“Rosemary’s Baby”, de Roman Polanski

Rosemay’s Baby es una de las pocas películas que verdaderamente me aterrorizó de niño y lo sigue haciendo al día de hoy, cuando la infancia se convirtió tan sólo en un nebuloso recuerdo hace tiempo ya. No me sucede lo mismo con otros maravillosos filmes que sigo apreciando con inmenso placer una y otra vez –The Exorcist, Carrie, The Omen, The Shining, Halloween, por nombrar algunos–, pero sin sentir en lo más mínimo aquellos escalofríos que ascendían por una humanidad más pequeña y un espíritu más ingenuo y receptivo. Ni Linda Blair escupiendo blasfemias y otras pestilencias, ni Sissy Spacek cubierta por sangre de cerdo, ni la mirada desquiciada de Jack Nicholson en el hotel Overlook, ni el pequeño Michael Myers aprendiendo a empuñar el cuchillo: no, ninguno de ellos consigue cortarme la respiración como la tez blanquecina del enflaquecido rostro de una Mia Farrow presa de la angustia, la desesperación, el pánico y la incomprensión, desplomándose en una pesadilla con visos demasiado reales para salir indemne de ella.

Con Dance of the Vampires, Roman Polanski venía de filmar un homenaje-parodia al cine de vampiros, y al mismo tiempo, de dirigir por primera vez para la gran industria del cine (cambio que nunca deja de causar matices traumáticos para cineastas acostumbrados a márgenes absolutos de libertad creativa a la hora de llevar a cabo sus realizaciones). Pero, seguramente Robert Evans –mítico productor de la Paramount– no pensó en el director polaco debido a esa primera incursión en Hollywood, sino tomando como referencia sus inicios profesionales (especialmente el corto conocido como Dos hombres y un armario, y sus largometrajes británicos: Repulsión y Cul-de-sac). Evans, junto a William Castle –quien tenía una gran experiencia dirigiendo películas de clase B– habían leído una oscura ficción escrita por Ira Levin, y automáticamente decidieron que la compañía se haga con los derechos, avizorando en la misma un casi seguro éxito cinematográfico. Lo que muy probablemente nunca imaginaron es que de la sociedad Polanski-Levin no saldría otro simple producto de terror destinado al mero entretenimiento masivo, sino una de los films más turbadores de la historia del cine.

La historia de Rosemary Woodhouse, una preciosa joven, llena de vida y proyectos, comienza para el espectador cuando ella se instala, junto a su marido Guy, en uno de los apartamentos de un residencial y decimonónico edificio frente al Central Park, en Manhattan. Como luego acontecería en Le locataire, a lo largo del desarrollo narrativo Polanski le concede un protagonismo capital que deviene en asfixiante, al reducido espacio territorial que conforman el departamento de la lozana pareja y el de sus singulares vecinos, los Castevet. (Sólo hay que apreciar el modo cómo resuelve comenzar la película: un panorama aéreo del edificio, y la cámara que progresivamente se va acercando-sumergiendo en la interioridad del lugar donde ocurrirán los hechos centrales, para terminar del mismo modo luego de más de dos horas, pero con el movimiento inverso, desde el interior hasta llegar nuevamente al plano inicial). Minnie y Roman Castevet son dos ancianos que conviven con una jovencita que, luego de intercambiar una conversación con Rosemary en la lavandería del edificio, termina suicidándose. De allí en adelante, el matrimonio Woodhouse, poco a poco, comienza a entablar una extraña relación de amistad con sus amabilísimos vecinos, pese a la diferencia de edad existente. Guy, quien al principio se muestra reticente, y no quiere aceptar las insistentes invitaciones de los Castevet, de pronto varía drásticamente su posición y se convierte en un animado interlocutor de Roman, al tiempo que pasa de un desdichado presente laboral como actor desocupado a conseguir papeles muy importantes a costa de infortunios ajenos. Por su parte, en una inversión de roles, y a causa del inusitado cambio experimentado por su esposo, Rosemary comienza a desconfiar de casi todo su nuevo entorno. Algo huele mal en ese apartamento colindante en el que misteriosamente desaparecen los cuadros cuando ellos son invitados a comer. Hasta que, en circunstancias confusas, queda embarazada.

El rótulo de “película maldita” que acompañó a Rosemay’s Baby prácticamente desde su estreno, se debe, en esencia, a dos particularidades: 1) el macabro asesinato de Sharon Tate, la mujer de Polanski, perpetrado en 1969 por seguidores de la secta satánica fundada por Charles Manson. Tate, que estaba muy cerca de dar a luz, había tenido una breve aparición en el largometraje de su marido, como una de las amigas de Rosemary, en la fiesta que ésta brinda en su apartamento; 2) el tendal de historias extrañas y lúgubres asociaciones que arrastra consigo el edificio Dakota, ya aludido como escenario omnipresente del filme. Entre sus habitantes célebres se puede mencionar a Lauren Bacall, Leonard Bernstein, Judy Garland y Boris Karloff. Sin embargo, y a pesar de que se señala a la lujosa construcción como punto de encuentros satánicos a fines del siglo XIX y escena de innumerables suicidios, sólo el asesinato de John Lennon, producido en sus puertas, fue lo que terminó de conferirle una oscura resonancia que se mantiene incólume hasta nuestros días.

