El afán poseedor de Emma Bovary

El ensayo que Mario Vargas Llosa –un erudito amante de otras criaturas tan dispares como Jean Valjean, David Copperfield, D’Artagnan y Pierre Bezukhov– le dedicó a Madame Bovay versa menos sobre la novela homónima de Flaubert que sobre el personaje en sí mismo, considerado como un ser independiente de la creación literaria, que no obstante su encasillamiento constante y sonante, ha logrado trasponer no ya las barreras del arsénico, sino las propias murallas de la «realidad ficticia» para enriquecer con su persistente presencia la, a veces, absurda y compleja «realidad real» del último siglo y medio.

Habiendo tenido la dicha de leer algunas de sus novelas, que lo han convertido –con total justicia– en uno de los narradores canónicos de las letras latinoamericanas, se me hace preciso decir que el escritor peruano exterioriza igual capacidad, solvencia y pasión, sobre todo pasión, cuando se pone el traje de crítico literario y amplía las perspectivas que sobre tal o cual corriente literaria, autor u obra teníamos previamente, proyectando sus efectos a futuro. Resulta extraño, casi infrecuente me atrevería a decir, que un ensayo literario logre seducirnos –causándonos similar interés y compenetración– como lo hace una novela o un conjunto de cuentos. Sin embargo, contrariando esa regla, la lectura de La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary me causó equivalente delectación que el enfrentarme a las páginas de La ciudad y los perros.

Además de constituir un curso literario per se, habitan en el referido ensayo algunas revelaciones que no dejan otra alternativa: correr a la biblioteca en presurosa búsqueda del libro firmado por Flaubert –especialmente para los que leímos Madame Bovary en un tan lejano verano de 2004–, y,  ora emprender una relectura, ora pasar páginas y capítulos con diligencia hasta hallar alguna parte en concreto. Es mi deseo reseñar una inextricable unión que observa Vargas Llosa en la psicología de su admirada Emma: la pasión erótica de la mano del afán poseedor, entendido éste en su sentido capitalista. Cuando me  adentré en la ¿calma? provinciana de Yonville, probablemente sospeché, pero de soslayo, que el ansia de elevación social que anidaba en el espíritu de Emma, hasta convertirse en el deseo monopólico de su existencia, estaba ligado por unos lazos indestructibles al tema del amor, pero de ningún modo reparé en las vinculaciones más profundas que teje el autor de La guerra del fin del mundo.

Es en la relación amorosa que Emma mantiene con Léon donde la connivencia de lo erótico con lo monetario alcanza sus cotas más altas y complejas. Y es que el amor reprimido que siente hacia el joven, en un principio, atormenta a la Bovary casi tanto como su insaciable apetito de riqueza. En la lectura de Vargas Llosa: Emma, cuando ama, necesita rodearse de objetos hermosos, embellecer el mundo físico, crear en torno un decorado tan suntuoso como sus sentimientos. Es una mujer para la cual el goce no es completo si no se materializa: proyecta el placer del cuerpo en las cosas y, a su vez, las cosas acrecientan y prolongan el placer del cuerpo. A medida que la insatisfacción sensual y afectiva en apariencia se transforma tan sólo en un mal recuerdo –en el momento en que sus pasiones, otrora aplacadas, comienzan a salirse de cauce, y sus encuentros con Léon ganan en audacia–, las deudas con el prestamista Lheureux asimismo aumentan desorbitadamente; en definitiva, no es sino el deseo de lujo y derroche lo que conducirá irremediablemente a Emma a su autodestrucción.

Madame Bovary, en cierto sentido y ubicada contextualmente, es una suerte de diatriba contra el romanticismo vulgar y su falso idealismo literario, revelada también en la mediocre visión del arte que manifiesta Emma: sólo estima aquello que incita a la fantasía y a la evasión, por más superficial que sea. Busca paliar el desengaño y el aburrimiento presentes en su vida cotidiana poseyendo cada vez más objetos, pero más temprano que tarde termina por descubrir que la realidad está siempre por debajo de las ensoñaciones que le transmiten los ínfimos tópicos literarios. En Madame Bovary apunta esa alienación que un siglo más tarde hará presa en las sociedades desarrolladas de hombres y mujeres: el consumismo como un desfogue para la angustia, tratar de poblar con objetos el vacío que ha instalado en la existencia del individuo la vida moderna. Al intentar contrarrestar la insuficiencia existencial mediante la adquisición de productos, a través de su vocación poseedora, Emma prefigura a los compradores compulsivos de nuestros días. Lo que tal vez empieza siendo un medio para solazar en algo la invariabilidad de sus días, muy pronto muda en un fin, en una necesidad vital: las cosas dejan ya de ser herramientas de los hombres para convertirse en sus soberanos. Allí radica en parte la tragedia de Emma Bovary; allí radica la clave para comprender la tragedia del mundo moderno.

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9 respuestas a El afán poseedor de Emma Bovary

  1. kleefeld dijo:

    Excelente texto, del que me gustaría remarcar algunas cosas:

    1) George Steiner dice continuamente en sus libros que el ensayista “nunca” estará a la altura del “creador-Proust, creador-Joyce, creador-Total”. Yo no estoy de acuerdo. Eric Auerbach tiene ensayos muy lúcidos e inspiradores, por ejemplo.

