«¡Exterminad a estos bárbaros!»

Tengo que decir algo: una de las experiencias más enriquecedoras y asimismo emocionantes en las que literatura y cine se conjugan y retroalimentan, fue para mí la lectura de El corazón de las tinieblas y el visionado de Apocalypse Now. Buceo en la tempestuosa marisma que es mi memoria, y no consigo dar con otro ejemplo de semejante envergadura que haya calado tan hondo en la interioridad de quien escribe. Quizás exista, no lo niego; sobre todo, considerando que he visto demasiadas películas, mas no he leído los suficientes libros. Pero, de haberlo, hoy no lo recuerdo. Hoy sólo tengo un amasijo de reminiscencias aflorando en indescriptible desorden desde los desvanes de mi cerebro, y no conducen sino al corazón de África.

Hacia 1890, Józef Teodor Konrad Korzeniowski se embarcó rumbo al Congo, para desempeñarse en el gran río como capitán de un vaporcito dedicado al comercio. Cuando llegó a Kinshasa, la Compañía de Leopoldo II que lo había contratado le informó que, a contramano de lo pactado, no comandaría el barco asignado, sino que sería segundo de a bordo en el Roi des Belges, bajo las órdenes de un capitán sueco. El cometido que tenía la nave consistía en internarse río arriba, hasta llegar a un ignoto campamento en medio de la selva, para recoger a un agente de la Compañía que había caído gravemente enfermo. Luego de rescatarlo, durante el viaje de regreso, el agente terminó por fallecer y el capitán sueco también enfermó, de modo que el futuro Joseph Conrad debió hacerse cargo del vapor. Pese a que su intención primera era permanecer en tierra congolesa por espacio de tres años, cumpliendo de algún modo el sueño que albergaba desde niño de recorrer un continente que le fascinaba, aquella travesía y ciertos padecimientos físicos, conspiraron para que, decepcionado, regresara a Europa con mucha anterioridad a lo previsto.

La brevísima experiencia africana aludida anteriormente le bastó a Conrad para construir una de las novelas que dominaría, al menos en lo que a Occidente respecta, el imaginario popular sobre un continente ignorado. Como señaló Pablo De Santis, mientras en Las minas del rey Salomón (de Henry Rider Haggard) África se erige como el postrimero refugio de la aventura –entradas secretas, leones, cocodrilos y tesoros perdidos–, en El corazón de las tinieblas es propiamente el infierno.

No es necesario detenerse en las biografías del autor polaco para darse cuenta que sin esos seis meses en el Congo difícilmente hubiera podido escribir su desgarrador relato. Si Marlow, el narrador, es un alter ego del propio escritor, forzoso es concluir que, cargado El corazón de las tinieblas de detalles autobiográficos, el enigmático personaje en torno al cual gira la historia (Kurtz) no es otro que el trastornado agente al cual Conrad rescató para luego verlo morir. Vargas Llosa escribió que pocas historias han logrado expresar, de manera tan sintética y subyugante como ésta, el mal, entendido en sus connotaciones metafísicas individuales y en sus proyecciones sociales. En una oportunidad, Charlie Marlow expresa: Si hubiera dado crédito a mis ojos habría gritado; pero al principio no lo hice. Me parecía imposible y estaba paralizado de miedo. Era un terror destilado, sin conexión con el peligro físico. En efecto, cuando leemos fragmentos como éste, comprendemos que el descenso a los infiernos que vuelve una y otra vez a la memoria de Conrad, es la denuncia histórica de la masacre cometida con los nativos congoleños por un sanguinario déspota como Leopoldo II de Bélgica desde 1885 a 1906, pero también es –y he aquí lo verdaderamente significativo– la azorada descripción de la barbarie en su máximo esplendor, de la caída del espíritu humano hacia el más negro de los abismos. Cuando Kurtz, en su agonía y envuelto en tinieblas, clama “¡Ah, el horror, el horror!”, está exacerbando hasta el extremo máximo la bestialidad que él, como agente de la Compañía, encarnó en el corazón de la selva africana, saqueando marfil y explotando a los «salvajes».

Incluso transcurridas varias décadas de su publicación, muchos no comprendieron el relato de Conrad. Lo llegaron a tildar de racista, preguntándose por qué debía ser el Congo y no el imperial  Reino Unido el enclave terrenal del infierno. Sin embargo, de esa dialéctica entre civilización y barbarie que es inherente a El corazón de las tinieblas, como bien señala Vargas Llosa, no se desprende de ningún modo que África constituya lo primitivo y Europa lo civilizado: Si hay una barbarie explícita, cínica, la encarna la Compañía, cuya razón de ser en las selvas y ríos donde se ha instalado es saquearlos, explotando con ilimitada crueldad a esos caníbales a los que esclaviza, reprime o mata sin el menor escrúpulo, igual que a las manadas de elefantes, para conseguir el oro blanco, el ansiado marfil.

Del mismo modo que en la compleja estructura narrativa tejida por Conrad, dos ríos (el Támesis y el Congo) se alternan el protagonismo escénico, como microcosmos, representaciones acotadas del universo, volviéndose difusa por momentos la línea que separa un tiempo histórico del otro (el presente londinense se mezcla con la antigua aventura africana que el narrador le relata a sus amigos, en unos vasos comunicantes que recuerdan a Scheherezade), al igual que en esa realidad binaria, digo, en la cual Marlow avanza rumbo a una oscuridad cada vez mayor, es que Francis Ford Coppola extrapolaría el mismo horror a la guerra de Vietnam. En la piel de Martin Sheen, el capitán Marlow ya no navegaría por el gran río africano, sino que se adentraría en la selva vietnamita, alegoría más moderna de la pesadilla en la que el hombre se despoja de su último grado de dignidad. En esa atmósfera tantas veces (mal) retratada por Hollywood –desconociendo las figuraciones recónditas y las resonancias mágicas que subyacen tras el vaho vegetal, es que el protagonista busca al endiosado y enloquecido Kurtz, ahora en la inigualable figura de Marlon Brando. Es una demostración más, como decía ut supra, de que la marcha voluntaria del hombre hacia el corazón de sus propias tinieblas puede producirse en cualquier momento de la historia.

Esta entrada fue publicada en Cine, Literatura. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a «¡Exterminad a estos bárbaros!»

  1. thermidor dijo:

    Lo que hizo el rey de Bélgica, de haber sucedido en algún otro lugar del planeta, hoy tendría mayor repercusión.

  2. padawan dijo:

    Tiene mucha razón thermidor. Aún sigue habiendo barbaries de primera y segunda categoría.
    Tengo que volver a repasar El corazón de las tinieblas y Apocalypse Now

  3. avellanal dijo:

    Absolutamente de acuerdo. Comparable a Stalin y Hitler.

  4. kleefeld dijo:

    Maravilloso texto, avellanal. Me quito el sombrero.

    No he leído aún “El corazón de las tinieblas” – a pesar de haber traducido varios fragmentos de la novela en la universidad- pero sí que he visto “Appocalypse now” y puedo hacerme una ligera idea de tus impresiones.

    Suscribo lo dicho por thermidor y padawan. De todos modos, hay que contextualizar la novela, no lo olvidemos.

  5. avellanal dijo:

    Muchas gracias, Kleefeld. ;)

    Pues yo todavía tengo pendientes “Nostromo” y “Lord Jim”, supuestamente las más valiosas obras de Conrad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s