Mann vestido de Aschenbach

En un ameno prólogo a una novela tan compleja como es La muerte en Venecia, el longevo y pluridisciplinario hombre de letras Franciso Ayala, afirmaba que si bien el modelo de Gustav Aschenbach (o Gustav von Aschenbach, como se le conocía desde su quincuagésimo aniversario) fue el músico Gustav Mahler –y no tan sólo por ser tocayos–, no por eso el inolvidable personaje extraordinariamente encarnado en el cine por Dirk Bogarde, representa menos al mismísimo escritor de la novela, Thomas Mann.

Es incontrastable que, en mayor o menor medida según cada caso en particular, toda obra literaria esconde entre sus páginas destellos de la personalidad de sus productores, plasmados a veces hasta de manera inconsciente. Y, como bien señala Ayala, cuando ingresamos en el terreno de la narrativa, suele ocurrir con frecuencia que el lector, un tanto ingenuo, un tanto adulador, un tanto cínico, entre otros adjetivos posibles, interprete lo narrado como si de un relato autobiográfico se tratara, asuma al personaje ficticio como al hombre que escribió el libro, al modo de Borges descendiendo al sótano de la calle Garay para contemplar, al fin, aquella esfera tornasolada que da título quizá a su cuento más reconocido.

Como Aschenbach, en 1922 Mann ya era un escritor de nombre y prestigio asentados: una década antes había publicado Los Buddenbrook, la novela que lo catapultó hasta un sitial de honor dentro del panorama literario de la época. De hecho, cuando al comienzo del capítulo segundo describe las obras de la madurez de su personaje, tal exposición bien podría ser trasuntada a la trayectoria en el campo de las letras que nuestro autor, aunque no tenía todavía cuarenta años, había cultivado hasta allí.

Francisco Ayala, en una oración que revela porciones importantes del método seguido por Mann, y de aquello que se erige como sustancial en La muerte en Venecia, afirma que: una vez trazado el retrato de Aschenbach a base de su propia imagen (con unos toques, si se quiere, de Mahler), lanzará al personaje en su fuga en pos de la muerte, que es sin duda una fuga del escritor, conducido por la fantasía, tras de algún incorrecto deseo reprimido para alcanzar en el trayecto de este viaje imaginario, de este vuelo poético, la percepción de signos trascendentales que apuntan a una esfera superior del espíritu.

En 1950, Thomas Mann ya había escrito La montaña mágica, ya había recibido centenares de galardones no solamente literarios, era el circunspecto hombre de letras, el premio Nobel de Literatura, el mayor escritor alemán del siglo, un epítome de la más avezada intelectualidad europea; en síntesis, un mito viviente. Carlos Fuentes, actualmente el más reconocido escritor mexicano vivo, era entonces un joven que se encontraba ocasionalmente de paseo en Zúrich, cuando una noche, comiendo sobre una balsa que oficiaba de restaurant, divisó en una mesa contigua a tres señoras que cenaban con un elegante caballero maduro, un hombre de más de setenta años, tieso y elegante como las servilletas almidonadas, vestido con saco blanco cruzado e inmaculada camisa y corbata. Obviamente, sobre esa terraza flotante, iluminada por linternas y velas, exiliado desde hace décadas de su Alemania natal, Thomas Mann rebanaba un faisán frío. Aun mientras comía, parecía envergado como una vela, con rigidez militar. Su rostro mostraba una fatiga creciente. Pero el orgullo fijo en sus labios y mandíbulas desesperadamente trataba de ocultar el cansancio. Sus ojos brillaban con el fogoso fuego del capricho.

