“Paranoid Park”, de Gus Van Sant

Alguien escribió que Paranoid Park era una bofetada al cine convencional de Hollywood, y ese alguien tenía razón. Desde el principio, cuando los créditos pasan bambaleándose sobre el plano inamovible de un colosal puente, con el cielo lánguido cubriéndolo y la imagen continuamente acelerada (¿símbolo quizá de las metrópolis contemporáneas o, hilando más grueso, del sistema económico vigente en las últimas tres décadas y cuyo correlato cultural ha sido el posmodernismo?), el espectador se entera que el filme corre por el carril opuesto de lo prefabricado y consabido: apartamiento de las estructuras narrativas tópicas, recurrente discontinuidad temporal, planos largos y sugestivos que estimulan la imaginación visual, exigüidad de diálogos, entre tantas otras peculiaridades que se podrían mencionar.

En Paranoid Park el suceso a priori determinante –el asesinato culposo de un guardia en las vías del tren–, sobre el que debería girar la trama de la película, apenas tiene una importancia comparable –para la cámara de Van Sant– a cualquier otro hecho (aparentemente) banal en la vida del protagonista. Y es que el director nos introduce, sin presentaciones ni preámbulos, en la cotidianeidad de Alex –un adolescente estadounidense introvertido–, pero no desde un enfoque objetivo, sino adentrándose en su mente y en su percepción de la realidad que lo circunda. Como resultado, el espectador queda aprisionado por la narración subjetiva de historias mínimas, de momentos cruciales, de miradas furtivas, de grises reminiscencias, de diálogos espontáneos, que, suspendidos en el tiempo, forman las pequeñas piezas de un puzzle desordenado.

El sumergimiento en la vida interior de este adolescente no constituye un mero capricho del director, pues ese ejercicio contemplativo deviene en una no explicitada metáfora sobre el estado de cosas en una sociedad desintegrada social, cultural y moralmente, en la que no sólo entraron en crisis las finanzas sino también la calidad de las personas. Intuyo que Van Sant trata, en definitiva y entre otras cosas, de reflejar problemas teens candentes en estos tiempos de confusión, como la incomunicación familiar, la soledad y la falta de comprensión, por intermedio de la desorientación vital de un joven errabundo y aquejado por su conciencia (otro más de esos seres que con tanta empatía ha sabido retratar anteriormente en largometrajes como My Own Private Idaho y Elephant). Una escena que sirve para graficar la imposibilidad de los adultos para penetrar en el universo de Alex es aquella en la que asume las palabras del padre, explicando con seriedad su divorcio, con una displicencia rayana en la más completa indiferencia. La misma indiferencia, por otro lado, con la que transita su primera experiencia sexual, reducida a un simple trámite de iniciación carente de mayor relevancia.

Por otro lado, fue objeto de mi sorpresa el rescate de ciertos tramos de bandas sonoras compuestas por Nino Rota para películas de Federico Fellini, intercaladas con ritmos de hip hop y algunas canciones siempre apacibles y melancólicas del gran Elliot Smith. Con tan curiosa combinación se consigue reforzar la sensación de subjetividad casi absoluta, pues no oímos cualquier música, sino la que corresponde con las sensaciones íntimas o la que se filtra en la memoria auditiva de Alex según los momentos. En ese sentido, merece destacarse el instante en que observamos el modo en que su novia gesticula, grita y maldice; el espectador deduce que tan irascible reacción se debe a que él acaba de dejarla, puesto que en ningún momento se oye más que la etérea y resplandeciente música de Giulietta degli spiriti como sinónimo del desinterés que le produce al protagonista lo que la chica le dice: físicamente se encuentra frente a ella, mas su mente divaga por otras latitudes.

