Venus, el diosecillo y el profesor

Si bien nuestra labor en esta recámara es grata –nadie podría aducir lo contrario–, no por eso resulta sencilla: demanda erudición, astucia, maña y paciencia, sobre todo paciencia a la hora de combinar el frenesí del instinto con las delicadezas del corazón y la sutileza del espíritu. Los encargados de estimular la alegría corporal de la señora, enardeciendo las cenizas de cada uno de sus quién sabe cuántos sentidos hasta volverlas hoguera, como se puede apreciar, somos dos: el joven tañedor del órgano y yo, que me llamo Amor. Diminuto, rosáceo, blando e inocente: puedo parecer un tierno infante, mas llevo diez siglos dando vueltas bajo idéntica apariencia.

La señora es Venus, la italiana, hermana de Afrodita, la griega. Los tres estamos tan vivos como el pavo real, el ciervo, el venado y la doble hilera de álamos que se divisan por el enorme ventanal. También observamos desde aquí a una enlazada pareja de amantes caminando en los jardines, acaso aguardando que los últimos resquicios de luz se desvanezcan, dando paso a la cerrazón. Y a un pedazo de mármol moldeado, símbolo de lo inerte, surtiendo agua diáfana, símbolo de vitalidad, de una jofaina de alabastro.

El profesor toca con serenidad y destreza, en suave crescendo, escogiendo ambiguas músicas que vienen a contradecir la idea del órgano –emparentado con los cánticos religiosos– como instrumento que extingue los ímpetus libidinosos. Por el contrario, la música del órgano, con su obsesionante extenuación y sus dóciles quejidos, despega al hombre de las proximidades temporales y espaciales, bloqueando y volcando su espíritu en lo elevado, Dios y la salvación, pero también en el pecado, la lujuria y la perdición. El doncel no puede desistir de tañer el instrumento ni un sólo instante, pues el amo lo ha prevenido: si los fuelles dejan de soplar por un segundo, se sobrentenderá que el profesor ha cedido a la tentación de palpar las carnes de Venus, y en ese preciso momento su existencia se apagará. Sin embargo, al tiempo que pulsa las teclas, sus impolutas pupilas pueden apreciar, con placentera fruición, las níveas formas que se ensanchan a su lado. Cada atardecer, con el encantamiento de un sortilegio, algo que se esconde entre los rollizos y húmedos contornos de la señora, atrae hasta la extenuación la faz imberbe del joven músico, pese a saber que siempre le estará vedado ese delicadísimo fruto.

Mientras tanto, cuando oye el tañido del órgano y va viendo las imágenes suspendidas de escrúpulos religiosos y morales que yo me encargo de detallarle, a Venus la embarga un letargo semejante al éxtasis. Así pretende el amo que se la entreguemos día tras día: fogosa y ávida, calcinada de lúbricos retratos, excedida de apetitos intemperantes.

Pero el tierno organista no sólo se limita a contemplar el cuerpo turgente de la señora por temor a la fatal reprimenda del dueño de casa, sino también por su vocación religiosa. En más de una ocasión me ha comentado que muy pronto ingresará al convento de los dominicos. Conoce, por ende, que Venus así como todas las mujeres le estarán eternamente prohibidas, pues el llamado celestial que recibió en la infancia transformó su débil carácter en firme convicción: piensa que nadie ni nada lo apartarán del sagrado sacerdocio. Y, aunque estos encuentros vespertinos le producen infernales sueños que sonrojan su espíritu y mudan en azotes voluntarios, cada tarde regresa con puntualidad a su cita, para poner a prueba su capacidad de resistencia y de ese modo demostrarse a sí y demostrarle a Dios que es digno de Él.

Ni Venus ni yo tenemos esos reparos morales. Ella, porque es una esposa disciplinada que disfruta el hecho de entregarse a estas veladas preliminares de la noche conyugal en aras de lograr la satisfacción plena de su compañero. Yo, porque apenas soy un diosecillo pagano, ajeno a todo problema de conciencia, que encima sólo existo en la imaginación de los seres humanos.

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5 respuestas a Venus, el diosecillo y el profesor

  1. avellanal dijo:

    En respuesta a su solicitud, Julián María, otro texto basado a partes iguales en la prosa de Vargas Llosa y en un óleo de Tiziano Vecellio: “Venus con el Amor y la Música” (1548).

  2. Ibán dijo:

    Has convertido una obra pictórica en todo un ejercicio narrativo… ¡chapó! de veras

    y yo también soy un pagano a la búsqueda de un Venus por la que suspirar.

  3. El mariscal dijo:

    Quiero comandar tus tropas de letras. Lástima que son ininteligibles.

  4. ¡Oh!, justo que estaba pensando en preguntarte si tenía alguna influencia mi comentario anterior, leo el primer comentario de aquí, que bien que me sentí, gracias che… y a todo esto tengo en mis manos “elogio de la madrastra”, resulta que lo empecé a leer hace mucho mucho tiempo pero por alguna razón nunca lo continué (quizás era demasiado chico), ahora con esta bella adaptación que escribíste, y habiendo reencontrado el libro, no me queda otra que ponerlo en la parte de la repicita donde están los libros que estoy “leyendo ahora” :).
    En fin, como te digo, estoy halagado, que bien que subás toda tus variedades de escritos, me gusta.
    Estamos en contacto Clau, abrazo.
    Un

  5. avellanal dijo:

    Ibán: muchas gracias, y supongo que yo también estoy en la misma nebulosa.

    El mariscal: como te dije, el tuyo es el comentario más ambiguo que recibí desde que tengo este blog; me reconforta y apena, a partes iguales, saber que no leíste el texto antes de escribirlo. ;)

    Julián María: no hay nada que agradecer, che. Éste, como “Humano, demasiado humano” son tan sólo meros ejercicios sin un ápice de creatividad. Espero que “Elogio de la madrastra” te guste tanto como a mí, aunque si uno no está acostumbrado a la “lógica narrativa” de Vargas Llosa quizá al principio sea un libro no muy asequible. De todos modos, más todavía me gustó su necesaria continuación: “Los cuadernos de Don Rigoberto”, que también es una obra íntimamente relacionada con la pintura.

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