“Moby Dick”, de John Huston

Consideramos a la ballena como inmortal en cuanto especie, por más que sea perecedera en su individualidad. Nadaba por los mares antes que los continentes salieran a la superficie; nadaba antaño sobre la sede actual de las Tullerías, del castillo de Windsor y del Kremlin. En el diluvio universal, despreciaba el arca de Noé, y si alguna vez el mundo ha de inundarse otra vez, como los Países Bajos, para exterminar las ratas, entonces la eterna ballena seguirá sobreviviendo, y alzándose sobre la cresta más allá de la inundación en el Ecuador, lanzará a los cielos el chorro de su desafío espumeante. (Herman Melville, Moby Dick).

Contrariamente a lo que tienen entendido muchas personas, la obra cumbre de Herman Melville lejos está de compartir los estantes destinados a la literatura infantil junto a ciertas novelas emblemáticas de Verne, Salgari o Dumas. Sin faltarle razón, John Huston aseveró: He oído decir a la gente que había leído Moby Dick cuando eran niños. Esto les define instantáneamente como mentirosos. Nadie que no tenga por lo menos quince años –y sea maduro para su edad– podría enfrentarse a esas páginas. Si se flota en la superficie, quizás pueda leerse apenas como una simple novela de aventuras marinas, pero ni bien uno se introduce en las profundidades subyacentes, los capítulos de Moby Dick se transforman en un metafísico e inaudito poema en prosa. Trasladar tan colosal obra a un guión, qué duda cabe, acaso no sea otra cosa que una empresa condenada al fracaso de antemano. ¿Es posible hacerle justicia a novelas del calibre de La montaña mágica o Madame Bovary en el cine? Idéntica pregunta se formulaba John Huston respecto a este clásico de la literatura norteamericana en su afán de rendirle un homenaje.

Moby Dick, como se ha dicho, puede ser abordada desde ángulos diversos, y precisamente de allí que sea una novela gigantesca y colosal: enorme en su propio desborde. No exagero (y probablemente me quede corto en el cálculo) si digo que una cuarta parte de sus páginas componen un auténtico tratado científico sobre los cetáceos, además de una recopilación esmeradísima de hechos históricos o leyendas que tienen a la ballena como protagonista. Por tal motivo es que, con la escrupulosidad propia de dos auténticos conocedores de la novela,  el propio Huston y Ray Bradbury pasaron el bisturí a la hora de confeccionar el guión definitivo para la adaptación cinematográfica, y quitaron todos los elementos que poco o nada hubieran aportado al conjunto del film, logrando que la amputación no conllevara la simplificación de la obra original. Para eso se centraron en, a mi juicio, uno de los personajes más fascinantes que ha dado la literatura en su historia: el capitán Ahab.

La película, si bien sigue respetuosamente el orden de la obra de Melville, se va desentendiendo (a medida que avanzan los minutos) del personaje de Ishmael, dejándolo relegado incluso por debajo de mero narrador, para obsesionarse, en cambio, con la obsesión de Ahab: su odio y su lucha autodestructiva con la gran ballena blanca se transforman en el eje central del relato. Todo lo demás son naderías. John Huston estaba convencido que Moby Dick, en la mente del monomaníaco capitán del Pequod, no era otra cosa que el infame disfraz adoptado por Dios. Al principio de la narración, cuando Ishmael entra en una sombría taberna de Nantucket, contempla con horror una espeluznante pintura en la que se aprecia una escena fatídica: un navío medio sumergido en oscuras aguas y una ballena exasperada a punto de saltar sobre la destartalada embarcación. “Si Dios fuera un animal, sería una ballena”, exclama uno de los presentes, abonando esa interpretación de Huston. En ese sentido, dijo: Se ha discutido demasiado sobre el sentido último de Moby Dick, al que se prefiere considerar como un libro secreto, enigmático. Pero en lo que a mí concierne se trata, negro sobre blanco, de una gran blasfemia. Ahab es el hombre que ha comprendido la impostura de Dios, ese destructor del hombre, y su búsqueda no tiende más que a afrontarle cara a cara, bajo la forma de Moby Dick, para arrancarle la máscara. Ergo, podríamos considerar su película como una gran, enorme blasfemia. Una blasfemia cinematográfica que incluso dejaría como un niño inocente al (supuestamente) irreverente Scorsese de The Last Temptation of Christ.

