“Irma la Douce”, de Billy Wilder

En el revoltijo estético y temporal de cineastas insignes que, según mi entender, ha brindado Hollywood desde el advenimiento del celuloide (utilizado como soporte para películas) hasta nuestros días, siempre he considerado a Billy Wilder como uno de los más destacados cultores del “entretenimiento agudo”; vale decir, del entretenimiento concebido necesariamente como una estrecha ligazón entre un –llamémoslo– continente comercial que da cabida a un contenido no desprovisto de una determinada densidad intelectual, de una meditada cosmovisión inherente. En efecto, la filmografía del nacido en territorio del Imperio Austro-Húngaro, es pródiga en la formulación de, por ejemplo, una permanente y mordaz crítica social (no siempre sobrentendida): tal singularidad se puede apreciar, con matices, desde sus tempranas realizaciones, como Five Grave to Cairo o Sunset Boulevard. Pese a ello, e incluso considerando que Wilder incursionó con sorprendente idoneidad en una vasta cantidad de géneros cinematográficos, el imaginario colectivo asocia su nombre exclusivamente con la comedia; reduccionismo a todas luces injusto, pero asimismo comprensible, teniendo en cuenta que dicho fenómeno se debe a que sus películas más exitosas siempre transitaron por el carril de lo humorístico y el desenlace feliz. Con todo, sin pretender endilgarle a su cine el nivel de profundidad alcanzado por directores de la talla de Bergman, Antonioni o Godard, entiendo que Billy Wilder fue un verdadero maestro de las formas cinematográficas, pues poseía una competencia técnica envidiable, manejaba el lenguaje visual de modo impecable, y fue capaz de combinar –como pocos– calidad y masividad, por muy dura que haya sido la crítica con él en su momento.

Metiéndome de lleno en el filme que quiero reseñar, indudablemente se revelan extemporáneas y hasta cierto punto, graciosas, algunas de las consideraciones que la crítica especializada derrochó a comienzos de la década del sesenta sobre Irma la Douce: desde estimaciones tales como “trozo de celuloide soez y de mal gusto, ridículo y ofensivo” hasta “ejercicio vulgar e impúdico de explícita pornografía, ideal para su exhibición en prostíbulos”, uno puede encontrar de todo. Juzgadas a la luz del presente, las aludidas observaciones, no exentas de un descomunal puritanismo, causan la misma sorpresa que produce el hecho de que cierta literatura, en otro tiempo, circulara de forma clandestina y marginal, en fotocopias, por cargar a cuestas el mote de “transgresora”. No considero que Wilder haya sido precisamente un transgresor (ese epíteto le cabe, por ejemplo, a Pier Paolo Pasolini), pero lo cierto es que desde hace varias cosechas, el mismo sector que censuraba sus cintas por considerarlas pornografía, ha terminado por canonizarlo.

Con el fondo de un argumento banal –al menos en su tratamiento–, que Wilder toma como mera excusa, como punto de partida para desplegar su profundo conocimiento del lenguaje cinematográfico, se presenta ante el espectador un espectáculo estético de notable factura, en el que se destacan los saturados cromatismos y los esmerados decorados que dan vida a un distrito marginal, pocas veces abordado, de París –a propósito, recuerdo, aunque la comparación no sea del todo exacta, Los miserables de Victor Hugo–. En efecto, el barrio de Les Halles, donde se concentra la historia, además de constituir un “bajo fondo”, un entorno en que reina la prostitución callejera, los proxenetas, la corrupción y la pobreza, se revela asimismo como el centro de un constante ir y venir de una considerable muchedumbre. Lejos entonces de mostrarnos el retrato acostumbrado y estereotipado de la capital francesa –Les Champs-Élysées–, y ostentando un uso nada convencional de la cámara, Wilder nos zambulle, con indulgencia, sarcasmo y comicidad, en el “vulgar” submundo propio de las “profesión más antigua del mundo”, aunque claro, de un modo casi antagónico al desconsolador retrato que traza Fellini en Las noches de Cabiria.

Aprovechando la química que habían logrado pocos años antes en una de sus películas más notables (The Apartment), Wilder repite la pareja protagonista, consiguiendo una vez más resultados sobresalientes, puesto que Jack Lemmon nos regala una gran interpretación, repleta de versatilidad e histrionismo, complementándose a la perfección con una sensual Shirley MacLaine, cuya vestimenta plagada de pintorescos tonos verdes, indefectiblemente, queda grabada en las retinas del cinéfilo amante de, a mi juicio, una de las mejores comediantes que ha dado Hollywood. De hecho, la relación que se establece entre ambos concentra toda la atención desde el primer momento, en medio de un guión que cae constantemente en recursos de los más variados, como cambio de identidades, malentendidos, gags e ironías a granel, en la pretensión de encontrar focos alternativos de atracción. Y precisamente allí es que la mano maestra de Wilder introduce a un personaje memorable: el fanfarrón y fantasioso cantinero Moustache, quien asegura, lleno de seguridad, haber sido coronel de legión, profesor de economía, abogado criminalista, tocólogo, croupier en Montecarlo, etc. No es casualidad que Wilder le haya reservado el último plano del film. Por lo demás, las conversaciones que mantiene con Nestor Patou (Lemmon) son entrañables, asumiendo Moustache el rol de bienintencionado consejero. Para concluir, de uno de esos diálogos, rescato una maravullosa frase sobre la que descansa el modo de pensar del director: “En este mundo en que vivimos, el amor es ilegal, pero el odio no”.

Irma la Douce (EE.UU., 1963)
Director: Billy Wilder.
Intérpretes: Jack Lemmon, Shirley MacLaine
, Lou Jacobi, Herschel Bernardi, Bruce Yarnell, James Caan, Hope Holiday.
Calificación: 7,50.

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3 respuestas a “Irma la Douce”, de Billy Wilder

  1. Facu dijo:

    Wow! Por fin actualizaste! Andabas perdido, Claudio! Tenés que saber que no se abandona por tanto tiempo un blog sin avisar.

    Con respecto a la peli, no la vi, pero si he visto algunas actuaciones de Shirley Mac Laine y coincido en que es una estupenda comediante. Bah, una gran actriz podríamos decir.

    Un saludo, vago.

  2. FLS dijo:

    Es una de mis preferidas de Billy Wilder, una de las mejores comedias románticas de la historia del cine. Incluso pienso que Lemmon y Mac Laine salen mejor aquí que en El apartamento.

    Me ha gustado mucho el blog. Saludos.

  3. avellanal dijo:

    Me tomé unas (in)merecidas vacaciones, Facu. ;)

    Personalmente, siempre he sentido una gran predilección por Shirley MacLaine. Además de ser un gran actriz, tiene un no sé qué, quizá lo que algunos le llaman “ángel”.

    Gracias por los comentarios.

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