Apuntes sobre la recepción tardía de Borges en España

Entre los escritores jóvenes (por debajo de los cuarenta) de mi nacionalidad, ninguno me parece más interesante y osado que Gonzalo Garcés. Además de sus tres novelas publicadas, sobre las que alguna vez espero tejer una reflexión por aquí, sigo con devoción sus artículos en medios argentinos y chilenos. Pero en este caso, la columna a la que voy a referirme fue publicada en el suplemento literario Babelia, del diario “El País” de España.

En la misma, desmenuza lo que él considera las diferencias abismales que separan a la narrativa argentina de la española y viceversa, y sitúa a la mala conciencia (supuestamente poseída en exceso por los argentinos y carecida por los españoles) como la madre de todas las incompatibilidades. No había oído a nadie decirlo antes, pero Garcés afirma que a los argentinos no nos gusta la literatura de la madre patria, pues los narradores españoles serían para los nacidos de este lado del charco, verbosos, crasamente realistas, plúmbeos y proclives a volutas cortesanas. En consecuencia, si en Argentina apellidos canónicos como Cela, Goytisolo, Benet o Marsé significan poco y nada, la suerte de otros escritores de menor renombre no es difícil de descifrar. En mi caso reconozco haber leído únicamente a los dos primeros, pero el quid del debate no transcurre por lo que yo haya leído o dejado de leer, ni tan siquiera por las lecturas de Garcés, sino por a qué españoles se lee en Argentina, y más importante todavía, quiénes son los que ejercen influencia. Si a mí me preguntaran tal cosa, no dudaría en mencionar a Enrique Vila-Matas y Javier Marías, quienes, según Garcés, son acaso los únicos escritores españoles del último medio siglo que no están desprovistos de mala conciencia.

Del lado contrario, asevera Garcés, los españoles suelen devolvernos la cortesía, pues de las letras argentinas suele decirse que son excéntricas, pretenciosas, metatextuales, liadas y sesudas, pero jamás que gustan. Los ejemplos que cita son dos: en España, Borges fue aceptado a regañadientes, y el actual canon argentino, integrado por Piglia, Saer, Aira y Fogwill, demoró más de lo debido para desembarcar en las editoriales de Barcelona y Madrid. El escritor Jorge Carrión, en una réplica publicada en su blog, con precisión señala que Leopoldo Azancot escribió en 1964: Desde nuestro Siglo de Oro, ningún escritor de lengua castellana ha tenido tanta proyección universal como Borges […], el único hombre de nuestro tiempo que ha sido capaz de crear un pensamiento mítico. Pero lo cierto es que Azancot fue una saludable excepción, y su iluminado comentario no sirve para refutar lo que advierte Garcés. Por caso, en la primera edición de la “Historia de la literatura universal”, de Valverde, editada en 1956 apenas si se menciona de refilón a Borges. Como era de esperar, el reconocimiento para el argentino más universal llegó en España, pero no muy pronto, sobre todo si consideramos que a principios de la década del cincuenta ya había sido traducido al francés, y que en 1962 se hizo la primera traducción al inglés (una antología llamada Labyrinths). Si de premios se trata, el primero de trascendencia internacional que recibió, en 1961, fue el Formentor, lógicamente en Francia; mientras que el Cervantes le llegó recién en 1979, cuando a Borges le quedaban apenas unos pocos años de vida, y como dice Garcés, su status de “clásico viviente” era conocido hasta por los analfabetos.

Sin embargo, como manifestaba con anterioridad, la huella que un escritor deja trazada en un pueblo no está determinada en modo alguno por las alabanzas de la crítica, la inclusión en la academia o los galardones recibidos. Muy por el contrario, y quitando ciertas excepciones, estos factores tienden cada vez más a pasar desapercibidos para el grueso de los lectores (y que lo diga Harold Bloom si no). Cito a Garcés: La importancia de un escritor en determinado país se mide por su influencia en el modo general de leer –en las herramientas críticas que logra imponer– y en su influencia en las generaciones siguientes de escritores. Y bien: a mediados de los sesenta, la impronta de Borges ya era visible en Michel Foucault, Jacques Lacan, Georges Perec, Alain Robbert-Griller, Thomas Pynchon, Vladimir Nabokov, Italo Calvino o Umberto Eco, por nombrar unos pocos. La pregunta subsiguiente se cae de madura: ¿en qué escritores españoles era visible entonces la influencia de Borges?

 

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7 respuestas a Apuntes sobre la recepción tardía de Borges en España

  1. Facu dijo:

    Es bastante evidente que solamente lectores muy perspicaces, adelantandose a su tiempo, pudieron apreciar en su real dimensión a un tipo tan inusual como Borges. Igual de Borges habla todo el mundo pero son poquitos los que lo leen. Pero en lo que más coincido es en que la influencia real de un escritor no tiene casi nada que ver con aquello que digan los críticos.

