Los códigos de Hemingway y sus personajes (II)

Es sabido que, además de Gertrude Stein, Ezra Pound también le tendió la mano a Hemingway en París, enseñándole la simplicidad narrativa, e incluso corrigiendo algunos de sus manuscritos. En consecuencia, no parece desatinado apuntar que, a mediados de la década del veinte, cuando se publicaron sus primeras obras –que pasaron completamente desapercibidas– ya había madurado en el joven Ernest un estilo que concordaba a la perfección con su peculiar concepción de la vida. De dónde procedía ésta, de qué particulares experiencias y vicisitudes personales, es cosa que forma parte de una extraordinaria, irrepetible génesis del arte. Cuando se habla de sus vívidas rutinas de caza junto a su padre en los bosques de Michigan e Illinois (la muerte por medio de la violencia); de sus deseos de seguir los pasos de Faulkner y Dos Passos en el Cuerpo de Expedición Americano, deseos que derivaron en las experiencias de guerra en el frente italiano (la soledad en el marco de una catástrofe, ese aferrarse al amor que en la página siguiente contenía a la muerte); o bien de su fuga a Europa, porque Estados Unidos podría ser un país ideal pero se había hecho una sangrienta confusión con el mismo, se puede trazar un posible compendio de vivencias y frustraciones que fueron comunes a muchos norteamericanos de su generación. Sin embargo, la respuesta al nihilismo mediante la voluntad de sobrevivir, o yendo a la caza de la intensidad de la vida a través del culto a las sensaciones, o contraponiendo al impulso un código de dignidad y de honor, es su réplica, casi su sello personal, a los problemas de la generación perdida.

Tal vez se trate de un mensaje unívoco, y por momentos monótono, pero siempre, de un mensaje de estoicismo, de recuperación y de valor que, repetido desde el Jack Barnes de The Sun Also Rises hasta el entrañable pescador de The Old Man and the Sea, gana en profundidad lo que le falta en amplitud conceptual.

El comienzo de esta recuperación, en efecto, se puede observar ya en The Sun Also Rises, donde los protagonistas de la novela son todos expatriados en el Viejo Continente, prácticamente despojos de un mundo venido a menos, que tratan de sobrevivir creándose violentos sustitutos en la excitación del amor físico, del vino o de la corrida de toros; Jack Barnes, impotente por una mutilación sufrida en la guerra, se vuelve casi emblema de una generación arrojada fuera de la vida y que ahora se exhibe en una danza macabra frente a la muerte. Es, en esencia, el mismo mundo de Fitzgerald y de la generación perdida, pero paralelamente a él se desenvuelve la configuración de un orden moral visto a través del ritual que preside a la muerte del toro en la arena.

Sobre esta ceremonia de la corrida y, en general, sobre las sensaciones que acompañan la caza y la muerte de los animales, casi buscando en ellos un sistema de leyes que transformar en disciplina moral, Hemingway habría de volver tiempo más tarde en otras novelas, pero quiero referirme especialmente a The Snows of Kilimanjaro, debido al significado de símbolo que contiene. Aquí realidad y símbolo están fundidos maravillosamente en un argumento muy sencillo, casi elemental, y a través de un lenguaje que no podría concebirse más potente y exacto. El cazador, con la pierna gangrenada sobre las majestuosas laderas del Kilimanjaro, mientras aguarda que lleguen en un avión a rescatarlo, tiene tiempo para profundizar el contraste entre el pasado feliz y el humillante amor con la mujer que lo acompaña. En lo alto, bajo la cima cubierta de espesas capas de nieve, yacen los restos de un leopardo: nadie supo explicar qué había ido a buscar el descomunal felino a aquella cúspide; nada más que esta imagen para desembocar en otra: la salvación sólo puede provenir de lo elevado y nuestra búsqueda debe dirigirse hacia lo más alto que sea posible (la adaptación cinematográfica dirigida por Henry King, y protagonizada por Gregory Peck y Ava Gardner, si bien es aceptable, no logra captar ni trasladar esa búsqueda alegórica y vital).

Ese atisbo de realidad que todavía queda en su novela más notable de madurez, The Old Man and the Sea (que yo leí hace muchos años ya), también asume un valor prevaleciente de símbolo, un símbolo –el cristiano del pescador– utilizado para subrayar el conflicto nunca resuelto entre hombre y naturaleza; en este caso, entre el hombre y el gran pez, como anteriormente era entre el hombre y el toro. Luego de una agotadora batalla que adquiere por momentos connotaciones epopéyicas, Santiago logra capturar al gigantesco pez, mas sólo trae consigo a la orilla un esqueleto devorado por tiburones. El viejo ha vencido y fracasado a la vez, pero comprende que lo esencial no es ganar la batalla, sino librarla. Su aparente derrota final esconde en verdad una inmensa victoria, pues el esqueleto simboliza su voluntad, su esfuerzo y su valentía, su capacidad para no darse por vencido aun sabiéndose al borde de la derrota. La vida es esa lucha sin horizontes lejanos, ese escepticismo que termina por endurecerse en el mundo de una dignidad y de una fe.

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