Resultaría un atropello finiquitar este comentario sin hacer mención a una de las escenas más preciosas que recuerde haber observado en los últimos tiempos: gotas de agua cayendo en cámara lenta como símbolos de una imposible expiación sobre el cuerpo de Gabe Nevins (el actor no profesional que eligió Van Sant para personificar a Alex). Es una ducha hipnótica, desconsoladora y nunca más solitaria, en la que el distorsionado tiempo (es preciso aclarar que la narración, además, imita los mecanismos de la memoria) se derrumba con esos ralentís y esa gama de tonos desaturados (magistral trabajo del director de fotografía Christopher Doyle).

El film es también un intrincado recorrido por la geografía urbana de un parque para skate donde los jóvenes se refugian de los problemas de la vida diaria en una suerte de catarsis colectiva. Pero, sobre todo, Paranoid Park es una inmersión psicológica que envuelve, involucra y conmueve con su halo de ahogo y tristeza acumulada. Sin dudas, éste es el Van Sant minimalista y outsider que alguna vez, allá a mediados de los ochenta, sorprendió a muchos. Ojalá siga por esta senda, propinándole bofetadas tan hermosas a la oxidada maquinaria de Hollywood y a su star-system.

Paranoid Park (EE.UU., 2007).
Director: Gus Van Sant.
Intérpretes: Gabe Nevins, Taylor Momsen, Jake Miller, Daniel Liu, Lauren McKinney, Scott Green, Grace Carter.
Calificación: 7,50.

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11 respuestas a “Paranoid Park”, de Gus Van Sant

  1. A mi me dejó regusto amargo: por un lado, tiene escenas, momentos, imágenes, de una belleza deslumbrante (el que mencionas de la ducha es uno de ellos), de una sensación de desconcierto fascinante, instantes de gran conjunción audiovisual, e incluso pequeñas chispas de gran energía emocional. Pero también hay exactamente lo opuesto: momentos de frialdad y desinterés, trucos que no me gustan (la cámara en super 8)…
    Pero a pesar de eso la disfruté mucho (como también conseguí con Elephant, que considero más redonda – quizá menos arriesgada, pero de mayor efecto global), y ciertamente colaboró en que aumentara mi interés por la obra de van Sant.

  2. avellanal dijo:

    Kapellmeister: antes que nada, tengo que decir que coincido plenamente con tu observación sobre esos innecesarios tramos en súper 8.

    También estoy de acuerdo con que “Paranoid Park”es más arriesgada que “Elephant”, aunque no sabría decir en este momento, según mi óptica, cuál de las dos es más redonda.

    Y, por cierto, lo de la bofetada viene a cuento porque -no sé si lo has visto- en “Milk” (el largometraje posterior a “Paranoid Park”), Van Sant más que darle un bofetón, ha tomado de la mano al cine más ordinario de Hollywood y se ha ido caminando con él. Esperemos, por su bien, que ya lo haya soltado.

  3. No la he visto, Milk, y tampoco tenía previsto hacerlo en futuro próximo, así que lo dejaremos para otro año.
    Sí que quiero conseguir Last Days y Gerry, que parece que van cogidas de la mano con Paranoid o Elephant.
    Y es que van Sant, cuando quiere, es capaz de expresar algo parecido al Tiempo Perdido de Proust, pero cuando se le va el pulso, entra en el terreno del telefilm más casposo.

  4. kleefeld dijo:

    Con lo de “parecido al Tiempo Perdido de Proust” me parece que se le ha ido la mano, señor Kapellmeister. Van Sant atrapa a la perfección el “presente” y lo presenta además como algo absoluto (a través de los laaargos travellings en “Elephant”, o la visión más subjetiva – en palabras de avellanal- de “Paranoid Park”), mientras que en Proust el presente no existe más que cuando se funde con el pasado. Dicho de otro modo, el presente es para Proust el momento en el que se recupera el pasado para llenarse de él, para beberlo y, en última instancia, para reconocerse en él; mientras que Van Sant atrapa el aquí y ahora como esas puertas – igual de válidas- para entrar en contacto con el absoluto. En uno lo que cuenta es la proyección hacia atrás – la reconstrucción/el descubrimiento-, en el otro la disolución presente – la muerte-.

