Madurez

Cuando el sol está bien alto los domingos, la plaza suele llenarse de niños. Pareciera que emergen de la tierra, a borbotones. Corren, saltan y gritan sin cesar. Hay toboganes con alturas para edades múltiples, un robot gigante de metal cuya anatomía es materia permanente de exploración por medio de sus escaleritas interconectadas, y un ábaco de quince colores no más pequeño. También hay peloteros, hamacas, areneros y una calesita (carrousel suena más bonito) bastante maltrecha. Más tarde, sirven leche chocolatada en las mesas y todo se transforma en una fiesta. Los niños recién se conocen, nunca se han visto antes, pero comparten los vasos, algún chupetín, el caballito de palo de escoba y hasta los libros troquelados. Repito: recién se conocen y ya se abrazan sin pudores, incluso besos se dan. La madurez, escribió alguna vez Nietzsche, consiste en recuperar la seriedad que uno tuvo en su infancia mientras jugaba.

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