Volviendo a Mia Farrow, en el curso de su carrera difícilmente otra vez haya logrado compenetrarse y componer un papel con tal destreza como lo hizo al darle vida a Rosemary. Al valorar su notable actuación no hay que recaer solamente en la transformación física a la que se sometió (corte de pelo, pérdida de peso, demacración facial). Por el contrario, lo excepcional radica en la siguiente conjetura: de su padecimiento ante cámara, tan verosímil y vivido, el público deriva que el enflaquecimiento es psíquico y no físico, que las causas del mismo (insinuadas pero nunca explicitadas) de ningún modo provienen de la naturaleza. Quizás en la memorable escena de resolución, en ese andar tambaleante, en esa mirada henchida de horror y amor, se abrevie la maestría de una interpretación que encuentro fascinante. Y, como si no fuera suficiente, al ponerse en la piel de la señora Castevet, Ruth Gordon luce tan simpática y servicial que al espectador le parece indecoroso dudar de sus buenas intenciones, por más que vislumbre la turbiedad de su verdadero proceder. Algo similar podría afirmarse de Sidney Blackmer, legendario actor teatral, que compone a un Roman Castevet menos solícito pero más enigmático aun que su mujer. John Cassavetes, como Guy Woodhouse, no desentona del todo, pero revela a las claras que se desempeñaba superlativamente mejor detrás de las cámaras que frente a ellas.

Otra meritoria decisión que incorporó el director fue la prevalencia de la mirada subjetiva desde la que prácticamente se narra todos los hechos; de este modo, durante una buena parte del metraje, se coloca al público ante una disyuntiva reforzada por la ambigüedad connatural al relato: la conspiración que sufre la protagonista, ¿es real o producto de su desbordada imaginación? En Rosemay’s Baby, para crear terror, genuino terror, Polanski no necesita recurrir al bus effect ni valerse siquiera de una gota de sangre. Sólo Rosemary, sus temores, y el retrato azabache de un culto siniestro detrás de las delgadas murallas del apacible hogar. Al pensar en esta obra maestra se me vienen a la mente unas consideraciones generales de Ángel Faretta, que hace un tiempo resaltó Hernán: Como recordamos, el film tiene dos niveles: el de la fábula y el de la puesta en escena. El primero corresponde a lo que se cuenta y el segundo al cómo se cuenta. De allí que en cine la pregunta ¿qué dice tal film? debe ser respondida interrogando ¿cómo lo dice? Ese cómo sólo existe en el film, nada externo a él puede ‘explicarlo’. Es vano interrogar toda declaración previa o posterior al film de parte del realizador: ninguna conferencia puede usurpar el lugar del creador. Si la explicación, el sentido, no está dentro del film, no está, desde luego, en ninguna otra parte. En ese sentido, Rosemay’s Baby es, pues, una auténtica lección de cómo contar una historia.

Rosemary’s Baby (EE.UU., 1968).
Director: Roman Polanski.
Intérpretes: Mia Farrow, John Cassavetes, Ruth Gordon, Sidney Blackmer, Maurice Evans, Ralph Bellamy.
Calificación: 8,50.

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10 respuestas a “Rosemary’s Baby”, de Roman Polanski

  1. Hernán dijo:

    Disfruté mucho este post. Me alegra descubrir que no soy el único que encuentra en ese andar final de Rosemary una puesta fascinante. Y digo puesta porque ese andar (aunque suene muy malo de mi parte) no es Mia Farrow sino Roman Polanski, que empieza la secuencia con una de sus marcas registradas (el plano nuca, una suerte de subjetiva pero que no se identifica con la mirada del personaje sino con algo por fuera de su cuerpo, detrás de él) y la concluye con el mejor grito de la historia del cine (junto con el de Psycho, claro), que para colmo es mudo.

    Es verdad, una lección de cómo contar una historia. Agregaría que es una lección de cine a secas, porque la película no hace otra cosa que trabajar con aquello que define al cine y lo distingue de cualquier otra cosa: el fuera de campo.

    Saludos.

  2. babel dijo:

    Esta es una de las menos vistas de Polanski, y sí, es una historia de terror inquietante, de las mejores de la historia del cine? Es posible, en cualquier caso imperdible. Lo que sí tengo claro es que seguramente sea uno de los mejores papeles de la actriz, y algo (mucho) tendrá que ver la dirección en ello.

    Buen comentario, pero me ha llamado la atención tu referencia con el corto “Dos hombres y un armario”. ¿Le ves alguna base respecto a esta película?. Puede que la situación de aislamiento respecto al espacio exterior tenga algo. Yo ese corto siempre lo he relacionado con Chinatown, sobre todo cuando le rebana la nariz el propio Polanski a Nicholson,porque en el cortometraje hay una escena idéntica.

