Los códigos de Hemingway y sus personajes (I)

Contemporáneo de Faulkner, Fitzgerald, Steinbeck y Dos Passos, y aunque vinculado de alguna forma con cada uno de ellos, Hemingway presenta a sus lectores un mundo espiritual y una sustancia narrativa que, si bien suponen su lección literaria y artística, señalan un lapso, quizá tan sólo un instante muy personal en la concepción de la sociedad y de la vida en la novela norteamericana del siglo XX. En él podemos, en efecto, volver a encontrar el eco de las violentas denuncias sociales de Dos Passos, cierta cualidad alucinada de Faulkner o la danza fúnebre de la decadencia propia de Fitzgerald, pero lo que es diferente es su posición espiritual frente a algunos problemas vitales básicos. Sobre todo, mientras que los autores mencionados, tienden a identificarse plenamente con su tiempo y a descubrir en él los términos del conflicto entre sociedad e individuo y las razones sociales, políticas y psicológicas de una decadencia en la que ellos se sienten material y espiritualmente implicados, Hemingway y sus personajes rompen de manera palmaria con su pasado y con la civilización en que han crecido y se han formado; ergo, fenómeno poco frecuente, escritor y personajes son expatriados, están en renovada y permanente fuga de la tierra de sus raíces, de la que no han tomado prestada, ni mucho menos asumido como propia, ni la problemática social ni la política, sino sólo un nihilismo de año cero. Para el nacido en un suburbio de Chicago, como para sus creaciones literarias, es inservible engañar a la vida, tratar de explicarle el problema del dolor y del mal, buscar sus causas en la coyuntura histórica; la vida es lo que es, una amalgama compuesta del bien y del mal, cuya superficie puede ser resplandeciente e ilusoria, pero debajo de ella se esconde otra realidad: el dolor y la muerte.

La consecuencia primera salta enseguida a la vista: la temática de Hemingway, si la cotejamos con la de sus contemporáneos, es más bien monocorde y estrecha: cómo puede el hombre ir al encuentro de la muerte en un mundo que ha incinerado todos sus valores, además de un penetrante e instintivo sentimiento por la intensidad de la vida; junto con esto, como trágico contrapunto, la certeza de que cada uno marcha solo al encuentro de su propia muerte, buscando a veces el consuelo de la compañía, pero, en realidad, riñendo desesperadamente por presentarse ante lo absoluto de la muerte con la única diferencia que le es permitida: la de sentirse vivo como hombre, el haber respondido de la manera más activa posible al ímpetu de la vida.

De este modo, al sentimiento de disolución y nihilismo de la generación perdida, Hemingway responde con una afirmación de la vida: el empeño, la voluntad de sobrevivir puede convertirse en un arte de vivir, puede llegar a ser un código de supervivencia con el que asomarse menos desarmado ante la inevitabilidad de la muerte. Mucho he leído sobre ese “código” que los personajes de Hemingway se imponen a sí mismos para afrontar su final; no se trata, por cierto, de una ley moral absoluta derivada de una fe religiosa, sino más bien de un concepto del honor, de un compromiso contingente del sujeto aislado, regulado por reglas fijas, casi por ritos, que él aprendió de otras leyes parecidas a la suya, y que es imposible soslayar: la caza, la pesca y la corrida de toros.

Sólo si tiene fe en este código de honor, el hombre puede realmente dar a la necesidad de su propia intensidad de existir un significado capaz de salvarlo del vacío del mundo. La vida es esta voluntad de vivir agudamente, pero sin hacer trampas en el juego, imponiéndose una ley de dignidad, un método de lucha, y luego, encaminarse hacia la muerte, sin dejarse tentar por el misterio que ella implica y concluye.

Esta posición espiritual, de algún modo también explica el carácter estilístico de Hemingway, tan medido y preciso, tan lúcido y seco, exactamente como el comportamiento de sus personajes, que nunca se dejan arrastrar por la emotividad del misterio y de lo invisible. En general, es el misterio el que hace desbordar e inflar la palabra, pero cuando la vida no tiene otro misterio que el de un código contingente, el escritor no debe hacer más que registrar el desenvolvimiento de éste, absorber sus reacciones emotivas e intelectuales con la misma indiferencia con que un alma podría echar un vistazo a su propio cuerpo la mañana después de la muerte. La lucidez, la calculada y seca objetividad narrativa son menos un artificio técnico que una esencial parte constituyente de una concepción moral que ha encontrado su auténtico medio de expresión. El de Hemingway no es primitivismo en las maneras, sino primitivismo que contiene a la vez un lenguaje y un mensaje, donde el rechazo de ciertas convenciones expresivas presupone el redescubrimiento de la palabra y de la frase como insignias de una intensa adhesión del lenguaje a las circunstancias.

Con un poco de suerte, éste puede ser considerado el fondo de la problemática de un autor de las dimensiones de Hemingway, una problemática que no quiere explorar horizontes intangibles ni buscar significados trascendentes, como tampoco indagar las relaciones entre individuo y sociedad; escritor y personajes no son inconscientes del misterio, pero se mantienen al margen de él, muy lejos del sentimentalismo que hace creer que la solución de un misterio se arrastra forzosamente dentro de uno. Lo que importa, en definitiva, no es el triunfo o el fracaso, que frente a la muerte pierden valor pues son una misma cosa, sino la calidad de la propia situación interior, la que por sí sola distingue al individuo del resto de la naturaleza: la primitiva y animal dignidad del hombre frente al sufrimiento.

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3 respuestas a Los códigos de Hemingway y sus personajes (I)

  1. Nombre dijo:

    Qué alegría volver a ver esta entrada por aquí. ¿Qué clase de imperfecciones sintió su autor la necesidad de depurar? Si se me permite la indiscreción.

    Hay algo que me chirría un poco en algunas de las poéticas, enfoques, perspectivas, etc. de algunos autores a cuya obra nos acercas a través de este blog. No sé, como la ausencia en ellos de una necesidad íntima de justificar y justificarse, así como de sacar conclusiones.
    Dicho sin conocimiento de primera mano de la mayoría de ellos y con un muy borroso recuerdo de tus análisis.

  2. avellanal dijo:

    La verdad es que cuando la releí publicada por primera vez, detecté que era necesario introducirle algunas pequeñas modificaciones. Una vez lista, la volví a publicar. ;)

    Por lo demás, en el tiempo que lleva este blog he tratado, con menor o mayor profundidad, muchos autores. Desde los omnipresentes Borges y Cortázar, hasta Alain Fournier, Erich Maria Remarque, H. P. Lovecraft, Oscar Wilde, George Orwell, Gabriel García Márquez y Henrik Ibsen, por nombrar tan sólo algunos. Quizá si pudieras precisarme a quiénes te refieres en concreto, podría dar mi opinión al respecto de lo que apuntas.

  3. Facu dijo:

    Lindo análisis, che. Yo leí más bien poquito de Hemingway, creo que sólo ‘El viejo y el mar’ que no me pareció una historia tan zarpada como algunas la pintan. Igual tengo que probar con una novela suya, pero lo más interesante me parece su personalidad, las cosas a las que se dedicaba… da material suficiente para una gran película.

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