“Europa ’51”, de Roberto Rossellini

En Europa ’51 (con guión de Fellini y un notable papel secundario de Giulietta Masina) Ingrid Bergman es una caprichosa aristócrata romana que vive sumida en la frivolidad, aislada en un mundo de naderías, hasta que su pequeño hijo, repleto de impotencia y dolor frente a la desatención materna, decide arrojarse por las escaleras, buscando acaso llamar la atención de una madre ausente que sólo tiene tiempo para cócteles y reuniones sociales (quienes hayan leído Por la parte de Swann, de Proust, notarán que esos acontecimientos iniciales guardan una cierta similitud con algunos de los recuerdos de la infancia en Combray del narrador). El desenlace de lo que inicialmente se presupone un accidente y no un acto voluntario del niño, termina por cobrar un cariz trágico, instantes después de que Irene Girard –tal es el nombre de la mujer interpretada por la musa inspiradora de Rossellini–, en una escena memorable y desconsoladora, le dice a su marido: “tenemos que cambiar nuestra manera de vivir”.

Empero, sólo será Irene quien decide dar otro sentido a su existencia, primero guiada por su primo comunista, y más adelante por su propia intuición y afán de redención. A medida que se sumerge en los bajo fondos, en las barriadas romanas, en el lodoso terreno de los pobres, se aleja cada vez más del universo de lujos que la rodeaba y le confería rasgos identitarios y de pertenencia; sobre todo, se aparta de su familia conservadora y reaccionaria, incapaz de comprender el irremediable sentimiento de culpa que anida en el corazón de una madre que perdió, por negligencia o falta de amor, al fruto de sus entrañas. Irene descubre los meandros de un mundo desconocido para ella, un mundo en el que un niño igual al suyo puede morir, no por desatención, sino por falta de cobertura médica. En un excelente artículo, Ángel Faretta escribe: Así Irene Girard visita una villa miseria, conoce a las gentes que allí habitan y comienza a practicar con ellos una caridad que luego se convierte en una entrega total.

Cuando la cámara de Rossellini se detiene en el rostro de la Bergman, el sufrimiento, la culpa y la angustia se corporizan ad æternum. Estamos hablando de una mujer destrozada que se purifica con cada acción bondadosa, y que incluso llega a rozar el delito, poniendo su propia humanidad en peligro, en el momento que protege a un delincuente marginal acechado por la policía. Su abnegación llega al extremo de reemplazar en su trabajo en una fábrica a una obrera con la que traba amistad. Apunta Faretta al respecto: Esta sola secuencia, con la entrada al establecimiento, la descripción minuciosa del trabajo en cadena, las filas de obreras, las sirenas marcando las entradas y salidas, todo magistralmente realizado con rigurosidad absoluta por Rossellini, prácticamente incita al espectador a regresar a la producción artesanal. No es la única, pero quizás si la más notoria analogía con la vida de Simone Weil, lúcida filósofa francesa que se brindó por completo a los más desfavorecidos. De hecho, según el propio director del filme, el personaje principal tenía como punto de partida algunos detalles biográficos de la mujer fallecida tempranamente en 1943.

Por ende, la asociación no resulta novedosa ni mucho menos. En cambio, sí encuentro bastante original la interpretación que efectúa Faretta a posteriori: al lleva parte de la vida de Simone Weil al cine, Rossellini también estaba apuntalando –sospechándolo o no– el mito de Eva Perón, cuyo corazón dejaría de latir precisamente en 1952. A dos años de su periplo europeo, y en donde por cierto en Italia visitó la propia Roma –así como Milán y el Vaticano–, allí como en otros lugares su figura era ya por entonces algo incomprensible. Sobre todo por la imposibilidad de ser –como la mujer del filme– ubicada en un casillero fijo de aquellos que se exigían por aquel tiempo.