El otro personaje que destaca, aun en su breve aparición, es el Padre Mapple, quien se dirige a los feligreses de Nantucket con palabras sabias y tono profético. Esa magistral escena corresponde al bellísimo capítulo IX de la novela de Melville, y la interpretación del sacerdote recayó nada menos que en Orson Welles. Cuando se observan los fotogramas de un barbudo Welles predicando solemnemente desde un púlpito con forma de proa al que sube por una escalera colgante (Melville destina todo un capítulo aparte para describir este púlpito), se vienen a la cabeza algunos cuadros de Rembrandt: tal es la maestría con que el director de fotografía Oswald Morris plasmó en la pantalla los tonos fríos y duros que se deducen de unas páginas llenas de lirismo y aliento épico. De hecho, en el discurrir del relato se aprecia la importancia que se le confiere al uso del color, casi en sintonía con la significación que el blanco tiene en la novela.

Por otro lado, la actuación de Gregory Peck fue motivo de controversias. Defenestrado por muchos, pero defendido hasta las últimas consecuencias por un Huston que, al menos públicamente, se mostró más que satisfecho con su labor poniéndose en la piel de Ahab. En lo personal, Peck nunca fue un actor que me entusiasmara en demasía –y se me ocurre que, limitándome al star-system de Hollywood, Montgomery Clift, aunque unos años menor, hubiese sido una elección más acertada–, pero es justo decir que compone un capitán sin gestos ampulosos ni andar enloquecido, y tal como se desprende de la novela, la locura contagiosa que lo precipita hacia el abismo se transmite, en cambio, por medio de sus miradas y sentencias.

Hasta el día de hoy sigo pensando que Moby Dick, la novela, no encaja ni encajará jamás en ningún rótulo o molde prediseñado. Nos perdemos en esas páginas magistrales, sumergiéndonos en el espíritu de la aventura y en los recovecos existenciales de los personajes que habitan el Pequod, y sin embargo continuamos sin saber verdaderamente de qué se trata ese tortuoso y demencial viaje, aunque intuimos que el autor no nos habla tan sólo sobre arponeros y ballenas, sino que construye una alegoría inmensa acerca del hombre, sus limitaciones y la nostalgia sempiterna de un paraíso perdido. El largometraje de Huston, sin ser lo más destacado de su producción cinematográfica, cumple con creces el objetivo que tuvo en miras el director, y acaso sirva de medio para que aquellos que no se acercaron todavía puedan caer rendidos a los pies de la prosa de Melville.

Moby Dick (Gran Bretaña, 1956).
Director: John Huston.
Intérpretes: Gregory Peck, Orson Welles, Richard Basehart, Leo Genn, James Robertson Justice, Harry Andrews..
Calificación: 7.

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6 respuestas a “Moby Dick”, de John Huston

  1. plared dijo:

    La prosa de Melville, como dices dificil de plasmar en una pelicula. Pero sin ninguna duda todas las versiones posteriores ni se han acercado a esta pelicula. Destacable la interpretacion de Gregory Peck , en mi opinion sera siempre el capitan Ahab. Saludos

  2. Considero a John Huston uno de los directores más vulgares del cine clásico. Estoy a favor de la simpicidad expositiva pero Huston se pasa, sus resoluciones recuerdan al cartoon y se nota que rodaba demasiado deprisa. Sus películas de aventuras son demasiado ingenuas vistas hoy en día y creo que de los años setenta su filmografía andaba dando demasiados túmbos. Me gustan las películas que hizo con Bogart, EL HOMBRE QUE PUDO REINAR y DUBLINESES. Otras adaptaciones literarias que acometió no me acaban de convencer, como “Moby Dick”, -¿un tema para Raoul Walsh?-. Lo mejor de esta película es la fotografía de Oswald Morris, (con sus tratamientos nocturnos obtenidos a base de mezclar color y B/N y sus filtros dorados en los pasajes diurnos).
    Un saludo.

