“Tiempo de revancha”, de Adolfo Aristarain

En las miles de escuelas de cine que existen actualmente en la Argentina –que albergan en su totalidad a una mayor cantidad de estudiantes que los que hay en la Unión Europea entera–, todo el mundo habla maravillas de Lucrecia Martel, todo el mundo quiere filmar como ella. En lo personal, no tengo ninguna duda: Martel es la directora más interesante (con mayor proyección también) que ha irrumpido en el panorama del cine argentino durante los últimos años. Ahora bien, como señalaba semanas atrás el crítico Jorge Carnevale en la revista cultural de “Clarín”, sorprende que nadie, entre ese sinnúmero de estudiantes, hable de filmar como Aristarain; les costaría bastante, porque ahí se impone el rigor de lo que se está contando, la urgencia de ser claro sin abrumar al espectador. Como pasa con los grandes directores, Aristarain tiene un estilo, una manera de narrar que no se nota. Es la manera de un clásico. La escritura invisible.

Es probable que muchos de ellos no estén enterados de la existencia de un filme llamado Tiempo de revancha, y como afirma Carnevale, quizá sea hora de volver a un filme ejemplar como éste. En 1981 nada se podía decir ni mostrar en el cine argentino. Si bien el tiempo de la censura y el miedo estaba llegando a su fin, cuando Adolfo Aristarain y el sello Aries se embarcaron de lleno en el proyecto, todavía seguía plenamente vigente, inconsciente de su propia decadencia. Federico Luppi se encontraba, desde hace varios años, exiliado en España, luego de que la dictadura miliar prohibiera la exhibición de La Patagonia rebelde, una película que recreaba los trágicos hechos que se sucedieron en 1922, a causa de la brutal represión desatada por parte del Ejército argentino ante una rebelión de habitantes y sindicalistas de la provincia de Santa Cruz. Aristarain lo convenció, y finalmente Luppi decidió regresar a la Argentina para protagonizar una película por la que cosechó parte de los mayores galardones de su vasta trayectoria.

Con estructura de thriller, el largometraje se adentra en las peripecias de Pedro Bengoa, un operario desempleado que logra ocultar su prontuario como dirigente sindical, para de ese modo conseguir un trabajo como dinamitero en una multinacional que explota una cantera de cobre en el interior de la Argentina. Decidido a “sentar cabeza” y dejar en el olvido las antiguas revueltas, en la mina Bengoa se reencuentra con Di Toro, viejo compañero de luchas. Éste le hace ver las peligrosas prácticas que, en procura de lograr mayor rentabilidad y con completa impunidad, la empresa lleva adelante, poniendo en peligro la vida de los trabajadores y quebrantando las leyes. A pesar de sus intenciones iniciales, un hombre acostumbrado a batallar, un espíritu revolucionario como Bengoa no puede permanecer indiferente ante la situación, y junto a su colega deciden fraguar un accidente con la intención de sacarle una sustanciosa indemnización a la inescrupulosa multinacional. El plan acaba en una tragedia cuando Di Toro muere en el simulacro. Luego de la explosión, Bengoa es sacado de entre los escombros, y desde allí hasta el final de la película ya no pronunciará una sola palabra más: se finge mudo, llevando el asunto hasta las últimas consecuencias, pese a que desde la empresa lo vigilan, lo graban y lo presionan constantemente, sin darle respiro. Bengoa duerme y hasta tiene relaciones sexuales amordazado, para no traicionarse. Y es que, en definitiva, la película de Aristarain habla de eso: de la dignidad, de la necesidad de resistir los embates, de no bajar los brazos, de no traicionarse.

La filmografía de Aristarain es pródiga en personajes que transitan por los bordes de la utopía, poniendo de relieve el ideario de filiaciones izquierdistas del propio director; pero sin embargo, intuyo, ninguno habrá quedado tan marcado a fuego en su memoria como Pedro Bengoa. La composición de Federico Luppi es sencillamente magistral, toda una clase de ímpetu y compenetración actoral.

Aristarain siempre ha remarcado que sus modelos cinematográficos los halló en el viejo cine norteamericano. Surgen naturalmente los nombres de John Ford, de Raoul Walsh y de Howard Hawks. Se nota que el director argentino mamó buena parte de sus aptitudes tras las cámaras de ese cine de los años cuarenta y cincuenta, de cintas clásicas como The Quiet Man, White Heat y The Big Sleep. A diferencia de lo que sucede hoy en día, el espectador no percibe siquiera la mano del director, característica que en la mayoría de los casos resulta más difícil de lograr que los supuestos alardes técnicos de los directores que filman fuera de foco y se creen genios.

Pletórica de sarcasmo, inundada de voces acalladas que pugnan por salir a la superficie, en Tiempo de revancha se filtran un manojo de metáforas subrepticias, que están ahí, presentes, pero que tienen que ser leídas entrelíneas, puesto que la explicitud es un regalo con el que Aristarain no contaba en 1981. Escribe Carnevale: El filme no habla de militares, sino de un país transitado por el miedo, un miedo al que unos cuantos le sacan provecho. No hay bajada de línea ni la menor retórica: la dinámica de la narración lo dice todo.

Tiempo de revancha (Argentina, 1981).
Director: Adolfo Aristarain.
Intérpretes: Federico Luppi
, Ulises Dumont, Haydée Padilla, Julio De Grazia, Enrique Liporace, Rodolfo Ranni.
Calificación: 7,50.

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2 respuestas a “Tiempo de revancha”, de Adolfo Aristarain

  1. Facu dijo:

    Ya era hora de que comentaras alguna peli de origen nacional. Y me alegra que sea Tiempo de revancha porque también es una de mis preferidas (aunque no he visto tantas pelis argentinas tampoco). No sé porque no se acordarán mucho de Aristaraian. Tal vez porque vive más en España que acá, pero yo también creo que su cine merece un mayor reconocimiento.

    Por otro lado, raro que no hayas hecho ninguna mención acerca del final. Es memorable. Y Luppi un grande.

  2. avellanal dijo:

    Más que su lejanía física, estimo que es el desconocimiento de su obra cinematográfica, que si vamos al caso, es lo que realmente importa. O tal vez sólo se conozcan sus películas más recientes, como “Roma”, y no tanto sus realizaciones más tempranas, como “Tiempo de revancha” o “Últimos días de la víctima”. Empero, en definitiva, se trata de una manera clásica de concebir al cine, y eso es lo que aleja a los jóvenes aspirantes a directores actuales de una obra como la de Aristarain.

    Con respecto al final, es obvio que no se pueden hacer mayores precisiones al respecto, por si alguien que no hay visto el film cae de casualidad por aquí.

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