    Apoyo lo dicho por Hernan sobre el fuera de campo, del que Polanski es un maestro. Ejemplos hay muchos en su filmografía; solo cito el más reciente, que es la escena final de “El escritor”. Simplemente un broche magnífico!

    Saludos ;)

  3. avellanal dijo:

    Hernán y babel: cuando una película es tan paradigmática y a la vez tan grande y revolucionaria como “Rosemary’s Baby” (siempre me pregunté quién habrá sido el inspirado genio que en España la tituló “La semilla del diablo”, puaj) evidentemente en un texto tan exiguo como el mío no cabe ni la décima parte de las aristas y desprendimientos dignos de análisis. Ahora me doy cuenta que ni siquiera hice una mínima mención de la banda sonora (especialmente esa nana tan atemorizante del comienzo y del final) y del fuera de campo -lo cual es imperdonable-, y me digo una vez más: ¡qué película inconmensurable!

    Con respecto al corto “Dos hombres y un armario” (una muestra patente del talento innato del polaco), coincido en cuanto a que es posible encontrar sus rastros mayormente en “Chinatown” y no tanto en esta película. De todos modos, yo lo mencionaba como uno de los antecedentes que sin duda habrán entusiasmado tanto a Robert Evans como a William Castle a la hora de contratar a Polanski.

    ¡Qué ganas de ver “El escritor”!

    Y, por cierto, si no lo han visto, y les interesa la figura de Evans, les recomiendo el documental “The Kid Stays In The Picture”.

    Un saludo para ambos.

  4. Facu dijo:

    Como siempre, me diste muchas-muchísimas ganas de verla. Ya van varias películas de Polanski que vas comentando en el blog y yo sigo habiendo visto solamente Barrio Chino y El pianista. Y con respecto a ese corto de título tan singular, me podrías indicar dónde poder verlo?

  5. Nunca he podido congeniar con la concepción de los personajes de Polanski. Siempre noto una terrible frialdad entre su realidad y la mía, incluso con películas con un drama más cercano como es El Pianista.
    A pesar de eso, y viendo tu comentario, creo que es un buen momento para recuperar este film y revisarlo. Si he podido llegar a disfrutar con The Searchers, quién sabe lo que puede pasar con Polanski.

  6. avellanal dijo:

    Facu: aquí tienes el corto, una verdadera delicia: http://www.dailymotion.com/video/k2bU0HpXUNrsjG9bYh?start=1

    Kapellmeister: jaja, a priori, yo hubiese apostado mi casa contra una aceituna a que congeniarías o disfrutarías más con Polanski que con Ford. De todos modos, te recomiendo que, si aún no lo has visto, pruebes con el cortometraje cuyo enlace he puesto más arriba.

    Un saludo a ambos.

  7. Visto el corto, me veo capaz de declarar que Polanski se sumará a Scorsese en la lista de “Talentos cinematográficos con cortos trágicamente bonitos que no me dicen nada”. Voy a ver si encuentro a Rosemary y a los Goodfellas para sacarme el mal sabor de boca (o eso espero).

  8. avellanal dijo:

    Je, yo tengo una interpretación un tanto hortera de ese corto, pero ciertamente me encanta.

    Ya que lo mencionas, tendré que ponerme a buscar alguno de esos cortos de Scorsese. Igualmente, nunca es tarde para volver a “Taxi Driver”. Y con respecto al pobre Polanski, sí, mejor inténtalo de nuevo con Rosemary. No pierdo las esperanzas de que encuentres, aunque sea, algo bueno en ella. :P

  9. Bueno, parece que ha habido suerte. A pesar de no gustarme para nada la introducción de la película (digamos que hasta que no entran a vivir en el piso, en esa bonita escena nocturna, sentía verdadero asco) y muchos recursos de montaje y dirección, hay otros por el contrario en que resulta brillante, definitoria de un estilo. La caracterización de Rosemary es excelente, y el guión tiene tanto momentos arrolladores como otros muy, muy flácidos.
    En todo caso, puedo decir con orgullo que ha sido una experiencia satisfactoria.
    ¿Será eso el fin del mundo? ¿Habrá nacido Adrian, el hijo de Satán?

  10. avellanal dijo:

    Pues yo creo que si comparamos esta película de Polanski con cualquier producto actual perteneciente al género del terror -la saga Saw, por ejemplo-, la distancia es kilométrica, sideral. En ese sentido, “El bebé de Rosemary” como “La hora del lobo” (de Bergman) -también de la misma época- no son filmes que sigan las pautas convencionales que son marca registrada del género, y en algún que otro punto fueron rupturistas y marcaron tendencia (yo sigo recomendando “Let the Right One In”, maravillosa exponente del terror actual, y una de las mejores películas que he visto en los últimos años, de la cual, lamentablemente, se está filmando un remake made in Hollywood).

    En fin, me alegro que haya sido, con todos sus vaivenes, una experiencia satisfactoria, Albert. Imagino que el matrimonio Castevet y la cuna negra con el crucifijo invertido habrán sido de tu agrado. xD

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