El Chancellor, Verne y el mar

Alguna vez mencioné que si confeccionara una lista de los escritores definitivos de mi infancia, la misma estaría encabezada por Jules Verne, Mark Twain y Robert Louis Stevenson. Quizá porque las páginas de sus libros me transportan, aunque sea por unos instantes, a un pasado desprovisto de las preocupaciones actuales, es que hoy en día me sigue entusiasmando leer a Verne, pese a que, literariamente hablando, era por años luz el menos talentoso e interesante del trío. No es casualidad que compita palmo a palmo con Borges por ser el autor del que tengo más títulos en mi biblioteca. Como es sabido, su obra es por demás prolífica, y siempre encuentro en librerías de viejo una novela perdida o hasta alguna obra de teatro jamás representada. Y la compro, claro. A veces más por nostalgia que por verdadero interés, es cierto.

Más o menos de este modo es que dí con El Chancellor, una novela de 1875 que no se encuentra entre las más reeditadas del escritor francés, y que da pie para navegar de bolina y que me refiera tangencial y escuetamente al mar en la literatura. La trama de la novela consiste en las desventuras que los pasajeros y tripulantes de un barco sufren durante una travesía. Todo el peso del argumento recae sobre las aciagas consecuencias suscitadas a causa del lento hundimiento del Chancellor y las contrariedades a que se ven sometidos sus supervivientes, entre las que se cuenta la cuestión sobre la que girará toda la tensión narrativa: la necesidad de que alguno sea sacrificado para que la mayoría pueda salvarse (Ya no se oyen palabras en la balsa, ni siquiera gemidos. No se intercambian ni diez palabras cada día. Además, las pocas palabras que nuestras lenguas, nuestros labios tumefactos y endurecidos podrían pronunciar serían absolutamente ininteligibles. ¡La balsa no transporta más que espectros macilentos, exangües, que ya no tienen nada de humanos). El canibalismo entre náufragos no constituía en absoluto un tema novedoso para la literatura; sin ir más lejos, Verne era un gran admirador de Edgar Allan Poe, y no parece desatinado conjeturar que ésta novela es un intento de plasmar la misma crueldad que contenía La narración de Arthur Gordon Pym. De hecho, la predilección por los ambientes marinos, y especialmente por el subtema del naufragio, puede advertirse en otras obras de Verne, como por ejemplo La esfinge de los hielos y La isla misteriosa.

El mar se ha constituido desde tiempos remotos en un elemento simbólico en el que la imaginación vuelca sus recursos. Las primitivas mitologías de los pueblos ribereños de la antigüedad reflejaron ese maridaje entre la meditación y el océano, llenando el espacio marino con un pensamiento mágico que pronto se encargaría de recoger y transformar la literatura. Sin embargo, ningún pueblo llegó a colonizar las aguas con la pericia de los marineros, ni mucho menos con los tonos poéticos propios de los griegos. El mar mítico y encantado de los habitantes de la península helénica y de sus muchas islas, es el lugar de todas las maravillas posibles. Simbolizaron con la fuerza de su imaginación los dos opuestos básicos: vida y muerte, instaurando al mar como una de las metáforas más fructíferas de la existencia humana. La oposición cardinal entre vida y muerte se multiplica, en la mitología y en la literatura, en otros antagonismos de contenido simbólico: lo líquido y lo sólido, lo superficial y lo esencial, lo inmóvil y lo incesante, lo permanente y lo fugaz… la densidad real del pontus, su enormidad y variedad, parece propiciar la expresión de la imaginación; no sorprende, pues, que algunas de las grandes obras de la literatura universal tengan al mar como tema privilegiado.

El Mediterráneo se convirtió en protagonista principal y constante de La Odisea, al mismo punto que el propio Ulises. Se trata de un mar temible y temido, en el que los hombres son objeto del humor y del capricho de los dioses, pero también es el lugar prodigioso donde la imaginación poética parece campear a sus anchas, excitando la inspiración de Homero. El mar es hermoso, estéticamente insuperable, incluso en su crueldad ciega y antihumana, y ciertamente no podría haber tenido entrada más sublime en la historia de la literatura.

Volviendo a Jules Verne, es preciso señalar que muy pocos tópicos de la narración de aventuras están ausentes en su obra: naufragios, islas desiertas, monstruos casi mitológicos, motines, mares exóticos, jóvenes intrépidos al estilo stevensoniano, marinos románticos al estilo byroniano… pueblan sus atractivas novelas de mar. Pero el mérito que le cabe es haber iluminado estos temas marinos con la refulgencia de la ciencia y la razón, dado que el mar, como parte de la naturaleza, en Verne debe ser explicado, controlado y dominado. En el libro que nos ocupa, describe asimismo un conflicto de intereses profundamente humano entre el instinto de supervivencia, a menudo egoísta y cruel, y las razones éticas, la solidaridad y el altruismo. Valores morales frente a instintos irracionales son presentados de un modo más bien esquemático, carente de la profundidad necesaria, como es habitual en la narrativa de Verne, pero eso no impide que El Chancellor sea una novela amena, que también se destaca por la precisión en el uso de términos marinos y de navegación, dotando a la prosa de un carácter evocador y connotativo que otorga un aliento poético a ciertos pasajes.

