en la primera voz.

“You Don’t Miss Your Water” es un valioso aporte al eclecticismo del álbum, recalando en un tema netamente soul, que si bien es abordado con arreglos country, no pierde del todo sus atributos originarios. En “Pretty Boy Floyd” sobresalen tanto la ejecución vocal acelerada como las preciosas combinaciones resultantes de las alegres guitarras y los registros de armónica.

Después se hace presente la elemental composición de Parsons –entre las mejores de toda su carrera–, “Hickory Wind”, dotada de una hermosa melodía, sutiles acompañamientos vocales e instrumentales y una inspirada letra autobiográfica: I started out younger, had most everything. All the riches and pleasures, what else can life bring? But it makes me feel better each time you begin. Callin’ me home, hickory wind. La otra canción de autoría propia presente en el trabajo –también de Gram Parsons–, es “One Hundred Years From Now”, en la cual descolla la excelente sección rítmica.

Es cierto que Sweetheart of the Rodeo puede tornarse, por momentos, un tanto monótono, si es que uno no aprecia sobremanera las características esenciales de la música country. No obstante, la profusión de mandolinas, steel guitars, banjos, armónicas y guitarras, hermanadas con músicos de primera calidad, dio como resultado un disco rebosante de sensibilidad y emocionalmente bello, pero sobre todo, posibilitó la ejecución de una propuesta innovadora e inclusiva, que se transformaría en la piedra angular del country rock.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Música. Guarda el enlace permanente.

10 respuestas a Discos que influyeron en mi formación musical (XIII)

  1. Facu dijo:

    Veamos.

    Del primer disco creo conocer solamente Pefect Day, y precisamente como mencionás, gracias a Trainspotting. A Jesus and Mary Chain los conozco de nombre pero creo que nunca escuché ni siquiera un tema de ellos. Y con The Byrds me pasa algo similar, aunque ya no estoy tan seguro.

    En fin… un desastre lo mío.

  2. No he escuchado los discos que mencionas. Aunque he conocido a la Velvet, reconozco no haber escuchado nada de Lou Reed mas que unas canciones sueltas asi que le pondre remedio en breve y atacare con ganas su obra Berlin y esta que recomiendas. Cuando los escuche, ya te comento.
    Besos
    M.
    Por cierto, recibiste un email que te mande a la cuenta de hotmail hace unas semanas?

  3. thermidor dijo:

    Me gusta especialmente el análisis de Transformer, aunque no me quede del todo clara tu idea de balada.

    Sobre el segundo disco, yo tengo mayor cariño al Darklands.

    Los Byrds son muy buenos, pero no me atrevería a decir que uno de los dos grandes grupos de esa década.

  4. Lau dijo:

    Por que lo decis?

  5. Arenow dijo:

    ¡Ah, qué agradable entrada!
    Transformer es una joya en la que, en ciertos momentos de mi vida, me he zambullido de pleno a descubrir. El Psychocandy hace tiempo que no me lo pongo, pero recuerdo gozarlo a gusto.

    Los Byrds los tengo pendientes… pero pronto pondré solución. ;)

  6. Chriss Mengele dijo:

    Your just hangin´ round
    And I´m not so glad you found me.
    You´re still doing things that I gave up years ago!
    Woooouuuuwooooouuuuwooouuuwooooo (8)

  7. avellanal dijo:

    Facu: ya lo digo, “Trainspotting”, además de ser una gran película, fue el medio por el que muchísimas personas descubrieron a Lou Reed.

    Cornflakegirl: “Berlín” es un disco muy especial, no recomendable para momentos de extraordinario bienestar precisamente. Por eso, siempre puedes comenzar con el álbum reseñado.

    Thermidor: ¿Sabés? Yo también le tengo mayor cariño al “Darklands”, y todavía no termino de entender por qué reseñé éste.

    Arenow: tengo entendido que te gusta Johnny Cash, así éste disco de los Byrds, casi seguro, será de tu agrado.

    Chriss Mengele: me encanta la energía de “Hangin’ Round”.

  8. paulo. dijo:

    A pesar de que amo Psychocandy, después de haberlo adquirido y haberle dedicado su tiempo, pienso que está un poco sobrevalorado musicalmente (i mean, dale, hay un par de canciones que son igualitas). Aunque no dudo de la gran influencia de los Jesus and Mary Chain en una cantidad importante de bandas que vinieron después.

  9. Ariel dijo:

    Clau_mil perdones man…recién ahora, leyendo estas formidables reseñas, me doy cuenta que nunca respondí tu mensaje donde me consultabas por la reseña de JAMC…
    Pero me quedo tranquilo de que hiciste bien en subirla al Vagabundeo…nosotros probablemente la useamos cuando llegue la fecha del show en Argentina…Quedate tranquilo que vamos a conversar sobre el tema en su momento.
    De todas maneras, digo abiertamente lo que pienso: cada vez que leo los comentarios de tus seguidores resplandecientes pienso que estás educando a montones de chicos a escuchar buena parte de la mejor música del mundo (o por lo menos de la que yo elijo). Dele nomás, que deberán pasar varias generaciones hasta recuperar el “divino tesoro” perdido detrás del ruido a lata que televisan los sábados a la tarde…
    Cuidate, y estamos siempre ahí…surfeando!
    Ariel

  10. avellanal dijo:

    Paulo: como dije antes, con el paso del tiempo cada vez me gusta más “Darklands” y menos “Psychocandy”, pero no tengo dudas que éste último, a la postre, terminó resultando más influyente, y por eso mi elección.

    Ariel: sí, de todos modos todavía falta bastante para el show, así que habrá tiempo. Con respecto a lo demás, te agradezco las palabras, pero igualmente las personas que suelen dejar comentarios por aquí tienen un gusto musical muchísimo más depurado y selectivo que el mío.

    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s