Vida real y ficciones; verdad y mentira (II)

La ficción, lejos de ser una suma de fabulaciones carentes de trascendencia, hunde sus primigenias fibras en la experiencia humana, de la cual se nutre con devoción. Sin embargo, esto no quita que el hábito de tomar lo que dicen las novelas al pie de la letra sea, en esencia, una práctica envuelta de riesgo. Que lo certifiquen, si no, dos de los más insignes personajes literarios surgidos de las plumas de Cervantes y Flaubert. No es novedad que pretender ser distinto de lo que se es, al menos en aspectos específicos de nuestra existencia, ha sido desde siempre una aspiración que ningún hombre desconoció. En consonancia con esa comprobación, las historias de Alonso Quijano y Emma Bovary, sumergidos hasta la médula respectivamente en las novelas de caballería y en las novelitas románticas, nos conmueven y nos cautivan, entre otras cosas, precisamente por ese empeño tan arraigado en el espíritu humano de intentar vivir la ficción, de procurar soltar el lastre nocivo de nuestra cotidianidad maltrecha en las páginas de una novela.

Afirma Vargas Llosa: Cuando leemos novelas no somos los que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras. La ficción, por medio de este procedimiento con tintes mágicos, nos complementa, viene a resolver esa dicotomía atroz entre la conciencia de poseer sólo una vida y a la vez desear miles. La rotura del sortilegio, el regreso a la realidad, supone inevitablemente un empobrecimiento, la conformación de un rostro más de la insatisfacción humana: verificar que somos menos de lo que anhelamos siempre es una estocada profunda en nuestro orgullo.

Las ficciones logradas vienen a simbolizar la subjetividad de todo un tiempo histórico, aunque, confrontadas con la rigurosidad de la historia, sean flagrantes mentiras. La semblanza de Hans Schnier, el payaso machacado de la célebre novela de Heinrich Böll, sus desventuras e inquietudes, pertenecen al terreno de la pura invención, mas la minuciosa autopsia que Böll realiza del “milagro alemán” por intermedio de dicha ficción, difícilmente la hubiese logrado historiador alguno. En sus simulaciones, las grandes novelas nos comunican unas verdades escurridizas e impalpables, alojadas en los intersticios de la realidad, que evaden siempre a las descripciones científicas de los períodos históricos.  Sólo la literatura dispone de las técnicas y poderes para destilar ese delicado elixir de la vida: la verdad escondida en el corazón de las mentiras humanas. Porque en los engaños de la literatura no hay ningún engaño. No debería haberlo, por lo menos, salvo para los ingenuos que creen que la literatura debe ser objetivamente fiel a la vida y tan dependiente de la realidad como la historia.

Sin ánimo de querer desprestigiar a la historia como disciplina científica, es menester apuntar que verdades literarias y verdades históricas deben necesariamente coexistir sin entrometerse una en el terreno de la otra, pues, como se ha visto, transitan por carriles contiguos pero muy diferentes. Como señala Vargas Llosa, en las sociedades cerradas ocurre precisamente lo opuesto: ficción e historia pierden sus atributos distintivos, una asume la identidad de la otra y pasan a confundirse. En dichas sociedades el poder central se arroga el privilegio, no ya sólo de dominar las acciones, de orientar las iniciativas de los hombres, sino también de gobernar su memoria. George Orwell, en Animal Farm, graficó con ironía y lucidez esa dañina práctica de rectificar la historia según las necesidades del presente, remedando de algún modo las asombrosas mudanzas que se producían en los tomos de la enciclopedia soviética: personajes que desaparecían sin dejar rastro, u otros que surgían repentinamente cual apariciones espectrales, según los mismos eran purgados o redimidos por la historia oficial, al compás de los reacoples y vaivenes necesarios (producidos en el seno de los grupos gobernantes) para justificar el presente. Milan Kundera una vez escribió: Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia.