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12 respuestas a El Chancellor, Verne y el mar

  1. kleefeld dijo:

    El salto temático que das desde la crítica a Jules Verne hasta el Mar como figura poética me ha parecido maravilloso. Y que hacia el final retomes al francés da cuenta de hasta qué punto dominas los recursos que tienes a tu alcance. Olé, Bravo y Viva, señor avellanal.

    Nunca he sido capaz de terminarme un solo libro de Verne. Sin duda, debe de ser un defecto mío, porque no son pocas las veces que lo he intentado. Pero, claro, ¿para qué leer “La esfinge de los hielos” si se tiene a Gordon Pym?

    Para acabar, tu descripción del mar me ha recordado, no sé por qué, a “La muerte de Virgilio”.

  2. padawan dijo:

    Yo también leí cuando niño un montón de las aventuras de Verne. Aunque también es verdad que desde que leí “Cinco semanas en globo”, no he vuelto a coger ninguna de sus novelas. No sé cómo sería la experiencia.

    Por otro lado, el mar es algo fascinante. Sobre todo, cuando demuestra su furia.

  3. avellanal dijo:

    Kleefeld: merci por tanto elogio, pero me quedé con ganas de escribir sobre otros autores estrechamente vinculados con el mar (pienso en Daniel Defoe y su Robinson, en Emilio Salgari y sus corsarios, en Jack London, en Melville, en Kipling, en Pío Baroja, y en Conrad, sobre todo en Conrad). Por lo demás, si no has sido capaz de terminar un libro de Verne cuando eras crío, difícilmente puedas hacerlo ahora, y más después de haber leído la crème de la crème de las letras universales. Veo que seguís encandilado con Poe; ¿te gustaron las “aventuras” de Arthur Gordon Pym? Y, por cierto, tus últimos dos textos tienen una pinta espectacular, pese a que entiendo muy poco. A ver si vuelves al español próximamente, que no todos somos políglotas como vos. ;)

    Pads: es muy, muy extraño, pero nunca leí “Cinco semanas en globo”. Debe ser de los pocos libros hiper populares de Verne que no ha caído en mis manos.

  4. Facu dijo:

    Yo leí las aventuras más conocidas de Verne, y tengo el mejor recuerdo de “Los hijos del capitán Grant” y “La isla misteriosa”, ambas de la mítica colección Robin Hood que heredé de mi hermano más grande.

  5. Acner dijo:

    Hombre, y Salgari?

  6. avellanal dijo:

    Acner: pues en mi comentario anterior, mencioné a Salgari como uno de los escritores más fuertemente ligado al mar, claro está. Debería releer algunas de sus obras, pero guardo un recuerdo especial de ese inolvidable personaje llamado Sandokán. ;)

  7. Acner dijo:

    Saludos, hermano. Gracias por el comentario, ya sabes que hay un explorer con tu blog en el menu de favoritos acá en República Dominicana.
    Pues sí, no había leído los comentarios, y ahora estoy en el ejercicio de recordar libros en los que me he sumergido…

    El viejo y el mar fue el primero, claro; y me trajo recuerdos de mi gran maestro que ya murió, aquel día en que me vio leyendo el Ulises y me dijo: Bueno, ya que no te quieres leer ni la Biblia ni Moby Dick y prefieres este tipo de literatura, voy a prestarte un libro que te va a encantar, se llama La Guía Telefónica.

    Todavía le debo la tarea de Melville, diez años después…

  8. avellanal dijo:

    ¡Qué lindo país que debe ser República Dominicana! ¡Y cómo me gustaría estar alguna vez allá!

    Tienes razón, ¡cómo olvidar la última gran batalla, envuelta de un aliento épico, de Santiago contra el pez espada! Y con respecto a “Moby Dick”, casualmente ahora mismo estoy por empezar a leerlo, de forma puntillosa, quizá motivado por todo este asunto del mar en la literatura. Supongo que nunca es tarde para embarcarnos junto al capitán Ahab. ;)

  9. thermidor dijo:

    Pibe, acabo de percatarme de esa sección de lecturas del 2009: ¿el orden es cronológico o se basa en tus preferencias? Nunca está de más disponer de esa información:)

  10. Kissi dijo:

    Qué lindo blog. Me quedo. Gracias por tu visita al mío. Nos leemos. Besos

  11. avellanal dijo:

    Iker: tu pregunta es un tanto ingenua, pues no cabe la menor posibilidad de que prefiera una novela de Patricia Highsmith por sobre algún título de Hesse o Steinbeck. Es claro que la lista está ordenada en forma cronológica. ;)

    Kissi: como ya te dije, tu blog también es muy lindo. :D

  12. xava dijo:

    Es una aventura que se lleva la piel para toda la vida

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