Maradona en su laberinto

Cuando se conoció la designación de Diego Maradona como entrenador del seleccionado argentino, inmediatamente pensé que se trataba de una parada brava: Diego estaba arriesgando el mito Maradona. Sobre todo para los que, pese a sus defectos, le tenemos aprecio, el temor era fundado: sentarse en un banco que se asemeja más a una silla eléctrica que al sillón de Rivadavia, suponía una osada apuesta para un hombre que en materia futbolística siempre había sido una intocable deidad para el pueblo argentino. Al aceptar descender a una tarea terrenal Maradona estaba exponiendo su dimensión sobrehumana e idílica. Y el riesgo era doble, pues a su patente falta de pergaminos como director técnico (a su inexperiencia absoluta), se le sumaba la herencia de un equipo repleto de figuras internacionales pero naufragando entre resultados decepcionantes y problemas internos. Parecía poco probable que la sola impronta emocional que Diego puede transmitir a cualquier jugador fuera suficiente para revertir una situación delicada. Se necesitaba, además, planificar con seriedad cada uno de los partidos, estudiar el funcionamiento de los equipos rivales, preparar con rigurosidad las jugadas, organizar profesionalmente los trabajos de campo, etc. Como escribió Juan Pablo Varsky: ¿Qué le demanda el futbolista a su entrenador? Soluciones, trabajo y conocimiento. Mucho más que haber sido el mejor futbolista de todos los tiempos y tener un inigualable carisma motivador.

Pensaba yo entonces que el mito se ponía en peligro porque así como dentro de la cancha era perfecto y no daba lugar a cuestionamiento alguno, fuera del verde césped inevitablemente iba a estar expuesto a decenas, centenares o miles de críticas, según fuera el rendimiento colectivo de sus dirigidos. La realidad indica que hoy por hoy los improperios se multiplican a lo largo y ancho del país e incluso en todo el mundo. No es otra cosa que la crónica de un coma anunciado. Porque observándolo, escuchándolo, queda la sensación de que Maradona aún no ha asumido su condición de ex–jugador. Acostumbrado a resolver por sí mismo todas las contrariedades que se presentan en un terreno de juego, a ponerse “el equipo al hombro” y sacarlo adelante en completa soledad, el mejor jugador de la historia no acaba de aceptar que su zurda ya no puede permitirse ir más allá de la raya de cal. Su función en la actualidad es otra, y mal que nos pese a los maradonianos, de momento no ha demostrado idoneidad.

Abonando mi teoría, luego de la paupérrima actuación frente a Paraguay, Diego afirmó, como si todavía fuese futbolista: Mientras tenga una gota de sangre voy a luchar. Lo cierto es que los que sí juegan –y para no señalar únicamente al entrenador como responsable de la desastrosa campaña– tampoco ayudan mucho; y se sabe, la materia prima del fútbol son los jugadores, de ellos depende en mayor grado cambiar la historia. A Maradona se le podrá reprochar su temperamento conflictivo, sus decisiones tácticas, su carácter volátil, su insuficiente apego a la disciplina, sus declaraciones absurdas, su escasa autocrítica, su maltrato al periodismo, pero hasta antes del encuentro con Brasil a nadie se le ocurrió cuestionar el apellido de los futbolistas convocados. Existía un inédito consenso al respecto: estaban los que tenían que estar, los incuestionables.

Considero que la inclusión sistemática de Gabriel Heinze en la formación titular debería adjuntarse entre los más inexplicables grandes misterios de la humanidad. El defensor del Olympique de Marsella jamás estuvo a la altura de las circunstancias vistiendo la camiseta albiceleste, juegue en la posición que sea, y su calidad de indiscutido en la línea defensiva parece ya un simple capricho de un entrenador con anteojeras que no puede corregir las infantiles equivocaciones que se repitan, partido tras partido, en un sector tan significativo. Las apuestas de Maradona por futbolistas del medio local, como Otamendi (un zaguero con mucho futuro pero demasiado inmaduro para afrontar tanta responsabilidad) y Domínguez, tampoco dieron resultado. Parecería que solamente Zanetti (de 36 años y con poco hilo en el carretel) y Demichelis salen indemnes en materia defensiva.

En Back to the Future, una de las películas preferidas de mi infancia -contemporánea a la plenitud de Maradona-, un científico de los años cincuenta llega a los ochenta y pregunta quién es el actual presidente de los Estados Unidos. Cuando le responden que es Ronald Reagan, el hombre, incrédulo, piensa que se trata de un chiste. Si un futbolero argentino venido de los noventa aterrizara cual paracaidista polaco sobre los últimos minutos del partido en Asunción y quisiera saber quiénes juegan en la delantera albiceleste, no podría menos que sufrir un infarto de miocardio cuando se enterara que la dupla ofensiva fue conformada por Palermo y Schiavi, dos grandotes de más de 35 años convocados a último momento por un Maradona tan desorientado como sus dirigidos.

