Dickens, el salvador de la Navidad

Aunque parezca grandilocuente (y ciertamente lo es), el título tiene algo de verdadero. Canción de Navidad es el cuento que, como a la mayoría de los niños, desde pequeño me acercó a la literatura de Dickens.

Charles Dickens ganó un espacio relevante en la historia de la literatura popular universal, en gran medida gracias a la destreza con que consiguió retratar la ironía de lo cotidiano a través de un sutil sentido del humor, pero principalmente debido a su concepción de la narrativa como el más idóneo vehículo para ejercer la crítica social, en medio de una realidad –como era la Inglaterra victoriana– en la que las condiciones de vida para los humildes eran infrahumanas. A muchas de sus historias se les podrá achacar la presencia de un sentimentalismo desmesurado, la cual no deja de ser una crítica atinada, pero lo cierto es que Dickens conocía sobre lo que escribía, sobre las penurias de la pobreza, sobre las consecuencias más nefastas de la Revolución Industrial, pues de joven debió abandonar la escuela, y a los doce años comenzar a trabajar diez horas diarias en una fábrica de tintes donde ponía etiquetas a latas de betún, al tiempo que por las noches visitaba a su padre, encarcelado por no pagar sus deudas. Si bien posteriormente retomó sus estudios, existe consenso en afirmar que fue más bien un autodidacta, que cultivó su afición a la literatura leyendo con voracidad novelas picarescas y de aventuras, cuyas características más tarde aparecerían como destellos implícitos en la mayoría de sus obras. Sin embargo, es incuestionable que, más allá de su dominio de la lengua inglesa, lo que sobresale a la hora de analizar su narrativa, es la prodigiosa capacidad para dar vida a personajes memorables, que con justicia se han colocado entre los más célebres que la historia de la literatura nos ha legado, a la par que, como he mencionado antes, la honda sensibilidad social siempre presente en sus páginas.

El hecho de no haber vivido dentro de la burbuja del imperio, el hecho de haber sufrido el hacinamiento de los obreros en viviendas precarias, de haber soportado las largas jornadas laborales exentas de la legislación adecuada para recibir a cambio salarios paupérrimos, sin duda moldeó las ideas y el carácter del joven Dickens, a la vez que le proporcionó un vasto y acabado conocimiento del tiempo histórico y del entorno en que le tocó vivir. Su crítica al mundo mercantilista que aprisiona en su engranaje al espíritu humano, desde la mismísima niñez, hasta extirparle toda su savia creadora, no obstante los siglos transcurridos, viene a ser una crítica completamente aplicable a nuestros días, pues como sucede con todos los clásicos, los problemas que se plantean trascienden los contextos: en este caso, las situaciones sociales de desamparo e injusticia.

Retornado el punto inicial, en uno de sus ensayos, Chesterton afirma que Dickens adquirió dimensiones legendarias porque fue uno de los pocos hombres que llegó en el momento justo (Dickens no era un héroe, y se sabe que los héroes no cuentan a la puntualidad entre sus virtudes). La Navidad del siglo XIX y Charles Dickens fueron verdaderamente el Momento y el Hombre. El mérito de Dickens con Canción de Navidad, más que literario, es histórico y moral, puesto que del estudio del cuento se deduce la superioridad del hombre por sobre el escritor. Cuando Dickens escribió su obra más simpática y plagada de ingenio, la tradición de la Navidad se estaba convirtiendo, en la Inglaterra utilitarista e industrial de la época, en una institución condenada al olvido, en una minucia del pasado, que devendría en curiosidad arqueológica. Dickens no llegó demasiado tarde. Precisamente porque era hombre de pueblo, pudo perpetuar el prestigio que tenía entre el pueblo una costumbre que apenas comenzaba a perderse. Si se hubiera presentado veinte años más tarde, cuando el nuevo puritanismo de la era industrial se había impuesto, ya las festividades de Navidad habrían parecido refinadas solamente por ser escasas. Los críticos hablarían de las exquisitas proporciones de un plum-pudding como de las de un vaso etrusco (…). Pero, habiendo llegado en el momento en que llegó, Dickens pudo ocuparse de una tradición viviente y no de un arte perdido. Pudo evitar que muriera, sin tener que procurar levantarla de entre los muertos.