Si Europa ’51 es una metáfora aplicable mucho más allá de las fronteras italianas, aun a miles de kilómetros de distancia de la Europa de posguerra, el personaje de Ingrid Bergman se transforma –con su cabello dorado y algunas similitudes físicas a cuestas– curiosamente, en el retrato cinematográfico más fidedigno y trascendente que se haya realizado de la “abanderada de los humildes”, muy lejos ética y estéticamente de aquel injuriante pastiche hollywoodense pergeñado por Alan Parker y protagonizado por Madonna. ¡Cuánto más cercana la figura de Evita a esa sufriente Irene Girard que al final es internada por su propia familia en una institución psiquiátrica! Ciertamente, no son pocos los paralelismos que se me vienen a la cabeza: la escena en que los pobres, congregados en el jardín del psiquiátrico, reclaman la presencia de aquella a la que llaman “una santa” guarda parecido con las imágenes de la primera dama argentina, ya consumida por la enfermedad y dejando jirones de su vida, al saludar a sus descamisados prácticamente en estado de trance. El misticismo subyace en ambos planos. Volviendo a la película, sobre el cierre, la colosal actriz sueca se asoma por la ventana y también saluda a los únicos que no la consideran una loca.

De este modo, Rossellini no sólo concibió una joya a menudo pasada por alto a la hora de apreciar su obra, sino que afianzó el ingreso de Eva Perón a la inmortalidad, seguramente en forma mucho más efectiva que la manera en que lo vienen haciendo, desde hace ya tantos años, tantos supuestos seguidores que sólo quieren que tenga y mantenga una eternidad de afiche y cartón. Será cierto pues lo que dice un personaje en el largometraje de Bertolucci Prima della rivoluzione: ¡no se puede vivir sin Rossellini!

Europa ’51 (Italia, 1952).
Director: Roberto Rossellini.
Intérpretes: Ingrid Bergman, Alexander Knox, Ettore Giannini, Giulietta Masina, Teresa Pellati, Marcella Rovena.
Calificación: 8,50.

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11 respuestas a “Europa ’51”, de Roberto Rossellini

  1. emeygriega dijo:

    No soy muy instrída en materia de cine, más bien nada. Ni siquiera soy fanática. Pero me volví tremendamente reaccionaria, me cuesta mucho ver cine actual porque tengo tantas joyas como ésta por ver!

    Mirá: cuando ví Strónboli -no sé si se escribe así- me morí. Ella de por sí me hechiza, es una mujer que amo quizá porque mi madre la admiraba tanto. Cualquier plano de ella construye arte, y su marido la fotografió como nadie.

    El cine italiano es un volcán. Creo que despues del estadounidense, es el que más me gusta.
    , así que me lanzo a tu recomendación.

    Hace algunas años, Sergio Wolf programó en el Rojas un ciclo Rosellini, o al menos un ciclo que lo incluía, donde había un película extraña y semidocumental que me encantó. Si supieras cuál es, te agradezco el dato.

    saludos.

  2. emeygriega dijo:

    Algo más: hau algun estudioso que haya investigado el tema de por qué algunas cintas viejas nos resultan tan cautivantes más allá de su calidad? Es un tema que me interesa mucho. Me gustaría saber si esos actores eran buenos y bellos verdaderamente o hay en mí un snobismo encubierto en encontrar esas películas tan bellas.

    Llevo visto El tercer hombre media docena de veces, por ejemplo, y me mata. Pero me doy cuenta que es buena.

    Asimismo difruto La Dama de las Camelias con la Garbo, pero no estoy segura de que sea buena, me planteo si hay algo en el tratamiento de la imagen que justifique mi devoción o es algo parecido a lo decorativo.
    Tambien espero tu opinión.

  3. avellanal dijo:

    Emeygriega: en la medida de lo posible, cuando me dispongo a ver una película, procuro dejar de lado cuestiones como año de realización (aunque a veces es necesario tenerlo muy en cuenta) o nacionalidad. Claro que, conciente o inconcientemente, hay factores extrínsecos a la película en sí, que luego entran en juego a la hora de hacer una valoración, por más objetivos y desapasionados que intentemos ser.

    Por lo demás, no conozco ningún estudio referido a la cuestión que planteás. Pero, más allá de esa abstracción que planteaba anteriormente, a mí también me seducen y hechizan -en líneas generales- en mucha mayor medida las películas de antaño que las actuales: los años dorados de Hollywood, el neorrealismo italiano, la nouvelle vague francesa, etc. Considero que puede existir, irremediablemente, algo de snobismo encubierto o de pedantería pseudo-intelectual, pero que en última instancia se trata de una elección estética, como cualquier otra. Cuando vemos “El tercer hombre” o casi cualquier filme de Fellini, creo yo, nos deslumbramos por causas inherentes a esos largometrajes, por el tratamiento formal y sustancial que realizaron de los grandes temas de la humanidad, y no por la época en que fueron hechas.

