Goethe: hacia un sentido clásico de la vida

Quizá sea fruto de mi inexperiencia y consiguiente ignorancia, pero no conozco otro tema en la historia de la literatura más complejo de tratar sin incurrir en pertinente cursilería, más difícil de considerar con modesta claridad, que este inconveniente –insoluble en el fondo, como todo lo que al genio se refiere, tal como advirtiera Harold Bloom– de los antecedentes, de los reales orígenes del joven Werther, el héroe casi autobiográfico de Goethe.

Generaciones y generaciones de sentimentales, venidos en busca del contenido del cántaro para sus lágrimas, han acabado por agotar las fuentes de la poesía en este lugar de la vida del artista. Las crónicas revelan que, profesores, novelistas y hasta eruditos se han encarnizado –desde la época de Goethe, que soportó con paciencia estoica una avalancha de panfletos y de parodias de su héroe– en el análisis de la correlación entre los personajes del Werther y sus sosias de la vida real; del paralelismo entre el genio alemán, sus aspiraciones tumultuosas de Sturm und Drang (tempestad e ímpetu), su panteísmo bochinchero, su honesto inmoralismo y el sensible y desgraciado Werther. Todas las inepcias, todas las ingenuidades han sido dichas, ordinariamente en nombre del sentido común, como si Goethe no hubiera evidenciado por una obra y una vida ciclópeas la legítima posesión de una inteligencia muy por encima de las usualmente humanas, muy por encima de la mediocridad intelectual y afectiva de sus forzosamente incomprensivos maldicientes.

Considero que la gran originalidad de Johann Wolfgang von Goethe como artista; o mejor aún, como hombre, en función de la creación artística, fue la de haber preferido con precocidad entre dos modelos de existencia; la de haber elegido, para imitarlo, un modelo que hizo carne de su carne y animó después con ese compás personal que impone el genio a los más dispares materiales. Entre dos existencias ideales hubo de escoger el joven Goethe para moldear la propia: una, la que podríamos llamar la vida romántica, y la otra, la vida clásica. Entiendo por ideal romántico de vida artística un peculiar modo de vivir (o mejor dicho, de mal vivir) donde todo –libertad individual, inquietudes no artísticas, plenitud afectiva, progreso interior, sociabilidad– queda determinado apriorísticamente, esclavizado, por los requerimientos, por el despotismo de la creación. El hombre, eje de la obra de arte, devine entonces un médium, un miserable juguete, un intermediario sin nobleza, de este prodigioso instante que supone la ráfaga de inspiración, auténtico estado de gracia, de extasiado deslumbramiento, en la existencia sombría y atormentada de un Baudelaire, de un Poe, de un Darío, de un Rimbaud.

En el ideal clásico de vida, por el contrario, el artista se propone a sí mismo, cosa de carne, sangre y hueso, como modelo, como obra en permanente gestación, como corregible manuscrito, indefinidamente perfectible. ¡Bienvenido el poema, el retrato, la sinfonía, si llegan! Pero tales accidentes felices no constituyen el norte fundamental. ¿El destino del pequeño limonero del vivero es dar limones? No; su objetivo es llegar a ser un gran árbol. Los frutos marcan, años tras años, los momentos fastuosos, la plenitud de la creación, las experiencias combinadas de la tierra, el sol y la savia. Para el artista de vivir clásico el fruto no es sorpresa, es lógica; no es admiración ni deslumbramiento, es comprensión: el artista de vivir clásico acata y comprende su destino. En efecto, de allí saca su fuerza, dado que posee la exacta medida de sus medios y limitaciones; justamente, de esa fatalidad en la cual el romántico encuentra un tema inagotable de pesimismo y desencanto.

El nacido en Fráncfort del Meno eligió claramente este último ideal de vida, que se confundía para él con su personal concepción del Bildung helénico. Hizo de su elección un cuerpo de doctrina y, a su regreso de Italia, un método de vida, para finalmente condensarlo en los prietos aforismas de su edad madura y vejez. Y aquí reside precisamente el gran interés del Werther en la vida de Goethe.

