Ligera reelaboración del capítulo IX de “Moby Dick”

«Feligreses, estimados compañeros de tripulación, recordemos una vez más las peripecias de Jonás. Este pequeño libro sobre el que ahora pliego mis manos, no se presenta como original del profeta, sino como su historia, seguramente escrita en época muy posterior. Y, pese a ser uno de los más exiguos cordones en el todopoderoso cable de las Escrituras, pues sólo contiene cuatro capítulos, ¡qué profundidades del alma sondea el penetrante escandallo de Jonás! ¡Qué enriquecedora enseñanza es para todos nosotros éste profeta! ¡Qué grandiosidad y qué estruendo de ola!».

«Como hombres pecadores, la historia de Jonás constituye una lección de inestimable valor desde el mismo momento que se trata de un relato del pecado, de la dureza de corazón, de los súbitos sobresaltos, del castigo divino, y, sobre todo, del arrepentimiento. Saben que Dios lo había enviado a convertir la ciudad de Nínive, pero el hijo de Amittai desobedeció el mandato superior por considerarlo demasiado duro. Con este pecado de rebeldía a cuestas, Jonás continuó agraviando al Altísimo, embarcándose en una nave que partía a Tarsis. Pensaba que un barco construido por manos humanas le iba a conducir a regiones donde no reinara Dios, sino tan sólo los capitanes de este mundo. ¿No aprecian, pues, compañeros, que el iluso de Jonás trataba de huir de Yahvé, escapándole a su pedido como un fugitivo sin amigos que le acompañen hasta el muelle para darle la despedida? Tan pálido era su semblante, tan preso de la intranquilidad se mostraba su cuerpo, que al subir a cubierta, todos los marineros, sin excepción, dejaron por un momento de izar las mercancías a fin de observar las perturbadas ojeadas del desconocido. Fuertes e insondables intuiciones cercioraron a los marineros que este hombre no podía ser inocente».

«Estaba escrito, mis feligreses, que Jonás, quien al esforzarse para reunir en su rostro toda la valentía posible no conseguía más que acrecentar su aspecto de cobarde, pagó su pasaje antes que la nave se hiciera a la vela; lo cual, analizado en contexto, no carece de significado. El capitán, adivinando inmediatamente el delito que el profeta revelaba a miles de leguas de distancia, se aprovechó de la situación y procedió a cobrarle tres veces más de lo acostumbrado, ya que el pecado, en este mundo codicioso, si abona el viaje, puede andar libremente. “Señáleme mi camarote, capitán. Estoy muy agotado de viajar y tengo sueño”, dijo entonces Jonás. El oprimido agujero era tan pequeño que, cuando se acostó, encontró que el techo del compartimiento casi descansaba en su frente. Con la conciencia todavía remordiéndole, en medio del remolino de aflicción que le envolvía hasta asfixiarlo, tendido en su litera, Jonás acabó sucumbiendo ante el momentáneo efugio mortificante que provoca el sueño».

«El barco que lo albergaba, compañeros míos, fue el primer barco contrabandista que se registró, y el contrabando no era otro que el mismo Jonás. De pronto, como bien conocen, Dios desencadenó sobre el mar un viento huracanado, y el contramaestre, lleno de desesperación, ordenó a toda la tripulación que descargasen: fardos, cajas y tinajas son arrojadas con estrépito por la borda, a fin de aligerar la nave. Debajo de la línea de flotación, debajo de los aterrados marineros invocando a sus deidades, entre todo ese iracundo tumulto, Jonás dormía su horrible sueño. El capitán, absorto, le gritó: “¿Cómo es que estás ahí durmiendo? ¡Levántate e invoca a tu Dios! A lo mejor ese Dios se compadece de nosotros y no perecemos”. Saliendo sobresaltado de su letargo, el profeta subió a la cubierta, y horrorizado contempló cómo olas tras olas ingresaban con descomunal furia al barco, aullando de proa a popa sin hallar ningún desagüe posible. Terrores y terrores corrieron gritando por su alma y se concentraron en su pavoroso aspecto, dejando en evidencia su condición de pretendido fugitivo de Dios. Los marineros, sin embargo, echaron a suerte para saber a causa de quién les sobrevino tal desgracia, y el azar recayó sobre Jonás. Le preguntaron entonces: “¿Cuál es tu oficio y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra, y de qué pueblo eres?”. Jonás no sólo accedió a contestar dichas interrogaciones, sino que la mano de Dios le sacó otra respuesta sobre una cuestión en la que los marineros no habían indagado: “Soy hebreo, y temo a Yahvé, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra”. Luego de oírlo, sabiendo que él iba huyendo de la presencia divina, y que por consiguiente la colosal tempestad estaba encima de ellos por su culpa, aquéllos hombres se atemorizaron cada vez más, y posteriormente lo dejaron caer al embravecido mar».

