Recuerdo de Bioy Casares

Hace bastante ya, en un periódico chileno, una señora que no detenta otro mérito conocido que el haber contraído matrimonio con un célebre moribundo, muy suelta de cuerpo –pese a que lo suyo, se sabe, es hablar poco y querellar mucho–, afirmó, con una clara intencionalidad maliciosa, que Bioy Casares había sido el Salieri de Borges. A estas alturas del partido, resulta redundante y baladí trazar una defensa de la obra de Bioy; las palabras de María Kodama exteriorizan tal grado de resentimiento e inquina, que se impugnan a sí mismas, ahorrando el trabajo de efectuar acotación alguna. No obstante, me dan pie para esbozar una breve evocación sobre una circunstancia personal tan simple como imborrable para quien escribe.

Si no me equivoco fue en una de sus últimas visitas a la Feria del Libro en Buenos Aires, poco antes de su muerte –de la que ahora se cumplen diez años–, cuando tuve el honor de verlo. En aquel entonces yo apenas era un púber con el pelo desprolijo, que tan sólo había leído algunos cuentos emparentados con la science fiction incluidos en La trama celeste. Recuerdo que Bioy estaba sentado en un rincón, con un bastón y enfundado en un impecable traje azul. En este momento me doy cuenta que superaba ampliamente los ochenta años, y no debió haberme sorprendido que, pese a la interminable fila de damas que esperaban, ansiosas por tenerlo face à face, no quedaran ni rastros del galán que supo ser durante casi toda su vida; por el contrario, se había vuelto un anciano enclenque, de movimientos pausados, huesudo. A mí poco me importaba su aspecto; lo que me emocionaba, mientras aguardaba por mi turno, era enfrentarme por primera vez a un escritor reconocido, un escritor al que había leído, un escritor sobre el que mi abuela había tejido mil y una anécdotas sensacionales. En otras palabras, Bioy me resultaba al mismo tiempo un mito viviente y alguien familiar. Cuando finalmente llegó el momento anhelado, y Bioy se percató de mi estatura, colado en medio de un auténtico harén, no logró evitar una leve sonrisa, antes de preguntarme: ¿cómo se llama usted, joven amigo? Me apresuré en contestarle, él bajó la vista y comenzó a escribir la dedicatoria. El libro que había comprado era El sueño de los héroes (quizá sea una casualidad, pero con el tiempo he descubierto que ninguna obra suya me gusta más que la onírica historia de Emilio Gauna). Entretanto, atiné a comentarle que en el colegio nos habían hecho leer unos cuentos suyos, pero que yo luego seguí por mi cuenta con otros. Cuando me extendió el ejemplar firmado, volvió a sonreír y me dijo: Para los viejos como yo, es una satisfacción conservar lectores tan jóvenes (no me destaco por poseer buena memoria, pero ¡ay de mí si olvidara sus palabras!). Noté que las señoras de atrás estaban impacientes, por lo que me apuré en darle las gracias y a continuación un enérgico apretón de manos. Fue la primera y única vez que lo vi en mi vida. Sin embargo, sus manos frágiles y su mirada transparente, al igual que sus historias, estarán conmigo el resto de mis días.

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4 respuestas a Recuerdo de Bioy Casares

  1. Facu dijo:

    Nunca me habías contado de este encuentro fugaz con la más aristocrática de nuestras plumas, jajaja. Además pensaba que las ferias del libro no eran mucho de tu agrado. Pero muy linda la anécdota.

  2. thermidor dijo:

    Gracias por compartir esta anécdota, pero gracias sobre todo por compartir esa obra de Bioy conmigo.

    Un saludo

  3. avellanal dijo:

    Facu: eso de ‘la más aristocrática de nuestras plumas’ podríamos discutirlo largo y tendido, eh. Con respecto a las ferias, no es que sustancialmente haya cambiado de opinión, pero tienen dos puntos a favor: que si uno va con tiempo y dispuesto a husmear, se pueden encontrar ofertas interesantes; y que hay cada tanto alguna conferencia digna de ser escuchada.

    Thermidor: de nada, de nada. Espero que te haya gustado.

  4. padawan dijo:

    siempre es emocionante encontrarse con los artistas a los que tanto has admirado. Muy buena la historia, Clau :)

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