En Wetzlar, adonde el novel autor había viajado para perfeccionar su jurisprudencia, se encuentra de repente en un baile con Charlotte Buff, una encantadora jovencita cuyo único defecto reseñable era ser, desde hacía cuatro años, la prometida de un mediocre pero respetable funcionario, doce años mayor que ella. Verla y nada más enamorarse fue cuestión de minutos para Johann Wolfgang. Pero Charlotte, luego de largos meses de asedio, se resiste todavía a abandonar sus antiguos hábitos, y con firmeza no exenta de dulzura, rechaza las pretensiones del poeta. Goethe se hunde en una feroz lucha frente a su pasión, hasta que logra por fin destrozar las cadenas de seda, y una mañana, desperado pero dichoso, huye de Wetzlar sin despedirse de nadie, hacia las riberas del Rin, donde olvidará –o tratará de olvidar– con una refinada señorita llamada Maximiliana, sus pretéritas penas. Por primera vez en su vida decide solo su porvenir; lejos de su padre, lejos de sus demás influencias, el joven Goethe tuvo ante sí la visión de su existencia ensombrecida por la pasión, quizá destruida para siempre, y sin embargo, conservó la fuerza, la inteligencia de curarse y usufructuar hasta la última migaja de su desastre, hasta la última carta de amor, para la venidera creación, oscuramente intuida, oscuramente concebida como liberación. ¿No le daba Charlotte el ejemplo de cordura? ¿Esa niña, apenas adolescente, no le enseñaba a elegir con sensatez, al preferir a su mediocre comprometido, de juicio recto y mesurado, rutinario y honesto, por sobre el genio caótico y juvenil, desordenado, ilimitadamente oscuro y seguramente inmortal? ¿No era, acaso, su prometido incomparablemente más apto para un fin determinado, mejor dotado para el matrimonio, más seguro, más regular, más adaptado a la convivencia que su fogoso rival? Es claro: Charlotte no se dejó seducir por el instante de ardor. Cuando Goethe comprendió el sentido de dicha elección, estaba salvado. El hombre de inteligencia y voluntad había salvado al hombre de imaginación y pura sensibilidad. Pero dejaba atrás al pobre Werther, tan mal herido y enfermizo, que si Goethe no lo hubiese dejado morir, cualquier otro escritor habría podido ultimarlo (a condición de tener genio, por supuesto). Esto es, según mi parecer, el sentido de la fuga de Werther.

En definitiva, no constituye otra cosa para mí éste pequeño libro que habría de producir sobre la humanidad más honda impresión que cualquier otro: la conmemoración de una batalla ganada, iniciático triunfo sobre las pasiones, una revancha de la inteligencia sobre el “demonio”. Sobre todo, por más paradójico que parezca, el símbolo de la primera gran victoria de Goethe sobre sí mismo hacia la afirmación, hacia la conclusión de un sentido clásico de la vida.

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8 respuestas a Goethe: hacia un sentido clásico de la vida

  1. José Palma Azcuénaga dijo:

    Mis saludos y cortesía ante tan atrayente -y seguramente polémico- análisis sobre, como dice, uno de los textos que más profunda impresión ha causado en la los hombres a lo largo de la historia de la literatura. Me gusta por su originalidad y por la forma de vincular vida y obra sin perder la ligazón existente entre ambas.

    Una consulta: ¿qué otro artista podría usted mencionar como ejemplo de un ideal clásico de vida?

  2. avellanal dijo:

    Muchas gracias, José.

    Con respecto a su pregunta, y a riesgo de que quizá sea demasiado arquetípico, considero que Leonardo da Vinci encaja a la perfección dentro de ese modelo de vida clásico. ¿Hasta qué punto se interesaba él por su propia productividad? Sólo podemos saber, seguramente, que cada día era más perfecto. Y las jóvenes jornadas reflejaban con docilidad en su obra una nueva, infalible y lógica perfección. Además, Leonardo compartía con Goethe otra cualidad en absoluto desdeñable: ambos eran hombres renacentistas (pese a los tres siglos de diferencia entre uno y otro), en términos de desarrollo cultural y pluralidad de oficios

  3. Acner dijo:

    epa, hermano!! Magnífico post, pero saliéndome un tanto de Goethe, échale un vistazo a lo que me he encontrado, si no es que lo leíste ya.

    http://www.elboomeran.com/blog-post/4/6924/marcelo-figueras/sangre-sabia/

  4. avellanal dijo:

    Ah, al amigo Figueras lo he criticado alguna vez en este mismo blog, pero en este caso no me queda más que darle completamente la razón. :D En algún tiempo caerá por aquí también un comentario propio -y no muy objetivo- sobre la película.

  5. ¿La la conclusión de un sentido clásico de la vida sería, al igual que Goethe, convertirse al catolicismo?

    Sin Werther no podemos comprendernos como sujetos amorosos. En esto sigo a Barthes en su ensayo Fragmentos de un discurso amoroso, ¿le ha hechado un vistazo?

    Y sí, soy postromántico (no antípoda, pero cerca), creo en el triunfo final del amor, esperanza que le hace falta a Werther (héroe temprano del protestante Goethe), es por ello que se conduce a lo que no es novela: la muerte y por ende la realidad.

  6. en una época de mi vida estuve tan obsesionada con Werther…
    la culpa entera es de Barthes y sus Fragmentos de un discurso amoroso.
    Voy a releer a Goethe. Urgentemente.
    Besos querido

  7. avellanal dijo:

    Petrus Angelurum: con respecto a lo que mencionas sobre la conversión al catolicismo de Goethe, considero que es un dato por demás significativo, mas no me parece que fuera la lógica conclusión del «sentido clásico de la vida». Y no, no he leído el ensayo de Barthes que señalan con Karen Koltrane, pero ahora me ha picado la curiosidad.

    Saludos.

  8. Pingback: El romanticismo y Goethe « Vagabundeo resplandeciente

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