Nada de esto sortearía la calificación de mera anécdota (que, en definitiva, lo es), si no fuera por la escena que un atónito Carlos Fuentes, inhibido tan siquiera de acercarse al adalid de su admiración (¿qué palabras se podrían esbozar ante la descomunal y, por ende, intimidante figura de Thomas Mann?), presenció la mañana siguiente. Vestido completamente de blanco, Mann observaba, no ya en el hotel Excelsior de Venecia, sino en el Dolper de Zúrich, la purísima perfección de formas de un muchacho, que le traían a la mente la estatuaria griega de la época más noble. Varios hombres jóvenes jugaban al tenis en las canchas, pero él sólo tenía ojos para uno de ellos, como si éste fuese el Elegido, el Apolo del deporte blanco. El escritor mexicano relata que Mann no podía quitarle los ojos de encima al joven, del mismo modo que Tadzio concentraba toda la atención de Aschenbach, mientras que Fuentes no conseguía apartar su mirada del insigne alemán. Estaba presenciando una escena de La muerte en Venecia, sólo que treinta y ocho años más tarde, cuando Mann ya no tenía treinta y siete (su edad al escribir la novela maestra sobre el deseo sexual), sino setenta y cinco, más viejo aún que el afligido Aschenbach enamorando de lejos al joven Tadzio en la playa de Lido. Por un momento, quizá repetido como un eco constante, la ficción prefigurada se vestía de realidad. Un septuagenario no podía ni deseaba, a esas alturas, disimular que el deseo no se había disipado en él. Mientras admiraba aquel prodigio, una mujer joven llegó hasta donde se encontraba su padre, pareció regañarlo cariñosamente, lo obligó a abandonar su apasionada avanzada y regresar con ella a la vida de todos los días, no sólo la del hotel, sino la de este autor inmensamente disciplinado, cuyos impulsos dionisíacos eran siempre controlados por el dictado apolíneo de gozar la vida sólo a condición de darle forma.

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7 respuestas a Mann vestido de Aschenbach

  1. avellanal dijo:

    Por cierto, en la foto se puede apreciar -en la actualidad- el hotel de Zúrich donde ocurrió lo que relata Carlos Fuentes.

  2. fche626 dijo:

    “La muerte en Venecia” es una obra compleja y bellísima. Me encantó la comparación entre Mann absorto en su observación del muchacho y Fuentes concentrado en Mann; creo que representa muy bien el que es para mí el tema de la novela, la búsqueda de la belleza y la entrega al arte para ello. Interesante blog, por cierto, hasta ahora lo leo! :)

  3. avellanal dijo:

    ¡Muchas gracias por el comentario, fche626! En efecto, dicha escena habrá sido la mar de interesante. Tenemos suerte que Fuentes la haya relatado.

  4. kleefeld dijo:

    Es difícil no sentir una cierta afinidad, o una empatía total y absoluta, con Aschenbach/Mann, que murió en tantas ocasiones y que sin embargo logró escapar de sí mismo a base de conocerse y controlarse. En él, y por ende en toda su obra, el calor y el frío no se rehuyen ni se eclipsan sino que, por el contrario, se acoplan y forcejean con delicioso y aterrador apasionamiento. Envidio tanto su disciplina, humana y nada más que humana y que, aun así, parece surgida de un bloque de hielo férreamente convertido en dios. Bloque de hielo, por otra parte, nacido de la necesidad de domar las llamas del infierno que bullían en él. Me pregunto cuánto horror debió de sentir Mann para obligarse a actuar de esta manera. Cuánto sufrimiento fue necesario para llegar a su posición.

    Bonita entrada, avellanal :-)

  5. avellanal dijo:

    Desde hace un tiempo imagino a Mann como una suerte de Dr. Jekyll, mientras que el personaje de Mr. Hyde bien podría corresponderle a Oscar Wilde. Más que como figuras antitéticas, las veo como las dos caras, anverso y reverso, de una moneda idéntica. Quién sabe, quién sabe.

  6. kleefeld dijo:

    Cuenta algo más de esta curiosa asociación, avellanal.
    No llego a comprenderla del todo.

  7. avellanal dijo:

    Pues, mientras que de Mann se podría decir que era un ejemplo de conducta cívica, un ciudadano modelo, siempre adecuado a las normas vigentes; de Wilde, en cambio, conocemos no sus horrendos crímenes, pero sí su afición por la irreverencia, sus ampulosas maneras de escandalizar a la hipócrita moral victoriana, el ir siempre a contramano de los convencionalismos sociales de la época. Igualmente, no me haga usted mucho caso, Mr. Kleefeld. ;)

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