    • Milton Martínez dijo:

      No estoy de acuerdo con el señor Xavier en que Huston sea uno de los directores más
      vulgares del cine clásico.
      Creo que está supuesta “vulgaridad” más bien reside en el hecho de que el señor Xavier no
      aprecia de manera clara el hecho de que Huston es un cineasta más que un “pensador”. Es
      bastante difícil acometer una obra como la novela de Melville cuando tienes la gran
      responsabilidad de cargarte a cuestas a todo un equipo de técnicos y de actores y de tener
      que responder por ellos en la taquilla. El cine también es un negocio y un espectáculo.
      Eso sí, un espectáculo tan grande y maravilloso, que, como dice Buñuel, nos arroba y nos
      rapta, como por embrujo,hasta sentir emociones desconocidas y vivir otras vidas,como las que vivimos diariamente en el sueño. El cine es aventura. El cine es emoción. El cine es sueño. Recuérdese al gran Méliès. El cine sueño, aventura y emoción es, principalmente, el cine norteamericano. Muchos consideraron en alguna época al gran cine norteamericano de la primera mitad del siglo XX como el cine clásico por excelencia, del que Huston participa espiritualmente, y del que sobretodo admiraban, que nunca esuviera ausente la aventura, el suspenso, la pasión. Gran pionero revolucionario del cine de emoción y de aventura fue el Griffith de Intolerancia. La misma literatura en lengua inglesa nos ha dado obras maestras de aventuras, y de pensamiento: La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekill y Mr. Hyde, El último de los mohicanos, El corazón de las tinieblas, el mismo texto de Melville. Parece ser que aventura, emoción y pensamiento van de la mano en la cultura de lengua inglesa; y responden a ello también los primeros textos literarios que se conocen escritos en esa lengua: Beouwolf y las leyendas del ciclo artúrico.
      Hasta directores tan pensadores como Godard, Truffaut, o el propio Fellini, reconocen que tienen una gran deuda con el cine norteamericano (“cine puro”, como lo llamaban los teóricos de la novelle vague), al ver éstos como se desenvolvía la trama de estas “películas americanas”, western y cine policiaco en su mayoría, de manera tan fluída y sencilla, y a la vez tan revolucionaria en cuanto a técnica cinematográfica se refiere. Además no hay que olvidar, si consideramos lo anterior, que el cine también tiene su propia manera de expresarse, sólo que hay que saber “verlo”, hay que saber “interpretarlo” cinematográficamente, y por ello al cine norteamerica hay que apreciarlo principalmente como cine de imagen, como cine de acción y no de palabras, como se hace con todo buen cine. Para escribir un discurso están los ensayos, pero para hacer cine se necesita fundir pensamiento e imagen en acción en tiempo presente, y uno como espectador tiene que saber también interpretarlo, mediante la cultura literaria y artística que uno medianamente haya adquirido durante toda su vida . Hay que saber ver el cine americano, como los western de Ford, o los de Hawks. Moby Dick y Freud de Huston también necesitan interpretarse como aquellas grandes películas americanas de extraordinaria riqueza visual, de las que Vértigo de Hitchcock y 2001: odisea espacial de Kubrick son también admirables exponentes.

  3. avellanal dijo:

    Plared: más que difícil, dificilísimo. Empresa tan titánica como la del propio capitán Ahab y la tripulación del Pequod.

    Xavier: respeto tu opinión, pero desde luego que no la comparto. De su primera época, destaco algunas obras maestras, como “The Maltese Falcon” y “The Treasure of the Sierra Madre” (mi debilidad por Humphrey Bogart, debo decirlo, es mayúscula). Luego, su suerte de biopic sobre Toulouse-Lautrec siempre me gustó. Y de las posteriores, rescato “The Misfits”, “Fat City” y, claro, “The Man Who Would Be King”. Me faltan ver bastantes de su filmografía todavía.

    Con respecto a lo que dices que rodaba demasiado deprisa, esos según cómo se lo mire puede ser un gran defecto o un punto a favor. Volviendo a “Moby Dick”, cuentan que el propio Orson Welles quedó muy satisfecho con la celeridad con que Huston clausuró la escena del sermón a la que hago referencia.

    Y sí, la fotografía de Morris es para sacarse el sombrero.

    Saludos.

  4. josé luis dijo:

    Como casi todas tus críticas-reseñas de pelis, esta también es difícil de clasificar. Creo que te salías de las ganas de hablar más sobre la novela en sí que sobre la peli, pero la combinación resulta estimulante para alguien como yo que solamente conoce el nombre Moby Dick como quien conoce el nombre Don Quijote de la Mancha.

  5. avellanal dijo:

    Muy amable de tu parte José Luis. Un saludo.

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