    2) Cuando veas “El matrimonio de Maria Braun”, de Fassbinder, espero que descubras las muchas similitudes que guarda con la lectura vargallosiana de “Madame Bovary”

    3) Y, finalmente, cuando te acerques a la obra de Jean Genet – en especial su “Diario de un ladrón”- será interesante comprobar hasta qué punto su filosofía es antagónica a la de Bovary – la suciedad, lo repugnante y la pobreza como sinónimo de excelencia-.

    Tus textos siempre me hacen pensar en mil cosas distintas. Y como a eso se le suma un buen estilo, la conclusión es siempre la misma: artículo sobresaliente. Again! :-)

  2. kleefeld dijo:

    (En lo que respecta a Genet: sinónimo de excelencia, sí, pero además realzadores del amor y la belleza corporal. La podredumbre como mito del ideal amoroso.)

  3. avellanal dijo:

    1) Es curioso que quizá el más grande crítico literario del mundo, autor de ensayos notables (leí, hace un tiempo, uno extraordinario sobre la ciudad de Viena publicado en The New Yorker), asevere semejante cosa. Habla, por otro lado, de su carencia de vanidad (tan presente en los académicos), más allá de que se esté o no de acuerdo con él (yo creo que en parte lo estoy).

    2) Prometo hacer algún comentario al respecto una vez que vea la peli de Fassbinder (está al caer una suya). Y también es mi deseo ver las tres adaptaciones cinematográficas a priori más interesantes de “Madame Bovary”: Renoir, Minnelli y Chabrol (¡con Isabelle Huppert como Emma!).

    3) Me has dejado entusiasmado con lo que dices de Genet y con esa contraposición que estableces. Estaré atento la próxima vez que visite las librerías. Y gracias por ser siempre, y entre otras cosas que no vienen a cuento, una fuente inagotable de recomendaciones exquisitas. :D

    Por último, si dices que mis textos te hacen pensar en mil cosas distintas, ¿qué decir entonces de los tuyos? ¿Qué decir, che?

  4. M.A.V. dijo:

    paso para agradecerte tu comentario, en cuanto lea a emma bovary voy a poder disfrutar de este post. Es una de mis grandes cuentas pendientes flaubert.

  5. Ibán Manzano dijo:

    Pues varias cosas.

    La primera, no me he acercado demasiado a Vargas LLosa así que tampoco tengo una imagen muy nítida del mismo. A cambio me seduce que un autor sea tan bueno en ensayos como en ficción.

    La segunda, Madame Bovary sí lo he leído. Pero era demasiado joven para entenderlo en su dimensión real. El problema es que el personaje ha pasado a la historia de la literatura como síntoma de la rebeldía de la mujer frente a un patriarcado mediocre y asfixiante, pero probablemente eso sea simplista.

    Lo tercero, jamás me había planteado que Madame Bovary es un adelanto del fracaso de las sociedades burguesas, un adelanto de mujer decante que se abraza al lujo para suplir sus carencias (múltiples)

  6. avellanal dijo:

    Ibán: a mí Vargas Llosa no me convence demasiado en su faceta de analista político (y solamente porque sus pensamientos suelen estar en las antípodas con respecto a los míos). Luego, no tengo dudas de que es una de las figuras literarias vivas más importantes en todo el mundo.

    Yo también era demasiado joven cuando leí “Madame Bovary”, y el descubrimiento del ensayo vargallosiano me posibilitó un nuevo acercamiento, un poco más “adulto”. Por eso digo que en aquel momento ni por asomo me había realizado esos planteamientos o lecturas que desliza el autor peruano. Son los beneficios inherentes a la relectura de una obra imperecedera y atemporal.

  7. Emeygriega dijo:

    Pues seguiré tu consejo. No me sorprende que Vargas LLosa escriba bien hasta un tratado de botánica (¡qué irritante la gente que mezcla los vaivenes políticos de los escritores con su pericia!), me llama más la atención que un ensayo me resulte de interés.
    Te haré caso.
    Saludos.

  8. Emeygriega dijo:

    Perdón, lo de los vaivenes y el descrédito al boom -tan de moda- vino a cuento por una entrevista a Carlos Fuentes que tuve que ver con un plomo que se la pasó llamándolo concheto, facho y qué se yo.

    Fuentes puede ser lo que quiera, despues de escribir como escribió ¿verdad?

  9. avellanal dijo:

    Emeygriega: redundante es decir que el ensayo será de (mucho) mayor interés si previamente se ha leído “Madame Bovary”, claro está. :P

    Bueno, lo de juzgar la obra de un artista en base a sus posiciones políticas (¡y las de Vargas Llosa en concreto han sido tan fluctuantes a lo largo de los años!) es claramente un desatino, y la historia de la literatura, del cine, de la música nos exceptúa de ponernos exhaustivos enumerando ejemplos. Pero claro, esos plomos siempre andan por ahí, repitiendo lugares comunes. Seguramente no habrá leído una página de Fuentes.

    Un saludo.

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