“Entre mujeres solas” como epopeya del suicidio

Es un muchacho lleno de vicios. La culpa es de este mundo donde los padres hacen demasiados millones. Así, pues en vez de comenzar desde la orilla, como todos los animales, sus hijos se encuentran con el agua hasta el cuello cuando todavía no han aprendido a nadar, y entonces beben. (Cesare Pavese, Entre mujeres solas).

En 1950 Cesare Pavese se suicidó en una habitación de hotel engullendo doce sobres de somníferos. Es imposible prescindir de esta referencia si se pretende captar el sentido de los dos relatos que componen su obra Entre mujeres solas, en los que apenas si nos habla de otra cosa que de suicidio, no tan sólo porque éste aparece concretamente en el caso de Roseta Mola, sino también porque se lo alude persistente, obsesivamente. Todo parece agitarse, en estos dos relatos, dentro de una atmósfera alucinada de suicidio, de acabamiento invariable. Personajes y paisajes se suicidan por igual.

Como oportunamente lo terminara de demostrar Durkheim, el suicidio es sólo en su consumación una determinación subjetiva, mas en el proceso previo jamás pierde su condición de hecho social. Y está ligado, como todo acontecimiento humano, a una situación histórica en particular. Turín, de 1950, del mismo modo que toda ciudad o pueblo italiano de posguerra, con un recuerdo y una espera de muerte, solamente busca afirmarse de forma positiva en tanto existencia transitoria, fugaz, sin pasado ni futuro, ardiendo en el fuego de las pasiones, removiéndose en el instante, o sea devastándose, suicidándose, porque la existencia no es sino extinción. Poli, de “El diablo en las colinas” paga las diversiones con su tisis; vivir más plenamente es para él un deslizarse hacia la muerte, un suicidio sin necesidad de somníferos en exceso.

Este movimiento estrictamente negativo, anárquico, demoledor, suicida, encuentra su expresión más acabada en el acontecimiento social-psicológico que es la fiesta. El microclima de la mayoría de las ciudades europeas de posguerra era el de una celebración colectiva desplegada sobre una escenografía gris de ruinas y escombros: mezcla paradójica de frivolidad y esnobismo con calamidad y sinceridad. El grupo de las mujeres (en el primer relato) y el del Greppo que se mueve alrededor de Poli (en el segundo) –pareciera que en Pavese no se puede hablar de individuos, sino de pequeñas colectividades– también transcurren sus existencias en una fiesta continuada: juegan, bailan, beben, se drogan, hacer el amor, un amor que no reclama nada; hacen arte, un arte que no otra cosa que una coartada, un mero pretexto, (…) hablan de música como si se tratara de cocaína. Todo lo que es puramente asocial, gratuito, improductivo: violar las leyes morales, dilapidar riquezas y tiempo, y dilapidarlos para nada, por esplendidez; lujo y placer no son sino disgregación, estropicio y desintegración en las criaturas del escritor italiano.

No obstante, la tensión de la existencia, realizada como pura negatividad en el canto, en la danza, en la sonrisa, en el erotismo, en el juego, en la embriaguez, no puede mantenerse por demasiado tiempo: la afirmación del presente subjetivo, la exaltación del instante puro es una abstracción. Así, el júbilo se vuelve tedio, la borrachera muda en fatiga, y con las primeras luces del amanecer, hombres y mujeres reconocen un amargo sabor de ceniza en las mismas bocas que momentos antes exhalaban dulces hálitos de placer. Y quedan con las manos vacías porque el presente absoluto se les ha escabullido como arena entre los dedos: no se puede jamás poseer el presente (recordaba Borges que una de las escuelas filosóficas de la India directamente negaba el presente por considerarlo inasible).

Además, ni tan siquiera han sido capaces de reconocer su existencia comunicándose entre sí. Inmersos en el bullicio y el amontonamiento, a cada uno le toca morir en completa soledad. Dicho de otro modo, no puede haber solidaridad entre suicidas. La fiesta adquiere de este forma un tinte patético, catastrófico y fúnebre. Por eso, lo que más se asimila a una fiesta es un bombardeo; ambos sucesos, a veces rutinarios, a veces extraordinarios, tienen idéntica sensación de derrumbe, de aniquilación terminante, de apocalipsis. Precisamente es luego de una fiesta cuando Roseta, prefigurando el destino de su creador, se encierra sola en un dormitorio de hotel para ingerir su correspondiente dosis de veneno. Entre mujeres solas, con sus decorados de clubes nocturnos, de casa de modas, ateliers, bares y hoteles lujosos, con la puerilidad y alegría efímera de una semana de carnaval, brinda la exacta impresión –sin decirlo jamás– de un intervalo entre dos guerras, entre dos muertes.

Volviendo a la cita inicial, es preciso decir que ese sentido festival de la vida está estrechamente unido no ya únicamente a un tiempo histórico, sino a una clase social: la burguesía. Más que nadie, es pues el burgués quien siente que todo se derrumba, dado que es su clase la hundida en una crisis. Cualquier burgués es un potencial suicida. Nacer en “cuna de oro” es la maldición que Pavese carga a sus personajes; suerte de pecado original del que nunca se podrán redimir y que los irá sumergiendo cada vez más en la inutilidad, en la impotencia, en la ruina. Nada los compromete verdaderamente, son libres para nada. Vivir, para ellos, no es una necesidad, sino un lujo. Viven por exceso, gratuita, superfluamente; por eso quieren vivir más plenamente en el éxtasis de la fiesta, en la destrucción de la ostentación, en el placer, y por eso también viven más pobremente, bebiendo hasta las heces ese ingente bostezo abstracto que Pavese consigue transmitir con admirable destreza por medio de un estilo deliberadamente monótono y plomizo no exento de encanto literario.

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5 respuestas a “Entre mujeres solas” como epopeya del suicidio

  1. Daría cualquier cosa por tener tiempo suficiente para leer las recomendaciones que pones en tu blog.

    No conocía a este autor pero, entre tu recomendación y mi pasión por los suicidas, trataré de hacerme con esta obra.

    Por tus palabras me ha recordado un poco a Bret Easton Ellis o quizás solo sea mi impresión.

    Un saludo y es genial leerte.

  2. avellanal dijo:

    Gracias por los inmerecidos elogios, María. El tiempo, últimamente, es un bien escaso para la mayoría.

    Si te apasiona la “cuestión suicida”, y aunque sea un estudio sociológico, te recomiendo el libro que Émile Durkheim escribió al respecto.

    De Easton Ellis sólo he leído “American Psycho”, así que no estoy en condiciones de respaldar ni de rechazar la analogía. Todo es posible, supongo.

    Un beso.

  3. Facu dijo:

    Yo tampoco conocía a Pavese, pero la reseña invita a comprar ese libro. ¿Es una especie de autor de culto o algo así? La ignorancia no tiene límites, lo sé.

  4. avellanal dijo:

    Bueno, yo tampoco he leído nada de Italo Calvino y sólo fragmentariamente a Claudio Magris, por nombrar otras célebres plumas italianas contemporáneas. Con respecto a tu pregunta, Facu, habría qué precisar a qué te referías con “autor de culto o algo así.

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