He cometido el peor de los pecados…

Hace unos tres meses, Fabián Casas, poeta argentino, escribió un breve ensayo en el que sostenía una hipótesis (cuando menos) arriesgada, por no emplear otros calificativos de mayor beligerancia: que una decepción amorosa en su juventud torció radicalmente el curso de la literatura de Borges. Aunque la conjetura de Casas me parezca “agarrada de los pelos”, he de confesar que disfruté a más no poder leyendo su artículo, titulado “El día que la literatura de Borges cambió”, quizás considerándolo lisa y llanamente como una ficción.

Al comienzo, Casas narra un breve episodio de su adolescencia: (…) pasé por la librería que aún hoy está en la galería y vi a Borges. Me quedé tieso. Estaba sentado, vestido con un traje claro y una mujer le pasaba un vaso de agua. Yo, iniciado por mi maestro de séptimo grado, ya había leído algunos de sus libros, pero creo que en ese entonces me interesaba más el rock que la literatura. Sin embargo, me impactó verlo. Me dio la impresión de que se movía en otro tiempo,  y que aunque la efervescencia que prometía el local de Little Stone apenas podía rozarlo, había algo vital en ese honorable anciano. En más de una ocasión he especulado sobre cómo hubiese reaccionado de haber tenido, al igual que Casas, la oportunidad de ver a Borges. Y lo cierto es que, conociéndome, lejos de ser Parseo, intuyo que también habría quedado petrificado ante la figura del semidiós de las letras latinoamericanas. Sospecho que a Casas aquel encuentro le afectó a tal grado que al día de hoy aún no ha logrado salir del sideral enfrascamiento causado por la contemplación de la figura de Georgie.

Yendo directamente al grano, Casas remite todo a una perdida noche de 1926, en el que se brindó una fiesta en honor de Ricardo Güiraldes (el autor de Don Segundo Sombra, canónica novela de la literatura argentina). Según nos refiere Edwin Williamson, biógrafo de Borges, Norah Lange, una preciosa señorita que enloqueció a cuanto poeta vanguardista existiera por aquella época en Buenos Aires (y hasta parece que Neruda se obsesionó con la pelirroja), llegó a dicha velada de la mano de Borges, pero se terminó retirando junto a Oliverio Girondo. Ese simple hecho traería una desdicha singular a la vida de Borges. Perder a Norah con otro hombre ya habría sido un desastre considerable, pero perderla con Girondo justamente era una humillación desesperante. Lo que narra Williamson es la mera descripción de un desengaño amoroso –que no sería ni el primero ni el último en la vida del escritor argentino–, y Casas se vale de ella para fundamentar su temeraria teoría: desde el preciso instante en que Girondo, haciendo gala de su extroversión e ingenio, enamoró perdidamente a Norah en esa fiesta, Borges comenzó a concebir su obra tal como hoy la conocemos y admiramos. Acaso debamos agradecerle al cielo que las dotes de seductor propias de Girondo hayan resultado efectivas, pues de lo contrario nunca nos hubiésemos deleitado con los relatos de Ficciones: esa parece ser la intención de Casas. Pretender remitir todo lo universal y revolucionario que hay en el corpus literario borgeano a un providencial santiamén de su existencia me constriñe una vez más a usar la palabra temerario. O insensato, considerando además que Borges tenía entonces veintisiete años y varias obras en su haber, en las cuales representaba anticipadamente al escritor supremo que luego fue.

El presidente de la Asociación Borgeseana, Alejandro Vaccaro, afirmó recientemente: ¿Borges pudo haber estado enamorado de Norah Lange? Desde luego, cualquier ser humano normal que hubiera pasado cerca de la monumental belleza noruega de Norah se rendiría a sus pies. Pero curiosamente, como el propio Borges reconoció en vida, él estaba enamorado de Haydee Lange, otra belleza descomunal, a la que le propuso matrimonio, como se sabe, sin mayor fortuna. Asimismo, Borges estuvo visiblemente enamorado de María Esther Vásquez –con quien escribió a cuatro manos Introducción a la literatura inglesa y Literaturas germánicas medievales–, y el que ella haya resuelto su destino amoroso por otros rumbos no influyó, que se sepa, en el devenir de las estructuras laberínticas que Borges construyó conceptualmente.

