Allí abajo…

Las páginas que describen el descenso y el recorrido de Jean Valjean por las catacumbas de París son acaso las más extraordinarias que se hayan escrito en el siglo XIX. Considerando que Los miserables es, sin lugar a dudas, la novela romántica francesa por antonomasia, la conjetura aventurada no parece en exceso arriesgada. Como nos refiere Vargas Llosa, (dichas páginas) empiezan siendo nada menos que una exaltación de la materia fecal concebida como abono para rebozar los terrenos cultivables; y desde esa minuciosa descripción científica de las virtudes excrementales, Victor Hugo maneja los hilos narrativos con tal maestría que enseguida, casi sin darnos cuenta, pasa a anegarnos en la radiografía de las cuarenta leguas que componen los “intestinos” de París, ese laberíntico averno diseñado por el hombre para ocultar el motivo primario de su vergüenza, ese veneno que el organismo necesita despedir para no descomponerse, pero que asimismo se transforma en el más grande espejo de la podredumbre que refleja la verdad de la vida. No en vano se nos dice que “la historia de los hombres se refleja en la historia de sus cloacas”, pues la putrefacción que termina siendo alojada en esa red de galerías, pozos y canales diseñada por ingenieros, no es, ni por asomo, meramente física o material, sino moral, metafísica. Narciso Gay, quien en 1863 escribió un curioso estudio crítico sobre la novela de Victor Hugo, sintetiza con brillantez: El sumidero de París ha sido desde mucho tiempo una cosa formidable. Ha sido un sepulcro y un asilo. El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas persiguen o han perseguido, se ha escondido en ese agujero.

Con Marius a cuestas, al que carga casi como una cruz que también sirve para sus propósitos de expiación, Jean Valjean deambula a tientas por esa atroz arquitectura de piedras supurantes, entre sustancias viscosas y corruptas, en el corazón de las excrecencias que expulsa la gran ciudad. Escapa del agente de policía, pero asimismo emprende un viaje espiritual e iniciático. Allí abajo, donde el agua límpida y el aire fresco son apenas evocaciones, el personaje de Victor Hugo recorre el camino de la redención, se emancipa de sus culpas, condenándose a vagar, con el cuerpo exánime de Marius, por la más genuina de las inmundicias, por ese mismísimo presagio del infierno.

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3 respuestas a Allí abajo…

  1. thermidor dijo:

    Una de las etapas más peculiares de esa gran obra de Victor Hugo, y quizá una de las mejores.

  2. kleefeld dijo:

    Lo primero: Qué decepción que tu “Allá abajo” no coincida con el “Là-Bas” de Huysmans… aaah.

    Luego: como la mayoría de todo lo que es leíble y releíble (con cierto placer) en este mundo, lo que expones en tu texto es trágico e hilarante a partes iguales, algo que ya anunciaba Hugo en su obra capital acerca de la modernidad y el arte “cristiano”.
    Leyendo “Los miserables”, ¿se siente uno con ganas de reír o con ganas de llorar? ¿O ambas a la vez?

    Y si se unen tus reflexiones con el mingitorio de Duchamp, ¿qué nos queda?

  3. avellanal dijo:

    Percibo que últimamente -Duchamp y John Waters mediante- estamos en exceso escatológicos. También noto, Kleefeld, que andas noviando con Huysmans. No he leído nada suyo, pero ese fragmento que has puesto en el caralibro es magnífico.

    Y, por mi parte, lo que sentí al terminar de leer “Los miserables” -y perdón por el tópico- es que era un poco menos miserable que antes de embarcarme en esa experiencia maravillosa que nos legara el genial Victor Hugo.

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