  5. ¿Y no se mezclan nunca el pasado y el presente en Paranoid Park? ¿En Elephant? ¿Los recuerdos que nos acompañan y que marcan y conforman nuestro presente?

  6. avellanal dijo:

    Imposibilitado de poder hacer algún aporte acerca del comentario de Kleefeld, voy a limitarme a decir que “Gerry” es un film de una belleza inclasificable, pese a que en su momento yo estaba tan desorientado como sus propios protagonistas. “Last Days”, en cambio, y aun en su anti-convencionalidad como suerte de acercamiento al biopic, me pareció una película mucho más obvia. Así y todo, creo que ambas merecen ser vistas, pero de esa especie de trilogía minimalista yo me quedo con “Elephant”.

  7. kleefeld dijo:

    Habrá que verlas, pues.
    Por cierto, avellanal y Kapell meister, ¿qué sentido le dais a aquello de:
    “- No creo que esté preparado para Paranoid Park.
    – Nadie está preparado para Paranoid Park.”?
    ¿Alguna lectura existencialista, metafórica…?

  8. avellanal dijo:

    En mi opinión, a medida que la película avanza, uno se percata que no se trata tan sólo de un diálogo lineal, y que evidentemente tiene una connotación metafórica relacionada con el parque entendido como “el espacio decisivo”.

    Por cierto, Kleefeld, imagino que a vos no te habrá hecho mucha gracia la utilización de las partituras de Nino Rota.

  9. kleefeld dijo:

    avellanal dixit: el parque entendido como “el espacio decisivo”

    A eso quería llegar. ¿No os parece un poco pobre – hablo en plural para dirigirme a avellanal, Kapellmeister y a quien se tercie- la representación de ese punto de llegada, de partida y de madurez forzada? La vaguedad, que tanto me gusta en otras partes de la peli, y que uno se ve tentado de relacionar con lo “eterno” – vaguedad, por otro lado, representada en lo visual por esa cámara lenta, esas distorsiones, etc.- no me parece que aquí sea suficiente para describir todo lo que es, o se quiere que sea, o se supone que tiene que ser, este Paranoid Park cuyo nombre promete mucho más de lo que acaba por dar.

    Y en lo que respecta a la música de Nino Rota, su uso me pareció curioso – y divertido- antes que irritante o deleznable. Obviamente, es algo que ya se había hecho antes y uno acaba acostumbrándose – alguien que se adelantó a Van Sant fue Fassbinder en su maravillosa “En un año con 13 lunas”… ¡Fassbinder se adelantó tanto a todos! :-P-, pero aquí me parece relevante el que sirva como contrapunto – relativo- a los paseos silenciosos, lentos y trágicos que se ven en “Elephant”. Todo lo que en “Columbine” es sobrio y opaco, aquí, por el contrario, es juego de contrastes de sonidos y tonalidades. Y me gustan los resultados obtenidos en ambas opciones.

    Pero Van Sant nada puede hacer ante las grandes pelis de Fellini, claro. Eso es indudable. :-D

  10. avellanal dijo:

    Sí, quizá la representación que Van Sant realiza de ese parque, en efecto, queda a mitad de camino, no es lo suficientemente contundente, considerando el protagonismo que en teoría debería tener. De hecho, esos tramos en súper 8 que mencionaba Kapellmeister -y que no aportan nada al conjunto del film- se desarrollan en el mencionado parque.

    Además de (innecesario es) ratificar tu último párrafo, me apunto la peli de Fassbinder, claro que sí. :)

  11. Nada que añadir, excepto que quizá la misma indefinición del Park contribuye en la sensación de pérdida. Eso sí, potenciando esa indefinición propia del parque (y no representarlo tan… “pequeño” y cotidiano) y dándole más relevancia hubiera sido una peli distinta y, quizá, mejor.

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