El particularísimo caso de Messi merece diversas lecturas. Desde que Riquelme se autoexcluyó del equipo, las responsabilidades que le caben al crack rosarino han ido en aumento (más aún considerando la gran temporada que tuvo en el Barcelona). El hecho de que haya heredado la camiseta número diez, vitalicia propiedad y símbolo inextinguible de Maradona en la cultura futbolera, tampoco resulta un dato desprovisto de importancia: cargar con la casaca de Maradona supone un peso similar al de cien leviatanes al cubo. Y peor todavía, pretender que Messi asuma un rol de líder que naturalmente no detenta, es exigirle quimeras a un joven que lejos está de poseer el temperamento del mismo Diego o de otros grandes líderes (dentro y fuera de la cancha) como Beckenbauer o Cruyff. Pero además, Messi no rinde en la selección como en el club catalán por el simple motivo de que Argentina, en su funcionamiento colectivo, no juega como el Barcelona: el todo afecta a las partes, y ha quedado demostrado que Messi es un extraordinario y desequilibrante gambeteador que marca la diferencia ubicándose en el extremo derecho, siempre y cuando tenga a un Xavi o a un Iniesta que le entreguen el balón con claridad y precisión. Y, desde luego, no es lo mismo chocarse con Tévez y Agüero, dos jugadores de similares características a las suyas, que compartir la delantera con un referente de área como Ibrahimovic o Eto’o; he ahí otra de las grandes falencias del seleccionado argentino: desde el retiro de Batistuta a esta parte no ha encontrado un centrodelantero que se vuelva indiscutible a fuerza de romper redes.También he de decir, no obstante, que se aprecia falta de compromiso en Messi: cuando refunfuña excesivamente luego de perder el balón y se desentiende del curso de la jugada (el tercer gol de Brasil nació en un ataque desperdiciado por él), cuando no pide la pelota ni se rebela ante la adversidad.

Hace un tiempo escribí: Es una verdad de Perogrullo que es más efectivo un equipo amalgamado y respetuoso de las funciones particulares, que un conjunto de individualidades talentosas. El sábado pasado, viendo a Messi tomar la pelota en la mitad de la cancha e intentar esquivar infructuosamente a medio conjunto brasileño en absoluta soledad, recordé tanto ese criterio como, a contrario sensu, apreciando la armonía y simpleza del funcionamiento del equipo de Dunga. ¡Y aplausos para Kaká!

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6 respuestas a Maradona en su laberinto

  1. Juan E. Lagunas dijo:

    Gran post!!! Tienes toda la razon!!! Para mi Diego fue grande como futbolista, pero le pondría un asterisco por su doping!!! Y como entrenador, simplemente es lo mismo que como persona…una basura!!!

  2. Facu dijo:

    Estos análisis tuyos escritos en medio de la calma pero con un poco de fervor encima, vienen bien después de leer tanta gilada en diarios y revistas y escuchar tantas boludeces en los shows televisivos, como dijo Diegote.

    Desde lo pasional, quiero que Messi se quede en Barcelona (donde hoy ya hizo un gol) y no vuelva más a la Selección, porque acá corre por la sombra y sin poner la “patita”: vale 150 millones de Euros¿no? quién va a arriesgar. Ya no es jugador para nuestra selección, que es pobre y miserable. Hay que poner jugadores obreros que corran, muerdan y trabajen, y no estrellas que fulguran en la noche.

  3. Strega dijo:

    Excelente análisis mi querido Clau, comparto tanto contigo, aquella pregunta en el facebook ha quedado más que respondida, que triste, no quiero ni imaginar un mudial sin ustedes.

  4. avellanal dijo:

    Facu: hay que leerlo y escucharlo solamente al maestro de maestros: Horacio Pagani. Igual, yo sí quiero que Messi esté en la selección, pero sin endilgarle toda la responsabilidad en ofensiva tan sólo a él.

    Strega: en realidad este análisis surgió como consecuencia de tu pedido en Facebook… así que procuré ser menos escueto que allí. ;)

  5. Ignacio dijo:

    Seamos sinceros che, Argentina va a los mundiales desde hace 20 años por turismo y para ver tanto chanta inútil que vive del fútbol y a los graciosos que quieren ir a Sudafrica a alentar a la selección hay que avisarles que ya no estamos más en la década de Menem y que el dólar no equivale a un peso… Mejor que vayan los uruguayos, se lo merecen más que nosotros.

  6. avellanal dijo:

    Ojo, señor Ignacio, que yo tenía previsto ir, eh. :P

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