No obstante, si bien los totalitarismos modernos han perfeccionado esta meticulosa organización de la memoria colectiva en su afán de legitimar lo ilegítimo, estos procedimientos se remontan a los albores de las civilizaciones. Conocedor de sus antiguos compatriotas, Vargas Llosa remarca el modo en que los incan prohibían las verdades particulares que iban a contramano de la implacable verdad oficial. En una sociedad cerrada la historia se impregna de ficción, pasa a ser ficción, pues se inventa y reinventa en función de la ortodoxia religiosa o política contemporánea, o, más rústicamente, de acuerdo a los caprichos de los dueños del poder. Y, del mismo modo, en esos sistemas donde la censura campea a sus anchas, la literatura debe circular, oprimida, por cauces rigurosos e inflexibles que estén en sintonía y divulguen la historia oficial. Así es que la historia se empapa de fantasías y la fantasía desaparece de la ficción, hurtándoles a los seres humanos el derecho a inventar las historias que a ellos les plazcan y condenándolos a impregnarse de una historia embustera. Es un derecho que debemos defender sin rubor. Porque jugar a las mentiras, como juega el autor de una ficción y su lector, a las mentiras que ellos mismos fabrican bajo el imperio de sus demonios personales, es una manera de afirmar la soberanía individual y de defenderla cuando está amenazada; de preservar un espacio propio de libertad, una ciudadela fuera del control del poder y de las interferencias de los otros, en el interior de la cual somos de veras los soberanos de nuestro destino. En definitiva, es imprescindible comprender que la ficción enriquece la vida de los hombres, complementándola, y  a veces, subsanando provisionalmente esa insaciable apetencia humana de pretender construir castillos en el aire.

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6 respuestas a Vida real y ficciones; verdad y mentira (II)

  1. Facu dijo:

    Cómo se te pegó Vargas Llosa, eh.

    Muy lúcidas e interesantísimas las dos partes de esta nota. Me gustó particularmente el modo en que fuíste intercalando distintas temas relacionados con la ficción sin perder el eje temático.

    Después te voy a consultar sobre otro asunto, pero es ‘Opiniones de un payaso’ el libro de Heinrich Boll que mencionás?

  2. Hay temas en este sentido en los que soy muy inexperto pero que me apasionan y que van en la línea de lo que comentas, como las civilizaciones o las culturas surgen en cuanto se “relatan a sí mismos”, estos es construyen mitos (leyendas) que sirven para ilustrar las costumbres. En un ámbito más sofisticado ahora, como dices, sirven para catalizar nuestra tendencia a los castillos en el aire.

  3. thermidor dijo:

    “Me gustó particularmente el modo en que fuíste intercalando distintas temas relacionados con la ficción sin perder el eje temático.”

    Coincido plenamente.

  4. avellanal dijo:

    Facu: Vargas Llosa, en efecto, es “mi autor del año”. Y sí, el libro es “Opiniones de un payaso” (tristísima pero excelente novela, por cierto).

    Ibán: sí, es un tema por demás interesante. A mí me sorprendió muchísimo conocer cómo la civilización incaica iba modificando sustancialmente su historia (el relato sobre sí mismos) según se iban sucediendo los emperadores.

  5. “La ficción, por medio de este procedimiento con tintes mágicos, nos complementa, viene a resolver esa dicotomía atroz entre la conciencia de poseer sólo una vida y a la vez desear miles.”

    Me encantó eso, es la clave del asunto, y pasa también para quien escribe, ¿o no crees que realmente me encantaría dedicar mi vida a las humanidades, estudiar filosofía o letras en vez de física?, sería maravilloso, como así podría dedicarme al deporte, o la psicología, pero lamentablemente uno tiene que optar por una sola de las vidas que quiere tener, y resignarse a escribir (por más malo que uno sea) para sentirse en alguna de esas otras vidas posibles.
    Pasa lo mismo con el teatro, empecé por la misma razón, ese disfrutar de la fantasía de otra vida.

    Otro tema: hablando de ficción… con lo bueno que está “humano, demasiado humano” (poné algo para encontrar más rápido los textos, no me acordaba el nombre y tuve que volver uno por uno :P), ¿por qué no lo hacés (o publicás) más seguido?, si bien me gusta mucho leer tus análisis también disfruto con tu ficción, je.

    Abrazo che.

  6. padawan dijo:

    Como bien dices, historia y ficción van por caminos paralelos, aunque en ocasiones se cruzan. Es curioso que en los mismos regímenes donde la historia es tomada por el poder y convertida en fantasía, tenga que ser la ficción la que tome las riendas de la verdad, como en el ejemplo de Orwell. Sin embargo, aunque en menor medida, en todas partes el estado trata de amoldar la historia, pasada, presente o futura, a sus intereses.

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