  2. avellanal dijo:

    Ya sabemos de sobra lo que le sucedió en vida a un genio tan grande como Kafka. Estos apuntes conforman simplemente una anécdota, pues, como se dice popularmente: más vale tarde que nunca. Y España fue un país, yo diría, decisivo en la vida y en la obra de Borges. Los años de juventud que pasó en dicho país resultaron de gran importancia para él. Y quizá si no fuera por ese tiempo allí, nuestro idioma se hubiese perdido a uno de sus mayores exponentes (es sabido que su obra es en español, pero lo mismo podría haber sido en francés, inglés u otro lengua).

  3. Al dijo:

    Borges es un caso sui generis, es una influencia importantísima no sólo para la literatura en español, sino para la literatura universal.

    Desconozco la realidad de España y la influencia que escritores fuera de la península tengan, pero también habría que tomar en cuenta el momento histórico español en el tiempo de Borges, ante su tardío reconocimiento.

  4. avellanal dijo:

    Tienes razón, Al. Es posible que el momento histórico español haya influido de alguna manera, sí.

  5. thermidor dijo:

    Recién leí este artículo de Vargas Llosa, y pensé que podría ser de tu agrado: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Farsa/elogiosa/repugnante/elpepiopi/20090222elpepiopi_12/Tes

    Querría, sin embargo, apuntar a este párrafo: “Borges se fue de su país porque, como les ocurre a muchos escritores con los suyos, estaba acaso asqueado con lo que allí ocurría, o simplemente harto de ser una “gloria nacional” (después de haber sido un ilustre desconocido hasta que Francia, Europa y los Estados Unidos hicieron saber a los argentinos que tenían un genio en casa) o porque, a la vejez, como dicen que hacen los elefantes cuando sienten que van a morir, quiso pasar la última etapa de su vida y morir donde había comenzado la vida que a él le importaba -la vida intelectual-: esa Suiza donde fue, o creyó ser, feliz, leyendo vorazmente, aprendiendo idiomas, y contrayendo, contagiado por los suizos, la sobriedad, la frugalidad, la corrección y la modestia que fueron rasgos permanentes de su vida privada.”

  6. avellanal dijo:

    Ya había tenido ocasión de leer dicho artículo de Vargas Llosa, escritor al que admiro profundamente, pero con el que (cada día más) suelo estar en desacuerdo en cuanto a sus columnas de opinión teñidas de neoliberalismo.

    Sabrás perfectamente que lejos estoy de ser un defensor de Cristina y Néstor Kirchner, y que tampoco me subo al caballo del nacionalismo. Sin embargo, pareciera que Vargas Llosa escribió ese artículo con el único fin de lanzar sus habituales dardos contra uno de los gobiernos latinoamericanos que desprecia, y no con el de analizar dónde conviene que descansen los restos de Borges.

    La mayoría de los admiradores de Borges siempre hemos tenido una mirada crítica sobre el papel de María Kodama, la actual viuda. Quizá estemos en exceso influidos por Bioy Casares, quien afirmaba que ella se lo llevó a Ginebra, pese a que este no era el verdadero deseo de un Borges octogenario y ya gravemente enfermo.

    Hace poco vi un reportaje que le hicieron a Bioy, en el que dijo: “El hijo de una amiga murió en Centroamérica en un accidente de aviación y ella lo hizo enterrar en Centroamérica. Borges me dijo: ‘¡Qué bien, qué valiente la madre! Ahora, yo no quisiera que me enterraran en Centroamérica. Yo quisiera estar en el cementerio de acá’. Y después, la señora de él (por María Kodama) se fue (a Ginebra), con él muy enfermo, y cuando Borges murió, lo enterró allá. Es verdad que a él le gustaba Ginebra, pero yo podría quemar mis manos jurando que lo que quería era que lo trajeran acá, a enterrar, en la medida en que pueda importarle a uno lo que hagan después de morir”.

    Por último, coincido plenamente con que a los grandes genios no los producen sus países, mas Vargas Llosa incurre en un gravísimo error al decir que Borges fue un ilustre desconocido en la Argentina hasta que le llegó el reconocimiento de Francia, Europa y los Estados Unidos. Sin ir más lejos, recibió el primer galardón de su carrera, en 1941 (Premio Nacional de Literatura). Tiempo después le otorgaron el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, y toda su obra está influenciada por los escritores argentinos con los que tuvo contacto y admiró, como Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes y Leopoldo Lugones.

  7. thermidor dijo:

    Gracias por la aclaración. Vargas Llosa no es de fiar.

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