    “Stromboli”, sin dudas, es otra maravilla. Y si te gustó de ese modo, tanto más probable que “Europa ’51” sea de tu agrado. Con respecto a la Bergman, a mí también me parece una actriz fuera de serie, aunque haya muchas películas -como “For Whom the Bell Tolls”- en las que no la soporto demasiado.

    Un beso.

  4. Pilar dijo:

    Mi última sesión de versiones fue A pleno sol (René Clément 1960) y El talento de Mr. Replay (Anthony Minghella 1999 ) En ambas, con dos perspectivas y grados de realización distintos, en la balanza la primera más interesante para mí, en ambas, digo, el ritmo fílmico me llevó hasta el final trepidante que ya está en la novela.
    El cine es fascinante!
    Saludos

  5. avellanal dijo:

    Pilar: el cine es muy fascinante, en efecto. Aunque quizás quisiste comentar en esta entrada, sobre la película que mencionas: https://vagabundeoresplandeciente.wordpress.com/2008/07/20/plein-soleil-de-rene-clement/

    Saludos.

  6. Pingback: “Bubu de Montparnasse”, un libro olvidado « Vagabundeo resplandeciente

  7. No soy muy entusiasta del cine de Roberto Rossellini, para mi gusto carga mucho las tintas del melodrama popular y no consiguen conmoverme, pero esta que comentas es distinta, me parece magnífica y modélica.

  8. Javier dijo:

    un comentario un poco tonto sobre Bergman… ¿en serio no te gustó en “For whom the bells toll”? A mí me pareció increíble! confieso que, primero, por dos motivos subjetivos: a) su belleza como mujer en esa película es sobrecogedora, b) había visto previamente, en “The pacific”, una escena en la que los soldados, muy afectados después de una batalla, se congregan a ver esa película en un descanso. Y quedan todos sobrecogidos ante la belleza de ella (irreal más que nunca en ese lugar y en esas circunstancias, que justamente eran tan parecidas a las circunstancias en que el inglés se encuentra con ella en una cueva de las montañas).
    El otro motivo es la relación del personaje con el del libro de Hemingway, relación no necesaria pero inevitable si uno lo leyó antes, ya que ese personaje es inolvidable. Es antes que nada inocente, tan inocente que puede perfectamente ser “tonta”. Lo que la salva de la estupidez es verla a travéz de los ojos del inglés, y en ese sentido, en la película creo que falta un poco (sólo un poco) esa mirada.
    Perdón por la digresión! Saludos,

  9. avellanal dijo:

    Javier: la realidad es que vi dicha peli hace varios años ya, cuando tenía 16 ó 17, y en ese momento no me llegó en demasía. Quizás el hecho de haber leído previamente la obra de Hemingway, y encontrar en la adaptación algunas carencias (como la que mencionas), haya influido un poco. Con todo, sería cuestión de darle otra oportunidad. Y sí, la belleza etérea de la Bergman es una cosa indiscutible. Saludos.

  10. Angela Cáceres Quintero periodista). dijo:

    Un maravilloso ejemplo de trasmutación, de conversión profunda, sin etiqueta alguna, desde el dolor hacia el abismal compromiso del auténtico amor por el prójimo, sin proselitismo alguno. Se trata del descubrimiento de la compasión dormida en un corazón distraído por las cosas mundanas que se vuelve discutible, incomprensible, hasta peligroso para aquellos incapaces de abandonar su habitual modo de vida, constelado de prejuicios y comodidades sin apremios difíciles de abandonar. Ingrid Bergman, magistral y sensible, que sacó a luz su real potencial de actriz, bajo la dirección de Rosellini.

  11. Pingback: #LCeMM: Jueves 8 de noviembre, 18 h: Europa 51, de Roberto Rossellini | #la_cinemateca_sevilla

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