«Ni bien Jonás se hundió, el mar calmó su cólera, convirtiéndose las aguas sin prólogo en plácidas ondas azuladas. Por su parte, el profeta descendió al corazón arremolinado de tan irrefrenable convulsión que apenas se percató del instante en que las atroces mandíbulas lo engullían hasta arrojarlo a la prisión más recóndita e inexpugnable, a la cerrazón más profunda jamás concebida, a los abismos mismos de la condenación. Entonces Jonás, lleno de fervor y devoción, desde el vientre del gran pez, rezó al Señor como nunca antes lo había hecho. Pero su súplica no estaba dirigida, amigos míos, a conseguir la liberación; por el contrario, consideró que su castigo era completamente merecido y justo. ¡Cuánto agradó a Dios esta conducta de Jonás! Oyó al profeta sumergido y arrepentido, y procedió con su Divina Piedad, ordenándole al gran pez que liberara a Jonás. De inmediato, la ballena ascendió desde las negras profundidades marinas y vomitó a su prisionero en tierra firme».

«Compañeros, Dios no ha puesto sobre ustedes más que una mano; mas a mí me aprieta con ambas. Les he leído qué enseñanza revela Jonás a los pecadores: a todos los presentes, y aún más a mí, dado que soy el mayor pecador. Y ahora, ¡con qué regocijo bajaría de esta cofa, y escucharía con atención desde las escotillas, mientras alguno de ustedes me leyera esa otra más tremenda lección que el profeta me enseña a mí, como piloto del Dios vivo!: cómo teniendo la misión de pregonar verdades, y enviado por el Señor a que hiciera tañer esos principios en los oídos de la pútrida y corrompida Nínive, Jonás, colmado de cobardía frente a la hostilidad que iba a causar, intentó huir de su deber, y más grave aún, de su Dios, tomando una nave. Pero, como hemos visto, Dios es omnipresente, se encuentra en cada rincón, y Jonás tuvo que soportar todo el mundo acuático de la aflicción rodando sobre él, para luego sí hacer lo que el Todopoderoso le mandaba: ¡predicar la Verdad! Y éste, queridos amigos míos, es el otro mensaje perenne del libro: Dios es indulgente para quienes se arrepienten de corazón de sus yerros, pero: ¡ay de aquel piloto del Dios vivo que desprecie su misión! ¡Ay de aquel a quien el encanto del mundo le aparte del deber evangélico! ¡Ay de aquel también que, como manifestó el gran piloto Pablo, mientras predica a los demás es él mismo un réprobo! Pero el gozo, ¡oh, compañeros!, el gozo es únicamente para aquel cuyos rígidos brazos todavía resisten sosteniéndolo, poniéndolo a salvo, cuando el navío de este mundo vil y pérfido se ha hundido bajo el barro de sus pies».

Luego de estas últimas palabras, el Padre Mapple dio por acabado su sermón. Se irguió por un instante, alzando la cara hacia la concurrencia. Sus ojos traslucían una satisfacción profunda. Acto seguido, lanzó lentamente una bendición y, con esfuerzo, se arrodilló. Cuando todos los fieles se habían marchado, en la soledad de la inmensa parroquia, sin levantarse aún, se cubrió la cara con ambas manos, hundiéndose en sí mismo, y finalmente se desplomó.

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3 respuestas a Ligera reelaboración del capítulo IX de “Moby Dick”

  1. sisi, si había leído el cuento, ¿era parte de algún cuento de Borges o donde lo puedo haber leído?

    Sabés que temía que leás mi cuento porque me da muchísima culpa el hecho de que hace rato que te leo… y estaba viendo algunos de los últimos títulos y hay varios que tengo ganas de leer… supongo que será la facultad que me tiene bastante entretenido (en todo sentido, también en los buenos). Es decir, a metamorfosis lo tengo escrito hace mucho, ahora sólo lo pasé al blog…

    Bueno bueno, demasiadas excusas ya, jaja… ya me pondré al tanto con la lectura y la escritura, supongo que cuando pase ésta primera etapa de la facu… en fin , un abrazo che, estamos en contacto

  2. Facu dijo:

    Yo no leí Moby Dick, pero este relato de un relato bíblico reelaborado de una ficción, es una cosa extraña. Me gustó cómo te quedó, y de paso me vino bien porque conocía muy de taquito la historia de Jonás.

  3. Pingback: “Moby Dick”, de John Huston | Vagabundeo resplandeciente

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