La interpretación de Casas, sin embargo, no es la primera que se vierte sobre el hipotético Big Bang de la creación borgeana. Harold Bloom, entre otros, ha situado ese instante supremo en la tarde del 24 de diciembre de 1938, pocos meses después del fallecimiento de su padre. En esas horas previas a la Nochebuena, mientras subía por una escalera, un Borges que ya padecía sus primeros problemas visuales, se golpeó con el dintel de una ventana abierta. La herida, aparentemente mal curada, desencadenó en una septicemia que lo dejó al borde de la muerte. Emir Rodríguez Monegal escribió al respecto: Después del accidente, Borges reaparece transformado en un escritor distinto, engendrado sólo por sí mismo. Antes del accidente era un poeta, un crítico de libros; después del accidente será el redactor de arduos y fascinantes laberintos verbales, el productor de una nueva forma, el cuento que es a la vez un ensayo. El nuevo Borges [el nuevo escritor] va mucho más lejos que cualquier proyecto de su padre.

Más allá de que haya algo de comprensible injusticia en querer llevarse una parte de tan colosal obra literaria descubriendo el día, la hora o el abrir y cerrar de ojos en que la literatura de Borges cambió para siempre –si es que ese día, hora o abrir y cerrar de ojos verdaderamente existió– estimo que el asunto no alberga la menor importancia. Con o sin amor, con o sin desengaño, lo importante es que Borges seguirá riéndose largo y tendido de este tipo de anécdotas, dondequiera que esté. Pero, sin lugar a dudas, lo que más gracia causará a Borges, al leer el artículo de Casas, es que lo haya designado como “el marido de María Kodama”. Se nota que todavía continúa petrificado.

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8 respuestas a He cometido el peor de los pecados…

  1. kleefeld dijo:

    Si hay algo tan relevante como los textos de Borges – o los de cualquier otro autor-, es, sin duda, la lectura “canónica”, “universal”, “académica” o “generalizada” que se hace de ellos. El querer explicar los textos borgeanos desde una perspectiva muy general, como pretenden Casas, Williamson, Vaccaro o Bloom, es, en cierto modo, intentar entrometerse y modificar la interpretación de las obras de Borges, lo que, debido a su grandeza y brillantez, sería equivalente a entrometerse y modificar la historia de la literatura, del arte, o incluso del hombre.

    Quién sabe si, en el futuro, la lectura hecha por estos críticos – de los cuales sólo conocía a uno, para mi mayor vergüenza- se considerará tan o incluso más imprescindible que los textos en sí para formarnos una idea lo más inequívoca posible de lo que ha sido, es y será el Borges escritor. Por el momento, en mis – nuestras- manos no está sino el considerar estas interpretaciones de la manera que nos parezca. A mí me parecen sumamente anecdóticas, pero quizás los años me demuestren que estoy equivocado.

    De todos modos, el tópico dice que bajo todo gran arte se esconde un gran dolor, o una gran necesidad. Quién sabe qué desencadenó la obra del grandioso Borges. Desde luego, la genética, la sociedad y el azar permitieron que se produjera el efecto. Desde tu punto de vista, avellanal, el autor del cambio que llevó el Borges aprendiz a manos del Borges maestro, es lo de menos. Seguramente estés en lo cierto. Pero quizás se esconda, en este cambio a priori olvidable, una explicación a la opinión generalizada que hace de Borges un gran literato, un gran escritor, e incluso un genio. En cierto modo, el querer descubrir el por qué no es sino un deseo profundo de querer saber quiénes somos los que leemos a Borges, y por qué lo leemos de cierta manera. Lo que quizás cobre más importancia aún – repito- que los textos mismos en según qué campos.

    pd: Te ha quedado un texto precioso :-)

  2. Ibán dijo:

    Pero es que a todos, todos al final una decepción (amorosa o no) nos tuerce

    no tengo tan claro que, en cambio, se pueda considerar sin embargo que la literatura cambió: es la que tuvo que ser…

  3. Facu dijo:

    a mí también me gusta cómo te quedó el texto, y leyendo el artículo de Pablo Casas me pareció muy interesante lo que dice en la primera parte sobre las bibliotecas y la herencia.

    Pero mi duda es ¿qué significa el título? Sé que no soy muy versado en esta materia, pero no le encuentro relación con el texto.

  4. avellanal dijo:

    Kleefeld: antes que nada, el único crítico reconocido de los mencionados es, sin lugar a dudas, el señor Bloom. El autor del artículo que motivó mi texto (Fabián Casas) es un poeta medianamente popular en el mundillo literario argentino, pero no así fronteras afuera. A Edwin Williamson sólo lo conozco por “Borges: A Life”, una biografía tal vez más útil para los lectores anglosajones que para nosotros. Y Alejandro Vaccaro, quien merece el mayor de mis respetos, es un estudioso de la obra borgeana y actual presidente de la Asociación Borgeseana.