El personaje de Scrooge, más allá de ser una caricaturización del hombre repleto de avaricia, al mismo tiempo es un retrato de una filosofía eficientista, egoísta y sin ninguna clase de escrúpulos morales, presente en todos los tiempos. En la primera parte del relato, Scrooge hace referencia a la teoría maltusiana, mas luego le toca su turno al Espíritu, quien utiliza, con ironía, el mismo argumento de Scrooge, quien baja la cabeza, lleno de arrepentimiento:

– Espíritu –dijo Scrooge, con un interés que nunca antes había sentido–, dime si Timmy va a vivir.
– Veo una silla vacía –replicó el Fantasma– en el pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño, cuidadosamente conservada. Si esas sombras no son alteradas por el futuro, el niño va a morir.
– ¡No, no! –dijo Scrooge–. ¡Oh, no! ¡Bondadoso Espíritu! Dime que se salvará.
– Si esas sombras no son alteradas por el futuro, ningún otro de mi raza –replicó el Fantasma– va a encontrarlo aquí. ¿Y qué con eso? Si prefiere morir, mejor que lo haga y disminuya el exceso de población.

Sin embargo, como Chesterton se encarga de señalar, la respuesta que puede darse a quien hable del exceso de población es preguntarle a su vez si no es él el excedente, y si no lo es, ¿cómo lo sabe? Del mismo modo que un profesor raquítico y endeble declamando que los individuos menos fuertes deben ser eliminados, en beneficio de la raza, Dickens da muestras de un admirable sarcasmo cuando Scrooge habla de exceso de población, considerando que Scrooge es exactamente la clase de persona insignificante que otros considerarían superflua.

Encuentro una idea de festividad en el corazón de Canción de Navidad, que va más allá del plano religioso, y que Dickens hace extensiva a todas las clases sociales, enfatizando la jornada como un tiempo de bien y felicidad, propicio para reforzar los lazos de amabilidad y solidaridad para con el prójimo, considerándolo un semejante y no simplemente un excedente. Desde luego que el espíritu caritativo no debe hacerse presente tan sólo un día al año, sino que se trata de una virtud a perfeccionar de forma constante, pero el hecho de no despreciar los misterios y la fantasía de la Navidad, todo aquello que dicha celebración tiene de valioso, y la posibilidad de que la misma sirva para abrir los corazones de los hombres, es, en palabras de Chesterton, lo que intensifica la importancia dramática de este libro. Hasta el momento en que llegó el paladín, los que lo conocían pudieron duda de qué lado combatiría. Pero el paladín no dudó. Y, de algún modo, por esos extraños procederes de la literatura, salvó el corazón de Scrooge, y con él, la Navidad.

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5 respuestas a Dickens, el salvador de la Navidad

  1. Rouroni Abi dijo:

    Dickens es lo maximo….. en mi lista de cosas pendientes, todavia no he tachado la de ir a la casa donde vivio en londres.

  2. Facu dijo:

    Yo me acuerdo de haberlo leído siendo muy chiquito también, creo que en el colegio. No conocía esas situaciones históricas ni la vida del autor, pero puedo decir que la historia en si es muy ingeniosa.

  3. avellanal dijo:

    Rouroni Abi: no sé si Dickens es lo máximo, pero que fue uno de los escritores más importantes en lengua inglesa de su siglo, seguro que sí.

    Facu: en mi caso, lo leí por iniciativa propia, pero es común que sea lectura escolar, desde luego, dado que es una historia amena y sencilla, aunque llena de ingenio como bien mencionás.

  4. padawan dijo:

    Me encanta Dickens, Oliver Twist fue durante un tiempo una de mis novelas favoritas, aunque esta fábula de Navidad no la he leído

  5. avellanal dijo:

    Pads: si no la has visto, te recomiendo la adaptación cinematográfica que hizo Roman Polanski de “Oliver Twist”.

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