    Por otro lado, en realidad hay dos interpretaciones: la de Casas, completamente novedosa, que se basa en el suceso narrado por Williamson en la biografía; y la de Bloom (y otros), que viene desde hace lejos y que ha logrado un consenso más amplio.

    Querer descubrir el por qué de ese cambio, ya lo digo, me parece una injusticia comprensible. Una injusticia siempre que no se utilice el subjuntivo, pretendiendo “vender” como una certeza absoluta un cambio sustancial que Borges jamás mencionó como tal. El más autorizado para esclarecer esas hipótesis hubiera sido Adolfo Bioy Casares, pero no me consta que se haya referido a esas circunstancias en la vida de su amigo más que anecdóticamente, al pasar. Comprensible porque, como bien dices, tras esas interpretaciones se esconde el empeño de querer saber, sabiendo quién era Borges, quiénes somos los que lo leemos.

    Ahora, si me preguntas a mí, considero que la teoría de Casas es muy bonita pero completamente descabellada, mientras que la del golpe en la cabeza y posterior septicemia tiene algún asidero más sólido. Con todo, prefiero pensar que el gran escritor que fue Borges no es el producto maquinal de un desengaño amoroso ni de un prematuro roce con la muerte, sino se debe, en un amasijo de influencias, a los libros que leyó de joven, a “El príncipe feliz”, a Twain, a Stevenson, a “Las mil y una noches”, a Shakespeare, a Coleridge, a Poe, a Whitman, a “La divina comedia”.

    Ibán: completamente de acuerdo con tus dos afirmaciones. Más allá de éste caso en concreto, pretender negar que las decepciones obran modificaciones harto significativas en la vida de los hombres es querer tapar el sol con la mano.

    Facu: gracias por preguntar, pues estaba pensando que quizá debía una explicación. Que no todos los lectores del blog tienen necesariamente que ser conocedores ni mucho menos fanáticos de Borges. Se debe a un poema suyo (pese a que Casas manifiesta que su costado poético quedó sepultado luego de 1926) que reproduzco en su estrofa inicial:

    «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados».

    ¡Qué respuesta más larga me quedó!

  5. padawan dijo:

    Vaya Clau, iba a poner un comentario pero ya has expresado lo que quería decir. ¿Por qué buscar un instante que cambiase la literatura de Borges? Lo que hace a Borges no es un golpe en la cabeza o un desengaño, si no toda una vida de lecturas y experiencias. Algunas más importantes que otras, pero todas ellas importantes.

  6. avellanal dijo:

    El episodio de la manzana en la cabeza de Newton, me parece, no se repite en el caso de Borges. ;) Además, es sabido que la vida del artista no determina su obra de arte, por más que ambas se relacionen de modo estrecho.

  7. Coincido en todo (desde que es tapar el sol con la mano, hasta que es un texto precioso), excepto, en el último comentario que dejaste, jaja.
    Si, el fisicoide tiene que salir a defender a los suyos :P. A lo que voy es que la “Newton y la manzana” es una buena analogía para esto de Borges, es buscar simplificar toda una vida de estudios para transformarlo en un suceso anecdótico… lo cual no está mal si se toma, como bien decís, en forma de ficción.

    Aclaro que Newton no merece ser defendido, ladrón de mierda, jaja.

    Bueno, yo de vuelta aquí por los pagos blogueros, escribiendo y leyendo… ya no estoy estudiando para el final que no rendí (no, no llegué)… que irónicamente rendía cálculo (se dice que el cálculo lo inventó Newton pero en realidad lo había inventado alguien antes, de ahí que digo “ladrón de mierda”, jaja) .

    En fin, un gusto volver a leerte Clau, estamos en contacto, abrazo.

  8. Instan dijo:

    La mitad de las falsas reseñas de “Vacío perfecto” de Lem, que admiraba la obra literaria de Borges, son una bufonada para reírse de los excesos que a veces cometen los críticos para explicar la obra de un autor. Y tal parece en este caso que podrían comentarse esas teorías del mismo modo que hace Lem…

    Sí que creo que un desengaño amoroso o una lesión pueden condicionar por completo la obra de alguien, pero esa obra, como bien se ha comentado, no surge de la nada. Y me parece excesivamente reduccionista buscar la clave de la obra en un autor tan complejo en un único incidente en un instante concreto.

    Pero bueno, quién lo sabe, me ha gustado esa teoría del desamor,je,je.

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